Padre José María Coudrin (1768 – 1837) Fundador de la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús de María Traducción del francés al español






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títuloPadre José María Coudrin (1768 – 1837) Fundador de la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús de María Traducción del francés al español
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Celador


Para el ciudadano consciente de sus responsabilidades republicanas, el 221 calle de las Hautes treilles (Calle Th Renaudot) en Poitiers es sospechoso. Llegada la noche, la pesada puerta cochera se entreabre, se recibe a muchos en el hotel Morière... y las melodías que escapan del salón del primer piso no tiene los malos acentos de los cantos patrióticos...

En enero de 1801, el joven Agustín5, sobrino del P. Coudrin franquea el lugar, y nos revela, en su diario, los misterios del lugar:

En el momento de mi partida de Coussay, el culto no se había restablecido en la parroquia. La oración en común en una iglesia me era desconocida. Juzgad de mi sorpresa cuando se me introdujo en la capilla. Dos niños, de los cuales él no más joven que yo, estaban de cada lado del altar, sobre el peldaño, teniendo en la mano una bujía encendida... Todos los asistentes tenían una bujía encendida en la mano. Mi tío entonó la Salve Regina y se la cantó de pie. En medio de todas las voces, se distinguía la de Madame Aymer de la Chevalerie que les arrastraba a todas. El canto de la Salve Regina era, entonces, el canto de la esperanza, de la fe en la obra nueva y de la caridad que unía todos los corazones”.

Se comprende la suspicacia de la vecindad y la vigilancia siempre necesaria para los habitantes de la casa Morière.

Sólo algunos iniciados saben que una nueva orden religiosa nace, allí en la obscuridad. El P. Perrin mismo descubre la existencia de las Solitarias. Se regocija por ello, pero no duda que el P. Coudrin sea el promotor. El nuevo decano es emprendedor. No tarda en redactar un reglamento al uso de las Solitarias para ayudarles en su encaminamiento hacia la vida consagrada. El P. Coudrin no reacciona, deja hacer. Las críticas de sus cohermanos, que han elegido al P. Perrín, le incitan sin duda a quedar en la sombra. El no ama el escándalo y huye de los enfrentamientos. Sin embargo, no renuncia a su misión de fundador.

El P. Perrin ha hecho rápidamente el diagnóstico de un conflicto de autoridad en el seno de la Asociación. Las Solitarias, es demasiado evidente, que escapan a la autoridad de la Srta. Geoffroy. El decano se empleará en clarificar la situación. Muy pronto, la Srta. Geoffroy no tendrá más que la responsabilidad de las hermanas externas, y Enriqueta Aymer es elegida en su lugar. Una tal iniciativa no va a facilitar, sin duda, las relaciones en el interior de la asociación.

Pero la obra de Dios avanza. En medio año 1798, llega a Poitiers un imporeso6 presentando la vida de los monge trapistas refugiados en la Valsainte en Suiza, bajo la conducción de Don Agustin de Lestrange, Abad de la Trapa. Las exigencias de la Regla benedictina son observadas allí con el máximo rigor. Enriqueta es inmediatamente seducida.

Le parece, escribe Sor Gabriel de la Barre en sus memorias, que una vida tan perfecta no podía dejar de ser agradable a Dios, y conducirnos al fin al cual queríamos llegar”.

El Padre Coudrin entró en sus miras con admiración, y desde entonces ella comenzó sola a hacer el ensayo de esta regla. Una simple tabla fue su lecho, no comió más que una vez por día.

Habiéndole probado la experiencia que este género de vida no ofrecía nada de impracticable, se propuso hacerlo aprobar por los sacerdotes de la Sociedad. El P. Perrin estaba dispuesto a ello, los otros se oponían como lo que sigue lo ha probado pero Dios por un efecto maravilloso de la Providencia sobre nosotros encadenó su voluntad: ellos consintieron, y uno sólo quedó neutro.

La Madre Enriqueta reunió entonces a toda su comunidad, y haciendo el detalle de la regla que ella quería hacer adoptar, pidió el asentimiento de cada una de nosotras. Todas dieron el suyo, las unas por el deseo de hacer penitencia, otras por la convicción bien fundada de que todo lo que nuestra Madre proponía venía de Dios y llevaba a Dios.

