En la ciudad de Santa Fe, a los 31 días del mes de Marzo del año dos mil catorce, se reunió en Acuerdo Ordinario la Sala Primera de la Cámara de Apelación en lo






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En cuanto a ello respecta, mas allá de que es probable que así sea (digo, en orden a que no encuentro que haya habido conductas reprochables a nivel de omisión de deberes específicos de cuidado de parte de los mencionados N. y L.que a su vez hayan sido documentadas en la causa, siendo que aunque permitieran el acceso de los jóvenes al natatorio, éste estaba en condiciones reglamentarias, con la altura de agua correspondiente a las exigencias de la habilitación para uso de colonia de vacaciones de menores de edad, con agua transparente que permitía ver el fondo, y con carteles que indicaban las prohibiciones singulares, entre las cuales se contaba no zambullirse sino ingresar por las escalerillas, todo lo cual será objeto de análisis en el tratamiento del agravio subsiguiente, no siéndoles exigibles que además, tratándose de jóvenes que no eran niños pequeños sino adolescentes, tales recomendaciones se les hicieran verbalmente), si partimos de la aplicación de un factor objetivo de atribución derivado del riesgo eventual que genera una piscina, esa "falta de culpa" no exime de responder, ya que esa eximente sólo deviene operativa cuando, empleando un quehacer positivo dentro de la causa, el demandado prueba la existencia de un hecho que incide en el iter causal entre el hecho y el daño, vale decir, el obrar de un tercero por quien no se debe responder, el caso fortuito no imputable o la culpa de la propia víctima. En el sub lite, el fallo a quo (y el tercer y último agravio de la recurrente) apuntan a este último, con la diferencia de que la sentencia de anterior instancia lo admite sólo parcialmente (en un 30%), mientras que la apelante pretende que su incidencia sobre la relación de causalidad sea integral o total.
En definitiva, y aunque no encuentro reproche culposo a los codemandados sindicados como guardianes del natatorio, entiendo que este agravio tampoco debe prosperar por lo dicho supra.
C) El tercer y último agravio -y, en mi modesta apreciación, el absolutamente dirimen te para la suerte de este litigio- pasa por imputar a la sentencia de anterior instancia no haber valorado debidamente que la única y excluyente causa del accidente que sufriera el joven F. M. C.fue su propia culpa, lo cual imponía el rechazo integral de la demanda.
Al respecto, y aun a riesgo de reiterar algo que ya he anticipado (en cuanto al conflicto de rango emocional que inevitablemente me implica asumir que tal decisión quizás suponga), debo consignar que el análisis objetivo del caso bajo análisis a la luz de las pruebas rendidas en la causa me lleva a la conclusión de que asiste razón en este aspecto a la recurrente, y que el recurso bajo tratamiento debe prosperar en cuanto a este planteo concierne.
Los jueces -y de alguna manera, quizás en paralelo con lo que en algunos supuestos les puede suceder a otros profesionales, como los médicos- no somos inmunes a la incidencia emocional que determinadas situaciones puestas a su consideración técnica nos generan.
Pero aun cuando la responsabilidad de juzgar no es un ascético laboreo propio de las ciencias duras y no de las sociales, es necesario tener en claro que a la hora de resolver, esos componentes anímicos o personales no pueden sobreponerse a las valoraciones técnicas, jurídicas o científicas -el Derecho es una ciencia, pletórica de componentes humanos en tanto juzga precisamente conductas de ese rango, pero una ciencia-, y son éstas y no aquellas quienes determinan que una sentencia sea justa o injusta.
Admitir una defensa que eventualmente deja sin perspectivas económicas a alguien en las circunstancias de F. M. C. de al menos paliar (la curación nos dicen aquí los médicos que es imposible) el terrible cuadro clínico que padece, no nos puede resultar irrelevante a nivel humano. Hacer justicia, cuando se cree que se lo está haciendo (el margen de error es componente indefectible de la naturaleza del hombre, y hombres somos, como dijera Terencio), suele ser duro y pesa. Y debe pesar.Pero ello también es parte de lo que se supone que implica la enorme responsabilidad con que la sociedad nos inviste a quienes nos honra con el rol de ser dirimentes constitucionales de sus controversias.
