Padre José María Coudrin (1768 – 1837) Fundador de la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús de María Traducción del francés al español






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títuloPadre José María Coudrin (1768 – 1837) Fundador de la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús de María Traducción del francés al español
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Solitarias


El vicario general de Bruneval debería desconfiar. Confiar al correo su correspondencia con los sacerdotes refractarios es un riesgo. El 29 de marzo de 1795 es detenido en su domicilio y reencarcelado en la Trinidad. Los agentes de la municipalidad han interceptado su correo. Los ediles no evalúan casi su contenido que pone en claro las actividades ilegales del otrora gran vicario. El interrogatorio del abate Champingny, uno de sus codetenidos, añade a las inculpaciones retenidas contra él.

Su arrestación ha sido brusca: su sobrina advierte al P. Coudrin que la reserva eucarística ha quedado en el apartamento bajo sellos judiciales. La noche siguiente, Anda Tierra se precipita. Rompe los sellos y salva al Santísimo Sacramento de una posible profanación. Cuando el honor de Dios está en peligro, nada le detiene, ni los sellos de la justicia humana.

Gran conmoción en la municipalidad cuando se conoce la rotura de los sellos. No será la obra de Anda Tierra con tanta frecuencia citada en los interrogatorios y siempre inasequible.

Desde la caída de Robespierre (27 de junio de 1794), París se esfuerza por calmar los ardores revolucionarios. En Poitiers, no se oye de esa manera. Están indignados por los excesos del clero proscrito. La policía local es requerida para lanzarse en un acoso sin piedad de la pesadilla de satisfacer sus propósitos: Anda Tierra.

¿Escapará aún esta vez? Una mañana al rayar el alba, el 16 de la calle del Moulin-a-Vent es investigado por los gendarmes. Es la hora en la que el P. Coudrin celebra la misa. El sistema de evacuación de urgencia de la casa funciona a maravilla. El sacerdote y los fieles se escapan. La policía no encuentra en la sala que sirve de oratorio más que tranquilas adoratrices. A las preguntas malhumoradas del comisario, responden ellas: “Nosotros adoramos a Dios, le pedimos por vosotros y a pesar vuestro”. Se puede impedir a la gente orar en su casa? El pelotón vociferando se aleja del lugar con las manos vacías.

Esta anécdota, entre otras, ilustra el clima de inseguridad en el que viven el P. Coudrin y los miembros de la asociación del Sagrado Corazón. La clandestinidad no es una canonjía. La vigilancia y la audacia son puestas en juego allí.

En este rico terreno que fertiliza la prueba, no tocará los corazones el llamamiento de Dios a la vida consagrada?

Hélène de la Barre, las tres hermanas Suc de la Garélie y algunas otras penitentes del P. Coudrin se interrogan. En el seno de la asociación, ellas constituyen un grupo unido y fervoroso que concede más tiempo a la oración y al silencio. Enriqueta Aymer, admitida en la “Inmensidad” se une naturalmente a aquellas que se les comienza a llamar las Solitarias.

El P. Coudrin ve allí las primicias de la fundación que proyecta. Los documentos enmudecen sobre este asunto. Pedro Coudrin es un hombre de la tierra. Ha aprendido desde su infancia a respetar el tiempo de la germinación y de la maduración. Como el cultivador, sabe el momento en que es preciso intervenir para preservar la semilla y asegurar la recolección.

Por el momento prefiere observar, interrogar y no atropellar las cosas. ¿Ha hecho confidencias con la una o con la otra de su proyecto? Todo lleva a suponerlo que si. Hélène de la Barre traza un esquema de lo que podría llegar a ser la asociación del Sagrado Corazón. ¿Por qué no repartir las asociadas en tres grupos?

Uno compuesto de hijas que se consagrarían al retiro, al silencio, a la dependencia, que vivirían reunidas en la misma casa según la regla que se juzgaría conveniente, y que estarían encargadas de mantener la adoración perpetua del Santísimo Sacramento.

Otro, de hijas que estarían unidas en la oraciones casi en la misma forma como la sociedad existe ahora, el empleo de estas que quedarían en medio del mundo, sería edificarlo por la regularidad de su conducta, tener cuidado con los pobres, de los enfermos y de la instrucción de la juventud, en suma, este segundo cuerpo podría seguir los reglamentos que se les ha dado hasta este momento a la sociedad en general.

En fin, un tercero de damas que, con los mismos reglamentos más o menos, se emplearía en las obras de caridad propias de su estado”.

Estos diferentes cuerpos serían dirigidos por un cuarto, compuesto por sacerdotes adictos a la devoción del Sagrado Corazón de Jesús, y que estarán unidos bajo la misma forma que lo son aquellos que gobiernan la sociedad ahora, o cualquier otra forma que les convenga.

