Colección latinoamérica






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COLECCIÓN

LATINOAMÉRICA

VIVA

AUTORES Y TEMAS

DE

AMÉRICA LATINA

Director: ENRIQUE MEDINA

Gregorio

Selser


Sandino,

general

de

hombres

libres



editorial abril


COLECCIÓN LATINOAMÉRICA VIVA

1* Pedro Orgambide - Historias con

tangos y corridos.

Diseño gráfico

y tapa

David Almirón

Impreso en la Argentina

Printed in Argentina

Queda hecho el depósito

que marca la ley 11723

Prohibida la reproducción

total o parcial. ® 1984.

Editorial Abril S.A.

Av. Belgrano 624, Buenos Aires

ISBN 950-10-0140-7

Edición digital de Carlos & urijenny

A MARTA mi compañera

Usted, Sandino, general de los

hombres libres, está representando

un papel histórico, imborrable...
HENRI BARBUSSE
A la civilización capitalista no hay que

verla en las metrópolis, donde va

disfrazada, sino en las colonias,

donde se pasea desnuda.
CARLOS MARX


I


EL ÁGUILA SOBRE LA PRESA

Los vecinos iberoamericanos nos han oído proclamar esta nueva fe, pero también han comprendido el nuevo interés de Estados Unidos por obtener bases navales y aéreas que llevarán a aquellos territorios la visita permanente de soldados y marinos norteamericanos. La política vigente de moderación y templanza no ha borrado todavía de su memoria el recuerdo de la Diplomacia del Dólar, y las declaraciones de nobles propósitos son recibidas con escepticismo [...] El llamado imperialismo sin dolor de los norteamericanos, sólo a nosotros mismos nos ha parecido exento de dolor. Las repúblicas de Centroamérica que alojaron a nuestros marinos, directores de aduanas, inspectores de bancos, encontraban sin duda harto dolorosas las lecciones de moderna contabilidad apoyadas sobre las bayonetas. Parecía en aquel momento como si nuestro respeto a las fronteras y a las integridades territoriales fuera tan sólo el resultado de nuestra preferencia por las aduanas y los bancos centrales. 1

NICHOLAS J. SPYKMAN

Después de 1820, los Estados Unidos se convirtieron en meta de la inmigración europea.

Las hambrunas y las persecuciones políticas y religiosas les proveyeron del material humano indispensable para su creciente industrialismo. En la década finalizada en 1840, habían entrado al país 600.000 inmigrantes; en el decenio siguiente el cupo fue de 1.700.000 personas, y entre 1850 y 1860, a pesar del
1 Spykman, Nicholas J. Estados Unidos frente al mundo, pág. 67. Fondo de Cultura Económica, México, 1944.

aldabonazo de la Guerra de Secesión ya claramente perceptible, la cifra de arribados se acercaba a los 2.500.000, cantidad que, empero, no bastaba para cubrir las necesidades de los Estados no esclavistas, al norte de la línea Mason y Dixon, en cuyo sector este se exigía el esfuerzo del proletariado vomitado a sacudones por Europa, y en cuyo sector oeste —en el far west de leyenda y aventura— el esfuerzo del pionero tanto como la brutalidad del conquistador, la codicia y desfachatez del acaparador de tierras, o la avidez del comerciante.

Pero el 24 de enero de 1848 se produjo un hecho destinado a tener consecuencias no sólo para los Estados Unidos o para la América Central —una de cuyas repúblicas es precisamente el motivo de esta obra—, sino para los destinos económicos del mundo todo: poco antes de firmarse la paz entre los Estados Unidos y México, triunfantes las tropas norteamericanas del general Scott sobre las anarquizadas fuerzas de la nación azteca, James W. Marshall, obrero del aserradero de John A. Sutter en el American River, valle del Sacramento, descubrió oro en esa propiedad.

La estampida que se produjo fue memorable. Nadie quería estar fuera de la probable riqueza. Y así, lo que en un principio fue sólo un tímido ensayo de traslado a California por parte de los más osados, a poco más se transformó en una furiosa carrera en la que todos los elementos de transporte resultaban demasiado lentos para la ansiedad del oro. A fines de 1849, San Francisco, la más importante población de la costa del Pacífico, había pasado, de sus escasos centenares de habitantes, a agrupar veinticinco mil personas. La distancia que mediaba entre el Atlántico y el Pacífico no era vencida a través del continente, inmenso territorio aún virgen en el que señoreaban tribus de indios insumisas y cuyo paso se presentaba lleno de peligros y zozobras. En cambio, se fletaban barcos que daban la vuelta por el Cabo de Hornos, o se organizaban caravanas que desafiaban las fiebres del istmo de Panamá, o que ganaban tiempo a través de los ríos y lagos de Nicaragua, viaje igualmente azaroso y de incierto porvenir.