El 1o. de enero de 1799, las Solitarias comienzan “por los grandes ayunos el primer ejercicio de la nueva regla” que acaban de adoptar. En adelante, el silencio, los hábitos de lana, el lecho sobre el piso, los oficios de noche, el alimento de pan moreno, agua, leche, frutas y legumbres, los capítulos de culpas son lo cotidiano de la comunidad. Enriqueta y muchas hermanas han sido pensionistas en la abadía Santa - Cruz de Poitiers. Este estilo de vida no les era del todo desconocido. El P. Coudrin mismo, adopta este régimen espartano.

No se admira de ello cuando se sabe la visión misionera de su fundación. Sin duda, es necesario acordarse de las órdenes religiosas han sido suprimidas en Francia en febrero de 1790.7 Aquellos que desean comprometerse en la vida religiosa, les falta los lugares de acogida y los modelos.

Sor Gabriel de la Barre anota: “Se estaba llena de buena voluntad, sin embargo no se tenía ninguna experiencia de la vida religiosa.” La tradición benedictina, a través de las “prácticas de la Trapa” viene a suplir esta falencia. Sin embargo, “la experiencia probó, indica el P. Hilarión Lucas, que las saludes no resistían... Se creyó poder adoptar algunas atenuaciones... Los ayunos fueron un poco menos severos, la paja reemplazó a la simple tabla.”

Así se precisa el perfil de la nueva fundación y su carácter religioso. En adelante, el P. Coudrin y la Madre Enriqueta considerarán su familia religiosa como injerta “sobre la vara del gloriosa San Benito, practicando la austeridad de su vida dulcificada por el Santo Amor de los divinos corazones de Jesús y de María, deseando hacer revivir sus virtudes particularmente el anonadamiento de sí mismo, su humildad, su dulzura, su pobreza, su obediencia, su caridad... para abrasar el mundo entero, si es posible, del Santo Amor (de los Sagrados Corazones)”.8

Constituida en “escuela del servicio del Señor” según la expresión de San Benito, la joven comunidad tendrá que formar sólidos obreros del Evangelio. “Jesucristo es allí el centro vital, absolutamente necesario, al cual todo debe ser relacionado para que todo tenga un sentido y pueda subsistir sólidamente... Benito afirma con fuerza y gravedad que “nada debe ser preferido al Amor de Cristo.9

El P. Coudrin puede encontrar el mejor guía para formar a sus discípulos, él que escribía en su primer reglamento: “En Jesús, nosotros encontramos todo... he ahí nuestra Regla!”

Como nunca, un tal proyecto no es de oportunidad. El Directorio suscita un brote de persecución que “exigía, recuerda Sor Gabriel de la Barre, una vigilancia continua... Nosotros desmovilizábamos todos los días el dormitorio para ocultar las tablas, a fin de que nadie notase un casa religiosa y un gran número de personas reunidas. Es preciso, un cierto tiempo, tomar la precaución hasta contentarse con el piso por lecho, y sustraer por el temor de las búsquedas hasta nuestros cubiertos y nuestras tasas”.

El Papa Pío VI, prisionero de los franceses, muere el 9 de agosto de 1799 en Valencia. Será preciso esperar el 14 de enero de 1800 para que un cónclave de cuatro meses encuentre un sucesor en la persona del Cardenal Chiaramonti que tomará el nombre de Pío VII.

La pequeña comunidad de la Grand’Maison se estrecha alrededor del tabernáculo y redobla el fervor en su oración adoratriz: “Sálvanos, Señor, que perecemos!”

En la primavera de 1799, despuntan los primeros brotes de la rama masculina: Bernard Bouëx de Villemort, un poitevino de 24 años, e Hilarión Lucas, un turenés de 17 años. Algunos meses más tarde, Isidoro David se juntará. El P. Coudrin emprende en la formación siguiendo el método que no desaprobaría nuestros “planes de formación inicial” contemporáneos.

Guiados por los sabios consejos de nuestro Fundador, relata Hilarión, comenzamos a enseñar los elementos de la religión a los niños que estaba sumidos en una profunda ignorancia sobre las verdades de la salvación. Se establecieron dos catecismos en los dos arrabales de Poitiers que tenían más necesidad de instrucción, el arrabal de la Trancheé y el de la Cueille. Estos catecismos se hacía en casa particulares, que se alquilaban a este efecto, porque la persecución subsistía aún, aunque menos violenta.