Y en lo singular del caso, estoy persuadido de que, como lo postulan los apelantes, la propia y exclusiva culpa de la misma víctima ha sido el elemento causal prioritario y excluyente en relación al daño que él mismo sufriera.
La cuestión, desde el dogma, lleva el análisis a la incidencia de la culpa o el hecho de la víctima en la producción del resultado dañoso.
Es que, en última instancia, la disconformidad se asienta sobre la incidencia causal que se ha concedido en la sentencia en crisis a la actuación del actor. Esto es, se trata aquí de observar si en el caso la culpa de la víctima ha sido la única causa del daño sufrido.
Así las cosas, el debate se desarrolla entre los pliegues de la noción de causa adecuada.
Se ha señalado -y se ha señalado bien- que "para que se deba responder por un daño, es preciso atribuirlo a una causa, ya sea por acción u omisión, que así viene a erigirse en presupuesto ineludible de responsabilidad. La causalidad dice también relación con la extensión del resarcimiento, es decir, con las consecuencias que será llamado a indemnizar aquél a quien puede imputarse un daño en calidad de autor. El daño no será sino el 'efecto' de una conducta humA. que se tiene por 'causa', según un particular criterio jurídico. (...)
La cuestión gira entonces hacia la necesidad de determinar cuando corresponde considerar que determinada condición se ha erigido en causa jurídica de una consecuencia dañosa.Para eso, nuestro derecho recurre a la llamada teoría de la causalidad adecuada, según la cual la causa se identifica con la condición 'que según el curso natural y ordinario de las cosas' se considera idónea para producir un determinado resultado según la experiencia previa. Esa experiencia reviste importancia, porque la condición debe 'regularmente' acarrear el resultado." (v. Sprovieri, Luis E. - Dell'Oca, Gastón, "Relación de causalidad y daños por productos", espigado en Jurisprudencia Argentina, N° 3, 2013, IV, pág. 3/4). Así, la prueba de la relación causal asume máxima importancia, ya que determina quién (autoría del daño), y por cuáles consecuencias, debe responder (v. Zavala de González, Matilde; "Resarcimiento de daños. El proceso de daños", T. III, de. Hammurabi, Buenos Aires, 2003, pág. 203) ya que "la posibilidad de un resultado en función a las condiciones precedentes aquilata la adecuación de una causa conforme a la regularidad en el acontecer de los sucesos y a las reglas dictadas por la experiencia, prescindiendo de la concreta aptitud perceptiva del individuo -previsibilidad subjetiva-" (Trigo Represas, Felix A. y López Mesa, Marcelo J., "Tratado de la responsabilidad civil",T° I, de. La Ley, Buenos Aires, 2004, pág. 614, citado en Sprovieri, Luis E. - Dell'Oca, Gastón, "Relación de causalidad y daños por productos", espigado en Jurisprudencia Argentina, N° 3, 2013, IV, pág. 4).
Es que "...La relación causal es un elemento del acto ilícito y del incumplimiento contractual que vincula el daño directamente con el hecho antijurídico, e indirectamente con el elemento de imputación subjetiva o de atribución objetiva. Es el factor aglutinante que hace que el daño y la culpa, o en su caso el riesgo, se integren en la unidad del acto que es fuente de la obligación de indemnizar. Es necesaria la existencia de ese nexo de causalidad pues de otro modo se estaría atribuyendo a una persona el daño causado por otro o por la cosa de otro.Es un elemento objetivo porque alude a un vínculo externo entre el daño y el hecho de la persona o de la cosa. Nuestro Código Civil sigue la teoría de la causalidad adecuada, según la cual no todas las condiciones necesarias para producir un resultado son equivalentes, sino que la causa eficiente es aquella que según el curso natural y ordinario de las cosas es idónea para producirlo. Las demás son solamente condiciones antecedentes o factores concurrentes. Conforme a esta teoría es necesario formular un juicio de probabilidad, o sea considerar si tal acción u omisión era idónea para producir normal o regularmente ese resultado. Ese juicio de probabilidad no puede hacerse sino en función de lo que un hombre de mentalidad normal, juzgada ella en abstracto, hubiese podido prever como resultado de su acto. El ordenamiento jurídico puede disponer que el hombre responda hasta donde alcance el poder de su voluntad que es, en definitiva, lo que determina su personalidad, o sea que su responsabilidad debe llegar hasta donde el curso causal pueda ser dirigido y dominado por su voluntad, es decir hasta donde sea previsible. La relación de causalidad, por lo menos en su fase priM., puramente material, incumbe probarla al accionante, y de allí podrá presumirse la adecuación de la consecuencia dañosa. Dado que es dificultosa la demostración de ella, toca a los jueces aligerar o flexibilizar las exigencias probatorias. La construcción jurídica de la relación de causalidad adecuada en función de una previsibilidad abstracta u objetiva, emerge de los artículos 901 a 904 del Código Civil, y ha sido receptada literalmente por el artículo 906 reformado por la ley 17711, disposición ésta absolutamente inoperante y adoptada para llenar el vacío de un texto anterior de redacción ininteligible" (v. Bustamante Alsina, J.;"Teoría general del derecho de daños. El perfil de la responsabilidad civil al finalizar el siglo xx" en Kemelmajer de Carlucci, Aída (dir.); Bueres, A. J.(dir.), "Responsabilidad por daños en el tercer milenio (homenaje a Atilio A. Alterini)", Editorial Abeledo Perrot, 1997).