Compañías de capitalistas surgían para crear empresas de trasporte entre ambos océanos: solamente en Londres, en enero de 1849, figuraban registradas cinco empresas financieras con un capital de más de un millón de libras. Hacia 1850, el censo de la población acordaba a California 92.000 habitantes, cifra que hacia 1858 ya se había elevado a 380.000.

Como el tiempo se había hecho demasiado largo para el afán de enriquecimiento, acortar la distancia entre ambas costas se convirtió en una obsesión de los agentes navieros. La solución de una ruta interoceánica, que ya desde los albores del descubrimiento de América torturara el pensamiento de los conquistadores, se hizo más acuciadora y urgente. Tres de las clásicas posibles vías de comunicación volvieron a ser estudiadas como perspectivas más razonables: la del istmo de Tehuantepec, en territorio mexicano; la del istmo de Panamá, entonces territorio perteneciente a Colombia, y, finalmente, la del Lago de Nicaragua, cuyo trayecto se hacía en su mayor parte por agua, y sólo en relativamente breve trecho, por tierra.

El presidente norteamericano Pierce, mediante el Tratado de Gadsden, impuesto a México en 1853, había obtenido de este país el derecho de construcción de un ferrocarril a través de su territorio, derecho del que nunca se hizo uso por considerarlo antieconómico. 2 La segunda posibilidad, la del istmo de Panamá, ya estaba en vías de ejecución merced a la buena disposición de Colombia, nación que en 1846, por el Tratado de Nueva Granada, no sólo concedió el derecho de paso a los ciudadanos norteamericanos, sino que acordó a los Estados Unidos la concesión para construir un ferrocarril interoceánico —transístmico— camino de hierro que en 1855 estaba concluido y prestaba útiles servicios.

La tercera de las posibilidades, la vía acuática-terrestre nicaragüense, hizo previamente necesario desbrozar las malezas en que estaban envueltas la política y la diplomacia de los Estados Unidos y Gran Bretaña en todo el ámbito del Caribe. Cuando éstas llegaron a una especie de acuerdo transitorio mediante el Tratado Clayton-Bulwer, en 1850, se convino la construcción de un canal por territorio de Nicaragua. Este proyecto, que durante algo más de media centuria había alimentado las esperanzas de constructores, financistas, políticos y diplomáticos, provocando entre ellos en no menor escala recelos, odios, intrigas y revoluciones, es, todavía hoy, un anhelo insatisfecho de Nicaragua. Pero en su momento, cuando la diplomacia estadounidense aún no se había decidido por la solución de Panamá, la circunstancia de que esta ruta fuera la favorita de los buscadores de oro que viajaban hacia California, motivó la primera de las intervenciones norteamericanas en Nicaragua.
2 Ese derecho quedó abrogado en 1937, mediante un acuerdo celebrado entre los presidentes Franklin D. Roosevelt y Lázaro Cárdenas.

En efecto, hasta la época del descubrimiento de oro en el valle del Sacramento, los contactos entre centroamericanos y norteamericanos habían sido esporádicos. Sólo viajes ocasionales de barcos mercantes estadounidenses o la presencia de solitarios representantes diplomáticos mostraban una tendencia al acercamiento que no pasaba de ser excepcional. Pero la fiebre del oro trastrocó el cuadro de un modo violento, y de alguna manera despertó de su somnolencia colonial a los naturales de los países que observaban atónitos esa extraña, colérica y viciosa migración que, en general, nada útil dejaba a su paso.

Había llegado, pues, sin que los centroamericanos se lo propusieran, la ocasión de trabar conocimiento con los hermanos mayores del Norte, con aquel pueblo cuyos representantes famosos —Paine, Franklin, Washington, Jefferson y Madison— tenían gran predicamento entre los estudiantes y estudiosos del istmo.

Pero los visitantes en nada se parecían a la idea que de los estadounidenses se habían formado los centroamericanos. Pendencieros, borrachos, lujuriosos, trataban a sus huéspedes con torpeza y brutalidad y procuraban obtener de ellos con violencia y altanería lo que de otro modo, según la tradición hispánica, les habría sido acordado con buena voluntad y simpatía. Lo peor del conglomerado humano de los Estados Unidos se había volcado en los barcos que hacían la travesía interoceánica en pos del sueño áureo.