El P. Coudrin iba de tiempo en tiempo a decir la misa y confesar a los niños en las casas donde nosotros hacíamos el catecismo, y entonces estábamos obligados a vigilar con el más grande cuidado, que él no fuese sorprendido por los perseguidores. no anunciábamos nunca de antemano el día en que el P. Coudrin debía venir a confesarles, y cuando él había llegado a la casa donde se hacía el catecismo, no dejábamos salir a ningún niño hasta que haya terminado las confesiones y teníamos cuidado de llevarles, esos días, víveres a fin de que ellos no tuviesen ningún motivo de ausentarse. Aunque permanecíamos el hermano Bernard y yo, en el seno de nuestras familias, pasábamos la más grande parte del día con el P. Coudrin, cuando él no estaba ocupado en las funciones de su santo ministerio. Recitábamos con él en alta voz las horas canónicas en la capilla de las hermanas. El resto del tiempo estaba consagrado a la meditación, a las lecturas piadosas y a los estudios teológicos. Le acompañábamos también en sus correrías apostólicas, que no estaba aún sin peligro para él.”

Tal es el método de Marche-a-Terre. Pedro Coudrin es un hombre de la época. Ofrecer a las gentes el Evangelio vivido es su única preocupación: él hará de ello “una ardiente obligación” para sus discípulos.

Los cuidados atentos con los cuales rodea a los jóvenes aspirantes de su fundación no disminuyen su actividad. En Montbernage, M. Pruel aprecia su ayuda y él no es el único en Poitiers y más allá en apelar a sus talentos de predicador.

En este fin del año de 1799, con la Madre Enriqueta cree deber franquear una nueva etapa en la progresión de la comunidad hacia la consagración religiosa.

El 25 de diciembre, las hermanas aparecen en el oratorio de la Grand’Maison vestidas de blanco.

Impulsado por el Espíritu Santo, el P. Coudrin va delante. Se conoce su manera de ver: no se ha dado nada cuando no se ha dado todo! Sin cesar, recuerda la exigencia de tales compromisos.

Sumisión firme e inquebrantable hasta el punto de sacrificar todo, de sufrir todo, de perder todo, antes que perder la fe, antes aún que exponerse a perderla. Bienes, honores, salud, libertad, vida misma, todo esto es precioso. Pero si todo esto se encuentra en compromiso con la fe, todo esto debe ceder a la fe. Y si lo fuera preciso, sobre los escombros de todo esto, debe elevarse la fe triunfante.

Nuestra fe tiene enemigos que temer, persecuciones que experimenta, combates que sostener; lo sabemos: ¿de qué sentimientos estamos animados?

¿El celo de la casa de Dios devora nuestro corazón, como el del Profeta? ¿Hablamos, obramos, vivimos por él? ¿Qué si nuestro estado no nos permite hablar, al menos oramos por su conservación? ¿Oramos por sus defensores? ¿Oramos por sus ministros? ¿por sus hijos, por sus enemigos?

Como Moisés, ¿elevamos las manos al cielo mientras que los Josué combaten por él? Sin experimentar sus trabajos tendemos parte en su victoria: Oh fe divina! Vosotros lo encontráis en otro tiempo en los primero cristianos, este celo ardiente, ellos os lo ofrecen en el testimonio de su sangre. Pero sin ir tan lejos, queridos amigos míos, él os pide el homenaje de vuestras obras. La fe y las obras deben estar siempre unidas y caminar en concierto... Las obras sin la fe son obras estériles, y la fe sin las obras es una fe muerta. El árbol se conoce por sus frutos, dice el Salvador del mundo, y el cristiano se conoce por sus obras. Sin que se nos interrogue, nuestras acciones deben decir cual es nuestra religión. No llevamos nuestra fe escrita sobre nuestra frente, pero debemos hacerla respetable, por nuestra conducta, por la obras que honran nuestra fe, que la conservan y entretienen la fe. Amor de Dios, desprendimiento de nosotros mismos, caridad para nuestros hermanos, edificación mutua, tal es el glorioso testimonio que debemos a la fe.”