Y, por ello, para establecer la causa de un daño es necesario formular un juicio de probabilidad, determinando que aquél se halla en conexión causal con el acto ilícito, o sea, que el efecto dañoso es el que debía resultar normalmente de la acción u omisión antijurídica, según el orden natural y ordinario de las cosas (art. 901 CCivil). Dicha relación causal exige una conexión efectiva y adecuada (normal) entre una acción u omisión y el daño: éste debe haber sido causado u ocasionado por aquélla (v. Suprema Corte de Justicia de la Provincia de Buenos Aires, 14/06/1994, in re "A., G. M. y otro v. A., E. N", espigado en: JA 1994-III, pág. 567).
Como se adelantó supra, es la prueba de la misma, al menos en su faz material, carga de la actora. Ello sin perjuicio de los diversos criterios que han venido a morigerar el extremo, entre los cuales reseña Bustamante Alsina "'La création fautive d´une situation dangereuse', según la teoría expuesta por Viney, quien expresa que cuando voluntariamente o por negligencia una persona crea una situación objetivamente peligrosa y que por ella un tercero sufre un daño que sucede como la realización normal y previsible del riesgo creado por esa culpa, tal vez sea imposible afirmar con certeza que sin la culpa que ha estado en el origen del riesgo, el daño no se hubiera producido, pero se puede constatar al menos, que ha habido una posibilidad de ocurrir. 'Theórie du cheminement ou de l´impreinte continue du mal'. Esta teoría novedosa del profesor Dejean de la Bftie, exige seguir siempre 'l´empreinte continue du mal en remontant depuis le dommage jusqu´au fait ou la faute', o sea el hecho o la culpa por la cual se debe responder.La teoría es aplicable cuando el daño cuyo resarcimiento se pretende, es el resultado final de hechos antecedentes que no en forma concurrente pero sucesiva se producen, derivando un mal de otro mal que es a su vez su causa. Debe seguirse así la investigación de los hechos remontando hacia atrás la cadena causal, partiendo del daño final, hasta hallar el hecho defectuoso (por culpa o riesgo) que corta el nexo y aparece como la causa idónea, aunque remota, del daño atribuible, siempre que hubiese sido, no obstante, previsible.
Y, con todo ello, la noción de culpa (que remite a la subjetividad del individuo que actúa, endilgándole de algún modo impericia, negligencia o imprudencia) se ve desplazada en el caso hacia el análisis causal adecuado que, omitiendo pronunciarse sobre el fuero interno del sujeto, realiza una 'prognósis póstuma' o 'pronóstico objetivo retrospectivo'. Esto es, señala que según el normal devenir de los eventos la acción humA. "X" generaría habitualmente el resultado "Y".
En criterio que se cohonesta con lo antes expuesto, cabe destacar que la vieja disputa que se asienta en la télesis normativa del art. 1111 C.C. que discernía la "culpa" del "hecho" de la víctima como excluyente de la responsabilidad, resulta estéril en el caso concreto.