El dueño de buena parte de esos barcos, verdaderas pocilgas flotantes, era el afamado Cornelius Vanderbilt, aquel que había amasado una gran fortuna en el campo de los transportes con vapores, al comienzo, en el río Hudson y en Long Island Sound, y luego en el Atlántico, y que según Kirkland, tenía proyectos de tal envergadura que no sólo envolvían la construcción de un canal a través de Nicaragua "sino que financiaba las revoluciones de Centroamérica". 3

Los barcos de Vanderbilt, además de ser portadores de la codicia de los aventureros materializaban de algún modo el anhelo imperial de la comunicación interoceánica. Ahora, la interpretación tradicional sobre el valor de una tal intercomunicación había sufrido una modificación: ya no se

3 Kirkland, Edward C. Historia económica de Estados Unidos, pág. 391. Fondo de Cultura Económica, México, 1948.

trataba solamente de allanar las necesidades comerciales determinadas por las aspiraciones europeas en Asia; se había convertido en el vehículo potencial de penetración de una nación en pleno ascenso, los Estados Unidos. Pero así resultaban coincidir las miras de Vanderbilt, el sabio y arrojado pionero que estudiaba a Centroamérica como un probable feudo personal, con las de Gran Bretaña y hasta con las del entonces príncipe Luis Napoleón, no menos que con las de los gobernantes norteamericanos, que presentían al istmo como territorio dominable.

No fue así extraño que Cornelius Vanderbilt obtuviese concesiones para que sus barcos, que hasta entonces bordeaban el Atlántico, penetraran ahora en el Caribe y que se internaran, mediante líneas auxiliares de menor calado, hasta el Lago de Nicaragua. Le habían precedido en el negocio George Law, quien, juntamente con Albert G. Sloo, Marshall O. Roberts y otros, había fundado la United States Mail; y "Mr. Harris y otros", que organizaron la Pacific Mail Steamship Company. La primera era conocida como Línea Sloo, y la segunda como Línea Harris. La Línea Sloo conducía pasajeros y carga desde New York hasta la hoy ciudad de Colón, en la costa atlántica de la provincia colombiana de Panamá: desde Colón, pasaje y carga seguían por tierra hasta la ciudad de Panamá, sobre el Pacífico, desde donde la Línea Harris completaba el viaje hasta San Francisco. El viaje costaba 600 dólares en primera clase y 125 en la proa. Era relativamente caro, sobre todo teniendo en cuenta que el Gobierno norteamericano subsidiaba el trasporte de la correspondencia.

Vanderbilt se entusiasmó con las perspectivas de las ganancias y viajó hasta Inglaterra para lograr ayuda financiera destinada a la instalación de una línea de competencia más corta, evidentemente a través de Nicaragua. Aunque no consiguió la ayuda inglesa, se las arregló para fletar ocho grandes barcos en ambos océanos y para entrar en competencia con las líneas Sloo y Harris. Sus pasajeros viajaban por mar hasta la entrada del río San Juan, lo surcaban hasta el Lago de Nicaragua y la Bahía de las Vírgenes y luego recorrían en diligencia las doce millas hasta San Juan del Sur, sobre el Pacífico. Las veinticinco diligencias pintadas con los colores blanco y azul de la bandera nicaragüense constituían una innovación en materia de trasporte combinado, pero mucho más interesante que eso resultaba no sólo que los pasajeros podían hallarse dos días antes en San Francisco en relación con la ruta de Panamá, sino que el pasaje les costaba 300 dólares, o sea la mitad de lo exigido por las otras líneas. Y aun sin subsidio oficial, Vanderbilt ganaba dinero. Por si fuera poco, el viaje en la proa costaba 35 dólares, contra los 125 de las otras líneas.

Llegó así a conducir hasta California a 2.000 pasajeros por mes, a trasportar gran parte del oro que se extraía de aquellas tierras y a ganar un millón de dólares al año; hacia 1853 se jactó ante un amigo de haber ganado once millones de dólares con esa empresa, a la que denominó Accesory Transit Company. 4

Vendió acciones de la compañía y retuvo sólo las indispensables para controlarla, o sea algo más de la mitad. Había obtenido del gobierno de Nicaragua la concesión para el tránsito interoceánico y se sentía seguro y dichoso. Envió personal para construir muelles en las costas oriental y occidental de la línea de tránsito y colocó cuadrillas a trabajar en el mejoramiento del río San Juan, además de macadamizar las 12 millas de carretera que utilizaban sus diligencias.

Nicaragua y Panamá debieron soportar una invasión de estadounidenses, cuya condición y categoría eran notablemente distintas de aquellas que caracterizaron a los conquistadores de la mitad del territorio de México, apenas algunos años antes. Eran una torrentada de buscadores de oro, ni colonos, ni comerciantes, ni misioneros, ni trabajadores, ni siquiera soldados mercenarios, sino simplemente una turba excitada por la codicia y el alcohol, siempre presta a apretar el gatillo de sus armas con desaprensión, irresponsabilidad o cinismo.

La influencia de Vanderbilt creció en Nicaragua del mismo modo que se había desarrollado en su patria. Había arrebatado prácticamente el tráfico a sus competidores y enriquecídose nada más que utilizando energía e imaginación; ni siquiera había necesitado emplear los métodos puestos en práctica para el dominio de los ferrocarriles de su patria. Cuando consideró suficientemente consolidada la empresa, decidió tomarse un merecido descanso. A tal efecto embarcó en un yate especialmente construido para él, el North Star, el 20 de mayo de 1853, confiando la administración de la Accesory Transit a dos de sus socios, Charles Morgan y C. K. Garrison.