El maquis de Dios, que sabe de que habla, invoca el testimonio del fervor de las primeras comunidades cristianas y de sus mártires. Es en esta medida que es preciso medir las dimensiones del compromiso al cual él convida a aquellos que se la han juntado.

Este radicalismo suscita incomprensiones y discusiones, aún en el medio escogido y fervoroso de la Asociación del Sagrado Corazón. Los sacerdotes del consejo y la Srta. Geoffroy no ven en esta evolución sino una decisión de carácter sectario.

Ya es tiempo, piensa el P. Coudrin, que la Iglesia que está en Poitiers se pronuncie. En ausencia del obispo, los vicariatos capitulares son solicitados por la Madre Enriqueta y sus ocho compañeras. La respuesta viene magnífica, el 17 de junio de 1800:

Esta asociación es muy propia para hacer amar el Evangelio de Jesucristo para que nosotros lo aprobemos de corazón y de espíritu”.

Solicitados de nuevo, el 14 de octubre, aprueban la fórmula de los votos que van a pronunciar la Madre Enriqueta, Gabriel dela Barre, Therese Souc de La Garélie, Madeleine Chevalier y Gertrude Godet.

La celebración de esta profesión se fija para el 20 de octubre de 1800, fiesta de San Caprais. Ocho años día por día han transcurrido desde que el joven abate P. Coudrin saliendo de su granero de La Motte d¨Usseau, se ha entregado hasta la muerte, si era preciso para el servicio de Dios.

El mismo arranque de amor oblativo transparentaba en los compromisos de las nuevas profesas:

Yo, N. hago por un año voto de castidad, de obediencia y renuevo de corazón las firmes resoluciones que he tomado y que pueden ser para el bien. Las pongo entre las manos de la Santísima Virgen, por las vuestras, mi R. (Reverenda) Madre al fin de que ella se digne a presentarlas al corazón de Jesús, su divino Hijo al servicio del cual deseo consumirme como este cirio, según la regla establecida en esta casa. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”.

En el curso de la misma ceremonia, el P. Coudrin, Bernard de Villemort e Hilarión Lucas, “tomaron sus resoluciones”. En recuerdo de la Motte d’Usseau, el P. Coudrin tomó el nombre de hermano “Caprais”. Así la rama masculina de la nueva fundación entra en un período de preparación a la profesión religiosa. Ahora hablaríamos de noviciado.

La doble comunidad de la Grand’Maison da sus primeros pasos... a tientas. Sin que conozcamos la razón exacta, la duración del noviciado y de los votos temporales se va a reducir algunos meses.

El día 24 de diciembre a las once y tres cuartos de la noche en el año mil ochocientos, yo hermano María José, hago votos de castidad, pobreza y obediencia según las luces del Espíritu Santo para bien de la Obra como celador del Amor de los Sagrados Corazones de Jesús y de María al servicio de los cuales quiero vivir y morir en el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

F. María José

Fórmula de los votos del P. Marie - Joséph Coudrin, escrita por el mismo y pronunciada en la noche de Navidad de 1800.

Será porque después de haber obtenido la aprobación diocesana, se preocupa de solicitar la aprobación de la Santa Sede? En noviembre de 1800, la Madre Enriqueta se dirige a Tours para consultar este asunto al abate Raboteau, administrador de la Diócesis el prudente eclesiástico le disuade de continuar en su proyecto de viaje a Roma. El hombre acepta comunicar a quien corresponda, una súplica en el curso de su desplazamiento, interviene un hecho que va a influir ciertamente sobre los acontecimientos que siguen.

En la diligencia, mientras que sus compañeros de viaje, tienen propósitos poco edificantes: “hacia las ocho de la noche relata Gabriel de la Barre, ella es arrebatada en espíritu, le parece estar con aquellas hermanas que han hecho votos, en medio de una multitud de ángeles cantando con ellos la Salve Regina alrededor del tronco de la Santísima Virgen”. Al principio ella presta poca atención a esta visión que la considera como un simple efecto de la imaginación; pero poco después el Señor le da otros conocimientos, que no puede disimular al P. Coudrin, su director espiritual. Se puede imaginar su inquietud ante los estados místicos de su cooperadora. Enriqueta, en verdad es un alma de oración. En la Grand’Maison, sus vigilias de adoración la mantienen al pie del Tabernáculo de 22 horas a 2 horas de la mañana.