Es que, aún si consideráramos que ".La culpa de la víctima, (.), constituye una eximente autónoma de la responsabilidad civil del deudor, esto es, independiente de la teoría del casus. [porque] se trata de una de las alternativas posibles del incumplimiento: o éste es consecuencia de la culpa del deudor, o es consecuencia de la culpa del acreedor, o bien no es consecuencia de la culpa de ninguno de ellos, sino que constituye un caso fortuito o un caso de fuerza mayor [y que] el mero hecho de la víctima no tiene, de por sí, eficacia exonerativa, sino que es menester su culpa" (v. Gianfelici, Mario César; "Caso fortuito e impedimento ajeno a la voluntad del deudor", en Bueres, A. J.y Kemelmajer de Carlucci, Aída; "Responsabilidad por daños en el tercer milenio", Editorial Abeledo Perrot, 1997, espigado en Abeledo Perrot nº: 1010/002756), y de tal modo rechazamos la visión de quienes destacan que ".se trata del hecho de la víctima y no de su culpa. Es decir, el hecho no culposo (por ej. por ser la víctima un menor inimputable, un demente, etc.), puede romper el nexo de causalidad o incidir en él y producir la exoneración total o parcial del deber de reparar" (v. Kemelmajer de Carlucci, Aida; "La responsabilidad civil en los albores del siglo XXI", en JA, n° 58 del 5.5.1993, pág. 4. Tomo la cita de Liz, C. A. - Riesgo, María Gabriela, "¿Culpa de la víctima o hecho de la víctima?, espigado en LL 1994 - D -, pág. 1044-1047); en el caso se advierten ambos extremos: un hecho de la víctima con aptitud para romper el nexo causal, que a la vez es calificable como culposo.
En tal télesis se ha dicho que "La denominada 'culpa de la víctima' es la falta imputable a ella o el desacierto que perjudica a quien lo comete. Ella es de índole objetiva, es una falla en el actuar debido, como actuar distinto al exigible y, cuando acontece (sea la conducta culpable o no), no puede mantenerse la presunción de responsabilidad del art. 1113 del Cód. Civil, ya que el daño no ha sido causado por el vicio o riesgo de la cosa: la carencia de relación causal destruye el presupuesto de autoría y provoca la ausencia, total o parcial de responsabilidad" (cfr. C.Civ. y Com., Junín, 06.02.1991, LL - 1991 - D, pág. 94).
Es por ello que conviene asentar conceptualmente el hecho de la víctima como ".la conducta voluntaria o involuntaria del damnificado directo, que intervino total o parcialmente en la producción del evento dañoso y exime al responsable civil total o parcialmente de responsabilidad.El protagonismo de la víctima, interrumpe la cadena de causalidad adecuada que conducía a la responsabilidad civil del agente dañoso" (Cifuentes, Santos, "Código Civil comentado y anotado", Tomo I, Editorial La Ley, Buenos Aires, 2003, pág. 880).
Que por otro lado, puede ser "exclusivo" o "parcial" en la medida que puede resultar causa adecuada única, o en otros casos concausa (o concurrencia de culpas, o culpa concurrente, recíproca o concurso de culpas, en las acepciones más utilizadas).
Y desde tal mirador, la diversa incidencia del actuar de la víctima puede permitir tanto la exoneración total como parcial de responsabilidad. Y así se ha señalado que "la llamada 'culpa de la víctima' exonera total o parcialmente al autor material del hecho dañoso o al dueño de la cosa causante del daño, cuando posee relación de causalidad adecuada con los efectos dañosos, pues es uno de los supuestos de causa ajena" (v. C.Civ. y Com., Junín, 23.05.1993, espigado en LL -1989 - D- pág. 322; citado en Cifuentes, Santos, op cit., pág. 883) y que "...Habrá 'culpa concurrente' cuando el 'perjuicio' sufrido por la víctima reconozca como causa fuente, además de la conducta del victimario, su propio quehacer. Es decir, el daño producido a una de las partes puede ser debido exclusivamente a la acción culposa de su cocontratante, o bien pudo el damnificado haber colaborado con su negligencia en la producción del hecho dañoso. Pero en ese caso, no cualquier negligencia del perjudicado puede llevar a esa compensación de responsabilidad indemnizatoria; para ello se requiere que ambas culpas se presenten autónomas entre sí" (C.N. Fed. Contenciosoadministrativa, Sala IV, 26.11.1993, espigado en LL. - 1994 - D, pág.66).
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