Cuando después de muchos meses de viaje de placer, regresó, Vanderbilt se enteró de que Morgan y Garrison habían

4 Flynn, John T. Grandes fortunas. Historia de doce hombres ricos, pág. 189. Editorial Juventud Argentina S. A., Buenos Aires, 1945.

comprado en secreto las acciones indispensables para dominar su empresa. Dominando su ira el comodoro Vanderbilt les escribió una carta famosa, cuyo corto texto decía: "Señores: Ustedes se han propuesto estafarme. No les entablaré juicio porque la justicia es lenta. Los arruinaré. Sinceramente vuestro (f.) C. Vanderbilt".

La lucha que se entabló por este motivo tiene mucho que ver con los acontecimientos que sobrevinieron en Nicaragua, y sirvió de anticipo a los conflictos y a la tragedia de que sería víctima esa nación en los años subsiguientes.

Roto el Pacto Federal Centroamericano ante los embates del fanático indio guatemalteco Rafael Carrera, la república de Nicaragua se gobernaba por medio de los llamados directores supremos, suerte de presidentes cuyo mandato duraba dos años. Razones físico-económicas —hoy diríamos geopolíticas— habían condicionado dos tendencias ideológicas perfectamente definidas. Las aparentes rivalidades lugareñas, simbolizadas por las pretensiones hegemónicas de ciudades tales como Granada, León y Corinto, eran la simple expresión de factores comerciales en juego. Granada representaba a los grandes hacendados cultivadores de café y azúcar; el puerto de Corinto, en el Pacífico, abierto al tráfico de mercancías tanto como al de ideas, era, con la ciudad de León, la expresión de los pequeños propietarios, de los artesanos y obreros, así como de la incipiente clase de los comerciantes al menudeo. Aquéllos eran los conservadores, mechudos o calandracas; estos, los liberales, desnudos o timbucos.

Como campo extraño a esa rivalidad emergía la región bañada por el Caribe, zona fiscalizada por la escuadra británica y dedicada a la explotación de frutos y maderas preciosas, territorio tradicionalmente apto para toda clase de contrabandos, con una población de indios y negros mezclada, renuentes al predominio del hombre blanco, donde señoreaban los comerciantes ingleses e intrigaban para fomentar las luchas civiles en el país con el mismo énfasis con que se dedicaban a la tarea de fortalecer sus propias posiciones en la zona, contra toda pretensión norteamericana.

En una de las tan frecuentes guerras civiles de entonces nace la historia del filibustero norteamericano William Walker.

Era director de Estado don Norberto Ramírez, durante cuyo mandato, en 27 de agosto de 1849, Nicaragua había suscripto con una compañía norteamericana el primer contrato para realizar obras de canalización en el río San Juan, documento que sufrió modificaciones el 13 de marzo de 1850. Otros hechos notables se produjeron durante este directorio, entre ellos la llegada al país del primer ministro norteamericano, el estudioso George Squier, y el estallido, en 16 de abril del mismo año, de una guerra civil; finalmente, en forma casi coincidente, la sanción por la Asamblea Legislativa de Managua del principio de "exclusión absoluta de intervenciones extranjeras en los asuntos internos del Estado, excitando a los otros Estados de Centroamérica a tomar la misma actitud".

A Norberto Ramírez (1849-1851) le sucedió, siempre en medio de la guerra civil, Laureano Pineda (1851-1853), quien, a su vez, fue reemplazado por Frutos Chamorro, último de los directores de Estado y primero de los presidentes, título que hizo posible mediante la sanción de una Constitución al efecto, en 1854, que provocó las inevitables resistencias y rebeldías de sus adversarios. Chamorro, representante de Granada y por lo tanto de la clase terrateniente, tenía por principales enemigos al general Máximo Jerez y al licenciado Francisco Castellón, cabezas visibles de la facción liberal o democrática.

Después de un destierro en Honduras y en virtud de la complacencia del presidente de este país, Trinidad Cabañas, Jerez y Castellón, organizaron una expedición para derribar del poder a Chamorro. Desembarcaron al efecto en el puerto del Realejo en 5 de mayo de 1854, al frente de un pequeño ejército de liberales y se pronunciaron contra la Constitución de Chamorro, desconociendo a éste como mandatario y ordenando la vigencia de la Carta de 1838. Como corolario, Castellón fue designado director supremo del Estado por las fuerzas revolucionarias.

Chamorro se puso al frente del ejército Legitimista, nombre que adoptó su facción, resignando previamente su cargo en el senador José María Estrada. Pero sucedió que apenas trascurridos algunos meses, Chamorro falleció víctima de una fiebre maligna. El mismo mes, marzo de 1855, Castellón ofrecía a Estrada la posibilidad de pacificar al país mediante conversaciones de paz, que éste rechazó de plano, por cuyo motivo la guerra continuó con alternativas diversas.