Ella no ha visto jamás por los ojos del cuerpo todo lo que pasaba en la parte superior de su alma, sin el concurso de los sentidos, precisa su confidente, Gabriel de la Barre, Dios se manifestaba a ella de una manera muy simple. No parecía nada de extraordinario en su persona; solamente quedaba sin movimiento en la posición que ella se encontraba, de rodillas, de pie o sentada. Todas las facultades de su alma y de su cuerpo estaban suspendidas”.

Hilarión asegura haber él mismo “notado con frecuencia esta inmovilidad de Madre Enriqueta cuando el Señor le penetraba de su Santa Presencia. Si se le hablaba en esos momentos, no entendía, o bien hacía un movimiento de sorpresa, como una persona que se despierta súbitamente, cuando ha estado sumida en un profundo sueño”.

Experimenta una cierta repugnancia a comunicar lo que ella percibe en estos momentos de arrobamiento en Dios. El futuro, el interior de las personas, los misterios mismos de la fe, derrepente llegan a ser translúcidos para ella.

El adviento de 1800 es un período rico en comunicaciones sobre la congregación y su porvenir. A petición del P. Coudrin, la Madre Enriqueta transcribe sobre cartas lo que ella “ve”.

A dos siglos de distancia, estamos tentados de rodear este fenómeno de un halo de escepticismo y de no concederle sino una importancia muy relativa. Debemos admitir, sin embargo, que el P. Coudrin y aquellos que han tenido conocimiento de ello en la época difícil donde nada es tan inseguro como el porvenir de un instituto religioso.

Este clima de fervor explica, sin duda, la actitud del P. Coudrin y de la Madre Enriqueta en la noche de Navidad de 1800.

Solamente en voz baja, relata Hilarión, aunque en presencia de muchas personas, que el P. Coudrin pronuncia, en nuestra capilla, los votos siguientes: “yo, hermano Marie-Joseph, hago voto de pobreza, de castidad, de obediencia, según las luces del Espíritu Santo, para el bien de la Obra, como Celador del Amor de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, al servicio de los cuales quiero vivir y morir” y enseguida, sube al altar para comenzar la misa de media noche. Su alma está colmada en ese momento de un dulce gozo el cual trae a la memoria siempre el recuerdo de una dulce consolación.”

La madre Enriqueta hace, el mismo día, los tres votos de religión, como Superiora General.

El P. Coudrin bendice enseguida el manto blanco que los celadores llevan como un signo de su entrega a María.

Esta doble profesión no es improvisada como parece. La fórmula de los votos es totalmente nueva. Los corazones de Jesús y de María están allí reunidos en una misma expresión y el P. Coudrin se consagra a su servicio en calidad de “Celador”.

Un nombre, escribirá más tarde, que recuerde a cada instante a aquellos que lo llevan que deben sacrificarse por celo para el Señor; que faltarán a su voto el más esencial desde el momento en que ellos quisieran vivir para ellos mismos y no trabajar por la salvación de sus hermanos; que su vocación, en fin, es toda de celo y un celo inflamado” 10.

El vocabulario escogido pone de relieve la originalidad de la nueva fundación que se distingue así de la Asociación del Sagrado Corazón. Esta “consagración a los Sagrados Corazones de Jesús y de María” siempre en uso de la congregación es según la expresión del P. Coudrin, él “fundamento del Instituto”. Confesión de fe mas que acto jurídico, le da un acento juánico: “he aquí en que hemos reconocido el amor: Jesús ha dado su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos”. (1 Jn. 3,16).

La fecha señalada para esta ceremonia esta rica de sentido. Esta elección de la noche de Navidad para los votos religiosos que señalan en Acta de nacimiento de la Congregación de los Sagrados Corazones es feliz. Su discreción y la semi-clandestinidad que les rodea son en coherencia con la manera de obrar de Dios. Se trata en realidad de una natividad.

El misterio celebrado en esta noche da toda su dimensión a un acto que no hace fecha en la historia de los hombres sino en aquella, secreta, del despliegue de la salvación de Dios.

Al final de este año 1800, para los católicos franceses, la noche de la opresión no ha terminado y he aquí que estas palabras pronunciadas al pie del altar encienden los primeros resplandores “de una gran luz” que va a resplandecer sobre “el pueblo que caminaba en las tinieblas”. La lectura del capítulo 9 del profeta Isaías que sigue inmediatamente al acto de profesión subraya su alcance.