Un ambicioso aventurero norteamericano, el mercenario Byron Cole, se trasladó a Nicaragua y propuso sus servicios militares a Castellón, ofreciéndole el concurso de 300 expertos tiradores, compatriotas suyos, con la condición de una paga en dinero contante y sonante, y una remuneración final en parcelas de tierra fiscal para cuando se obtuviera la victoria sobre los conservadores. Esos soldados serían comandados por William Walker, en cuyo nombre él efectuaba la propuesta. Este ofrecimiento, desgraciadamente para Nicaragua, fue aceptado por Castellón, a cuyo efecto suscribió un contrato que firmaron Byron Cole y Máximo Jerez.

El 13 de junio de 1855, William Walker desembarcaba en El Realejo provisto de la ciudadanía nicaragüense, un grado igualmente ad hoc de coronel y soldados y baqueanos no sólo norteamericanos, sino naturales del país. Walker se había distinguido como esclavista conspicuo en su patria. Había bregado por la incorporación de la Alta California mexicana a los Estados Unidos, y cuando ésta se obtuvo, había empuñado las armas contra el general Santa Anna, en México, con el propósito de obtener igualmente la Baja California.

Superaría los objetivos de esta obra seguir en detalle las andanzas de este personaje funesto para Nicaragua, conocido por el filibustero Walker. No sería ocioso, empero, trazar las líneas generales de su actuación, así como de la reacción que produjeron sus actividades: en 29 de julio de 1855 Walker es derrotado en Rivas, pero se desquita el 3 de setiembre al batir al general Santos Guardiola, en La Virgen. El 13 de octubre se posesiona, por asalto, de la ciudad de Granada. Días antes, el 8 de setiembre, Walker, hecho ya general, impone la paz al general Ponciano Corral, jefe del bando conservador, quien firma a regañadientes en nombre del presidente legitimista Estrada.

Como consecuencia del tratado, es nombrado presidente de la república don Patricio Rivas, quien asume su cargo el 30 de octubre. Ante la evidencia de que quien intenta realmente gobernar entre bambalinas es Walker, el general Corral trata de complotar contra el intruso. Descubierto por Walker, éste decide que un consejo de guerra, integrado por oficiales norteamericanos, disponga su fusilamiento, el que se materializa el 8 de noviembre. Corral se convierte así en la segunda notabilidad del país sacrificada por Walker: la primera lo había sido, tiempo antes, el ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Estrada, don Mateo Mayorga.

Holbrook sostiene que Walker había sido alentado en su empresa por Morgan y Garrison, aquellos empleados infieles que habían despojado de acciones a Cornelius Vanderbilt. 5 Como
5 Holbrook, Stewart H. Hombres de presa y hombres de empresa (The Age of the Moguls), pág. 47. Editorial, Aguilar, Madrid, 1955.

para certificar la exactitud de este aserto, el presidente Rivas, a instancias de Walker, anulaba el 18 de febrero de 1856 la concesión que Frutos Chamorro había acordado a la Accesory Transit Company para el transporte de pasajeros y carga a través de territorio nicaragüense. Un día después, el 19 de febrero, Rivas acordaba una nueva concesión para los mismos fines a una empresa integrada por el propio Walker y respaldada por Morgan y Garrison, después que —al decir de Isidro Fabela— el ministro de Hacienda, Fermín Ferrer, logró que se desechara un primer proyecto que a su juicio significaba la venta del país.

Los negocios de Walker adquirieron pronto tal cariz y sus propósitos se hicieron tan evidentes, que hasta su mismo títere, Rivas, se cansó de obedecerle y resolvió —aunque evidentemente mucho tardó para decidirse— retirar toda autoridad al filibustero. Este respondió desconociendo la autoridad del presidente Rivas, y, mediante un decreto del 20 de junio de 1856, reemplazándole con el ministro Ferrer provisoriamente. Rivas resolvió apelar a las armas y llamó en su auxilio a todas las naciones de Centroamérica, ya que, decía su pedido, "los últimos acontecimientos de Nicaragua han demostrado a este Gobierno la perfidia y maldad con que atenta Walker con los suyos contra los intereses nacionales".
Así se desencadenó una lucha que pronto cobró mayores dimensiones y que por sus características especiales, es conocida en la historia del istmo centroamericano con el nombre de La Guerra Nacional. Guerra nacional fue en efecto, ya que las aspiraciones del filibustero lograron concitar en un mismo haz de voluntades a todos los pueblos de Centroamérica contra aquel que ya había mostrado sus intenciones de convertirse en gobernante no sólo de Nicaragua, sino de las cinco naciones ístmicas.
En un famoso decreto, del 26 de junio de 1856, Rivas denuncia que Walker le había declarado, "en presencia del secretario de la Guerra y de otras personas, su determinación de arrancar el poder público por la fuerza", lo que le había obligado a trasladar su gobierno a Chinandega, "para conservar

a todo trance la dignidad y soberanía de la República, y la libertad necesaria para hacer frente a las maléficas exigencias del mismo señor Walker sobre inmensas y de todo punto inadmisibles enajenaciones de tierra al extranjero, como un recurso que se emplearía en practicar innovaciones políticas y religiosas en Nicaragua; sobre nulificación de las elecciones de supremas autoridades practicadas por el pueblo; y sobre facultades omnímodas que exigía se le confiriesen, a fin de proveerse de recursos, sin excluir el medio de confiscar y vender a los extranjeros las propiedades de los particulares...” 6

A todo esto, Vanderbilt desarrollaba su plan para desquitarse de Walker, Morgan y Garrison. Según Holbrook, aunque no consiguió arruinar según sus deseos a estos últimos, "los dejó lisiados y los humilló, volviendo a recuperar el control de la Accesory Transit". Para lograrlo convirtió su famoso yate North Star en un elegante vapor de pasajeros de la línea de Panamá, puso en servicio dos barcos más, organizó la línea desde la costa del Pacífico hasta California y redujo aún más las tarifas.

Coincidentemente, Rivas declaraba a Walker "enemigo de Nicaragua con la nota de traidor" y decretaba que todos los nicaragüenses, "sin excepción ni privilegio alguno, de la edad de quince años hasta la edad de sesenta, deberán ponerse en armas contra el mencionado Walker y los que le secunden; igualmente que servir al Gobierno en las funciones a que los destinen para defender la libertad, independencia y soberanía de la República".

Al día siguiente, una nueva proclama de Rivas precisaba los motivos de su encono contra Walker. Este, haciendo caso omiso de la oposición que había creado en torno suyo, se hacía elegir presidente de Nicaragua, el 12 de julio de 1856, no ocultando que entre sus futuras ambiciones figuraba la de emular las hazañas de Sam Houston en Tejas, incorporando la totalidad del territorio del istmo a los Estados Unidos. Para eso contaba no sólo con una situación política norteamericana propicia, sino con la benevolencia del propio presidente Pierce, mandatario que no desautorizó a Walker cuando éste proclamó que las "elecciones" que le ungieron "presidente" de Nicaragua habían sido supervisadas por tropas estadounidenses de New Orleans y California; por el contrario, Pierce dispuso que el ministro norteamericano en Nicaragua visitara oficialmente a Walter para notificarle que "el Departamento de Estado, y de manera muy especial el presidente Pierce, deseaba entablar relaciones con su
6 Montúfar, Lorenzo. Reseña histórica de Centroamérica, págs. 519-520, documento número 1, tomo VII.

Gobierno, que, desde luego, quedaba reconocido". 7

Los desmanes cometidos por Walker en el desempeño de su trágica misión guardaban perfecta relación con sus antecedentes en la materia, pero provocó con su acción el resultado positivo de aglutinar a todos los pueblos de Centroamérica, divididos hasta entonces por el odio y la rivalidad y de unificarlos sin distinción de banderías ni credos. Voluntarios de todo el istmo acudieron para arrojar de su territorio al extranjero, que con su arrogancia y brutalidad se burlaba de sus instituciones y de sus leyes —que si no eran perfectas ni satisfactorias, al menos no les habían sido impuestas por la bota de un invasor victorioso— e intentaba además proscribir su destino. Sabedor de que en El Salvador se preparaban fuerzas para combatirle, respondió a la amenaza declarándose presidente de esa república, y así hubiera continuado con cada una de las restantes —que entre sí se consultaban y buscaban para apoyarse y defenderse mutuamente— de no mediar la intervención de Cornelius Vanderbilt.

El Comodoro hizo proveer de armas a algunos gobiernos centroamericanos y detener a todos los barcos de su propiedad en viaje a Nicaragua, con lo cual incomunicó a Walker con los Estados Unidos, desde donde éste obtenía hombres de refuerzo y abastecimientos. Después de darles armas, Vanderbilt dio dinero a Costa Rica, Honduras y Guatemala, las que se lanzaron contra el filibustero, a quien aparentemente apoyaba ahora el nuevo presidente norteamericano Buchanan.