La noche del solsticio de invierno ve retroceder las tinieblas. Llega el día fruto de un largo deseo. El invierno puede ser largo y rudo; pero no puede impedir a la primavera de floreces. La vida tiene siempre la última palabra. En el dolor, muchas veces a las puertas de la muerte, la humanidad está en permanente alumbramiento.

Pedro Coudrin y Enriqueta Aymer, en la obscuridad, por su consagración, toman lugar entre “los nacientes de la humanidad”... porque ellos injertan la ofrenda de su vida sobre la oblación de Cristo que entrando en el mundo dijo: “he aquí que vengo para hacer tu voluntad” (Hech. 6,5).

Naturalmente el compromiso definitivo de sus discípulos se fija al 2 de febrero de 1801, fiesta de la presentación del Señor, cuya liturgia toma estas palabras del Salmo 39.

Ese día, el P. Coudrin reúne a los que viven en la casa, en el oratorio y expone el Santísimo Sacramento, con un cirio en la mano ora:

Oh Jesucristo, he aquí los hijos de vuestro divino corazón, confusos a vuestros pies, a la vista de sus pecados, a la vista de las iniquidades sin número que han inundado a Francia, inundando el universo. Aunque indignos como somos hemos aquí como víctimas. Hacer que siendo sepultados en vuestra vida oculta, el celo de vuestra divina casa nos devore y que podamos vivir, sufrir y morir con vos que sois para siempre nuestro centro y nuestra vida”.

Enseguida, pone un sello definitivo a su compromiso religioso renovando sus votos mientras que la asamblea salmodia el Salmo 50, se prosterna y se le cubre con el paño mortuorio.

A su vez, Hilarión Lucas, Isidro David, la Madre Enriqueta y las primeras hermanas pronuncian sus votos perpetuos y se prosternan bajo el paño mortuorio.

Una oración concluye este rito singular y aclara su significación:

Dios eterno y Todopoderoso, tu que quieres que muertos al mundo, vivamos en Cristo, dirige a tu siervo al camino de la salvación eterna. Que su vida este oculta en Cristo para que tu bondad les haga desear lo que te agrada y cumplir tu voluntad con todas sus fuerzas”.

El P. Coudrin se borra “sepultado con Cristo”: un hombre nuevo se levanta “el hermano María José que quiere vivir” “oculto en Cristo”. En adelante, el primero de los celadores usará de este nuevo nombre para rubricar tanto los actos oficiales como su correspondencia privada.

Para “extender el Evangelio por todas partes”, el misionero escoge dejar al amor de Dios investir toda su persona siguiendo las huellas de Jesús “que ha venido para servir y dar su vida”. Nadie puede amar y servir como Jesús si no muere a sí mismo. “¿El grano de tierra puesto en tierra no debe morir para dar fruto?

El P. Coudrin toma en su consagración nuevas energías. Esta feliz él, tan reservado, deja desbordar su corazón:

Yo soy débil, muy miserable, mis pobres hijos, el más miserable de todos nosotros; pero desde que el Buen Dios me ha llamado a esta obra he llegado a ser otro. He tenido muchos combates que sostener, muchas incertidumbres antes de hacer mis votos; yo preveía las penas, las tribulaciones, las persecuciones que tendría que soportar; pero yo no estuve antes ligado a Dios cuando me encontré cambiado en mi vida espiritual. Desde ese momento, he cometido faltas, muchas faltas que lloro todos los días, pero las veces que renuevo mis votos, lo que sucede cuatro o cinco veces por día, estoy consolado... Si, si el Señor me dijese que puedo salvarme igualmente en otro estado donde sería estimado y feliz, le respondería: Señor, déjame en el estado que yo he abrazado. El es todo para mí. Seguramente si el soberano Pontífice me asegurara que no tiene sino un sólo lugar donde yo pueda cumplir mis obligaciones, y que este lugar esta en la Conchinchina.”

El Papa no le llamará a él para evangelizar la Conchinchina. Qué importa, las fundaciones de la: “obra de Dios” están propuestas? En algunos meses, su ardor apostólico verá abrirse ante él y su comunidad nuevos horizontes inesperados y penosos.

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