En su esfuerzo por ganarse la buena voluntad y el apoyo de los esclavistas sureños de su patria, Walker, conocedor del juego político entre esclavistas y antiesclavistas, que a poco más iría a terminar en la Guerra de Secesión, arremetió contra la historia de Centroamérica al declarar nulos e írritos todos los actos y decretos de la Asamblea Federal Constituyente, así como los del Congreso Federal; y terminó su serie de arbitrariedades disponiendo el restablecimiento del sistema de la esclavitud en el istmo, de acuerdo con los siguientes fundamentos científicos y filosóficos:

"Los países hispanoamericanos, al independizarse, quisieron establecer repúblicas sin esclavitud, y la historia de cuarenta años de desórdenes y crímenes públicos es fértil en lecciones
7 Sáenz, Vicente. "Pasado, presente y porvenir de Centroamérica", en Cuadernos Americanos, págs 40-41, México, año 1944, número 6.

para quien tenga ojos para ver, oídos para oír... El decreto que restablece la esclavitud, al propio tiempo que muestra cómo los norteamericanos se proponen regenerar la sociedad de Nicaragua, coloca a ésta a la vanguardia de los Estados del Sur de la Unión en el llamado 'incorregible' conflicto entre el trabajo de esclavos y el libre. La política de este acto consiste en señalar a los Estados del Sur el único medio, distinto de la revolución, que hace posible preservar la organización social presente..." 8

Había todavía alguien más con quien Walker, torpemente, debía chocar y hacer de ella un enemigo más: Gran Bretaña. Llevado de su ímpetu conquistador trató de intervenir en la zona de la Mosquitia, entonces colonia inglesa, y de hacer pagar tributo a los plantadores de esa región que Nicaragua reivindicaba como propia y que, en efecto, décadas más tarde pasaría a su poder. Walker alentaba quitar a los ingleses el puerto de San Juan del Norte (Greytown), que dominaba la entrada atlántica del río San Juan, donde comenzaba la línea de tránsito interoceánica. Finalmente, Walker optó por retirar el exequátur al vicecónsul inglés residente en Managua, Thomas Manning, con el pretexto de que éste intervenía en la política interna nicaragüense.

No era casual, en todo caso, que Gran Bretaña se trenzara contra aquel en quien adivinaba un escollo para sus planes de asegurarse para sí misma el dominio de la ruta interoceánica, previniendo las miras idénticas de sus parientes anglosajones. No eran tampoco casuales las disposiciones de Walker para asegurarse las llaves de esa misma ruta y preservarlas para sus connacionales. Los designios del zarandeado Destino Manifiesto de los Estados Unidos no eran, como los de Dios, inescrutables. Walker constituía la modalidad estadounidense del intervencionismo impaciente y agresivo, distinto de la forma pacífica de penetración preconizada por los comerciantes y financistas y, a pesar de los aspectos pintorescos de su faena en Centroamérica, no cabe duda alguna de que, de haber triunfado en la brega, muy otra sería la historia de las cinco naciones federadas en su contra.

En 12 de septiembre de 1856, seis generales nicaragüenses firmaron un convenio en representación de los partidos tradicionales, el liberal y el conservador, por el cual se
8 Arciniegas, Germán. Entre la libertad y el miedo. pág. 232. Cuadernos Americanos, México, 1952.

comprometían a cancelar sus diferencias en tanto existiesen tropas extranjeras en el país; a apoyar al presidente Rivas en su cargo mientras no se hubiese logrado el objetivo de la liquidación del enemigo, y a convocar a elecciones presidenciales, con arreglo a la Constitución de 1838, ocho días después que los ejércitos filibusteros abandonasen territorio nicaragüense.

Hasta casi un año después ese propósito no había sido cumplido. Los ejércitos de las pequeñas repúblicas, al mando del costarricense José Joaquín Mora, lograron acorralar a Walker en Granada, pero éste se zafó no sin antes incendiar la ciudad, dejando en ella humeantes ruinas y un simbólico cartel: Here was Granada. Una tremenda epidemia de cólera, diezmó poco después a las fuerzas aliadas, sobre todo a las costarricenses, y la lucha prosiguió con alternativas diversas hasta que sólo el 1º de mayo de 1857, ya cortadas sus fuentes de aprovisionamiento y ante el riesgo inminente de ser hecho prisionero, Walker capituló, aunque lo hizo ante el capitán de un navío de guerra norteamericano surto en aguas de Nicaragua, quien se encargó de llevarlo hasta Panamá, desde donde se embarcó de regreso a los Estados Unidos.

El retorno de Walker a la Unión fue triunfal. Las crónicas relatan que su recibimiento por los habitantes de New York fue apoteótico, del tipo que tributa todavía a los héroes nacionales. Los diarios ensalzaban sus andanzas políticas y militares, y destacaban su intento de "reivindicar" la Mosquitia para los Estados Unidos. Poco tiempo después se hacía público que Walker estaba buscando apoyo en armas y dinero para recuperar su "presidencia" y que nuevamente reclutaba contingentes sudistas para emprender la "reconquista". Ese mismo año de 1857, en noviembre, intentó un desembarco que fracasó, por lo que retornó a la Unión y hasta tres años después no reiteró la tentativa.

Ínterin, la noticia había provocado suficiente alarma en los Estados del norte, antiesclavistas, como para animarles a colocar obstáculos al filibustero. Debe tenerse en cuenta que si éste lograba apoderarse del territorio del istmo y anexarlo como Estado esclavista a los Estados Unidos, se iría a romper —en favor del Sur— el equilibrio de la balanza política que tan precariamente se mantenía sobre una paridad cuantitativa de unidades políticas locales.

Ese pensamiento coincidía con los deseos de Cornelius Vanderbilt de radiar del istmo definitivamente a Walker y, lógicamente, con el patriotismo de los centroamericanos, que ya habían aprendido que aun sin la directa amenaza del filibustero, sus disensiones constituían el modo más directo de invitar a países poderosos a intervenir en sus asuntos con su anuencia o sin ella. Cualquier otro aventurero, cualquiera otra nación aventurera, podrían, en cualquier momento, volver a tentar fortuna, aprovechándose de la debilidad de Nicaragua, nacida de su desunión interna.

Se confiaba en que, de acuerdo con el pacto de 12 de septiembre de 1856 garantizado por los generales en jefe de Guatemala y El Salvador, en junio de 1857 —ya expulsadas de Nicaragua las tropas invasoras— se convocaría a elecciones para designar al sucesor de Rivas.

En lugar de tomar esa medida, los generales Martínez y Jerez propusieron a aquél que resignara el mando en manos de una junta por ellos presidida. Rivas lo hizo así, en efecto, asumiendo aquéllos el gobierno en 24 de junio de 1857.

Dos años después, en 1859, esa junta de gobierno se trocó en presidencia unipersonal. El general Martínez se hizo cargo del mando y el general Jerez pasó a revistar como ministro en Washington.

A todo esto, parecían acallados los ímpetus de Walker. Vanderbilt, por ese entonces había desviado su vista de la turbulenta América Central. Había vencido a Harris y Sloo en la guerra de tarifas. Igualmente había triunfado contra sus infieles socios. Pero el Comodoro no se olvidaba de que Harris y Sloo, junto con otro naviero, Law, habían percibido desde 1848 del gobierno de los Estados Unidos 900.000 dólares anuales en concepto de subsidios por trasporte de correspondencia, y se le ocurrió el modo de obtener una tajada de esos ingresos. Les propuso, al efecto, retirarse de los negocios navieros en las líneas a California, siempre que se le compensara adecuadamente. Harris y Sloo compraron sus barcos a un precio conveniente para Vanderbilt y se comprometieron a pagar a éste mensualmente 40.000 dólares mientras se mantuviera alejado del negocio. Esta cifra se elevó tiempo después a 56.000 dólares mensuales, o sea a 672.000 dólares anuales, cuando Vanderbilt amenazó con volver. Flynn refiere que recuperó así todo el capital que había invertido en el negocio y que obtuvo esos 672.000 dólares anuales, o sea la mayor parte del subsidio oficial, sin mover un dedo, en tanto que Harris, Sloo y Law debían cargar con el trabajo y con el aporte de los capitales indispensables.

En cuanto al personaje restante de toda la trama, el filibustero Walker, cabe consignar que no había cejado en sus propósitos de recuperar sus anteriores posesiones. Enceguecido por la ambición retó de nuevo a la suerte, embarcándose con destino a Centroamérica. Era su tercera tentativa y en ella consiguió únicamente su propio exterminio. Llegó, en efecto, en agosto de 1860 a la isla hondureña de Roatán, desde donde se apoderó por sorpresa de Trujillo, donde estaba fondeado un crucero británico, el lcarus. Ya henos señalado que Gran Bretaña no veía con buenos ojos las andanzas del filibustero; sabiéndolo, las autoridades hondureñas, de acuerdo con el comandante del buque, persiguieron a Walker. Este se internó en Honduras, pero finalmente debió rendirse, haciéndolo ante los británicos, lo que de nada le sirvió, pues aquéllos lo entregaron a las autoridades del país, las que no tardaron en proceder a su fusilamiento, el 12 de setiembre del mismo año.

II


EL FILIBUSTERISMO DE GUANTE BLANCO

La victoria de la Unión estrechó los lazos de amistad entre Estados Unidos y las repúblicas hermanas del mundo occidental. A partir de entonces el gobierno de Estados Unidos y la gente del país se mantuvieron alertas contra toda posible violación de la doctrina Monroe, en especial en la región del Caribe. Siempre que los despachos diplomáticos informaban sobre rumores de que potencias europeas planeaban adquirir bases navales en el Caribe, ya fueran Gran Bretaña o Francia, ya el nuevo reino de Italia o el nuevo imperio alemán, los sucesivos secretarios de Estado se dieron prisa a dar instrucciones a los representantes diplomáticos adecuados al caso para que protestaran contra semejante posibilidad. Esas protestas se basaban, directa o indirectamente, en la doctrina Monroe. 1

SAMUEL FLAGG BEMIS
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