La dulzura y la humildad serán las virtudes fundamentales de la sociedad. Un desprendimiento profundo de todas las cosas y sobre todo de su propia voluntad, desprendimiento de una práctica cómoda cuando proviene del apacible imperio que el amor de Dios tiene sobre el alma, será el camino que conducirá a estas virtudes. Cada acción de las asociadas debe formar un anillo de la cadena que les une y al mismo tiempo les conduce al cumplimiento de la voluntad de Dios. La obediencia debe estar en el corazón y no entrar en las acciones porque está en los corazones. Se propondrá imitar en esto el amor que ofrece Jesús obedeciendo hasta la muerte de Cruz”

Hélène de la Barre tiene la pluma. Pero no se adivina la inspiración del autor del sermón sobre la bienaventuranza del sufrimiento?

Anotemos de paso el poco atractivo del P. Coudrin por la escritura, aún cuando se trate de formular sus proyectos. El confía a otros esta tarea. Uno de sus profesores en el seminario de Poitiers había anotado: “No haremos jamás de él un escritor”.

Pedro Coudrin es un hombre de oración y de acción en el acceso sencillo y caluroso. Sabe reconocer las huellas de la acción de Dios en los corazones. No deja de distinguir entre las Solitarias la personalidad de Enriqueta Aymer. La calidad de su vida interior, su temperamento, su presencia, hacen que ella llegue a ser poco a poco el alma del grupo.

A fines de 1796 o principios de 1797, el P. Coudrin le hace parte de su proyecto de fundación. Enriqueta acepta inmediatamente.

En adelante, la unidad de visión sobre la fundación será sin falla y su compromiso en esta misión, total.

El camino no será fácil. La tenacidad y la fineza psicológica femeninas no serán suficientes para avanzar sin friccionar las susceptibilidades. La fundadora y responsable de la asociación, Srta. Geoffroy, adivina que se trama alguna cosa que no corresponde a sus miras. Enriqueta Aymer, al momento de su admisión en la asociación, ¿no ha expresado públicamente su fidelidad a su director espiritual, el P. Coudrin?

El 25 de marzo de 1797, la “Inmensidad” se instala frente a la catedral, en el Plan San Pedro. Anda Tierra, su intrépido capellán, continua allí su ministerio clandestino. El cuidado de su fundación no mitiga su ardor pastoral. El cura de Santa Radegunda y Montbernage, Sr. Pruel, está de regreso. El P. Coudrin continúa en predicar misiones y retiros y responder en la ciudad y en los alrededores a los llamamientos que recibe de los fieles sin pastores.

Porque él juzga que el momento ha llegado, encuentra el tiempo, y las palabras para trazar el primer reglamento de las Solitarias.

Dios, haciéndose nacer en el seno de la religión cristiana escribe, nos ha llamado a la santidad; no es en nosotros temeridad tender a ella. Nos es preciso un guía, un modelo, un protector. En Jesús encontramos todo: su nacimiento, su vida y su muerte: he aquí nuestra regla. Su divino Corazón será nuestro refugio y nuestro desierto, la soledad donde nos retiremos con frecuencia para que él se digne hablar a nuestros corazones.

Dios es nuestro Padre. Jesús nuestro esposo, el Espíritu Santo nuestra luz, la Santísima Virgen nuestra Buena Madre, los santos Ángeles nuestros guardianes, San José nuestro Patrón.

Jesús ha nacido de una virgen; su preferencia por la virginidad nos la hace abrazar. El ha nacido pobre, queremos vivir pobres; el ha vivido retirado durante muchos años; tal será nuestro proyecto, a menos que él nos haga conocer que esto no es su voluntad.

La devoción al Sagrado Corazón, la humildad y la dulzura serán las virtudes fundamentales de la Congregación”.

Los rasgos de identidad de su fundación están aquí esquematizados. En su amor, el Dios de la Alianza llama al hombre hacia El. Jesús es el único camino para responderle. Aquellos que quieran vivir el Evangelio siguiendo las huellas de Pedro Coudrin deberán “entrar en los sentimientos de su Corazón” donde encontrarán todo lo que les es necesario para dar su vida como El. Siguen enseguida indicaciones prácticas concernientes a la vida de oración, el desarrollo de la jornada, el régimen alimenticio.

El estilo de “esta escuela del Evangelio” será riguroso! Se puede preguntarse si queda tiempo para las actividades exteriores: catequesis, asistencia a los pobres y a los enfermos.

Una tal práctica va infaltablemente a aumentar la fisura entre las Solitarias y el resto de la asociación. El P. Coudrin y Enriqueta Aymer se dan cuenta de que la compra de una casa autónoma llega a ser una urgente necesidad.

Por otra parte, en la parte alta de la ciudad, frente al hotel Aymer, calle de las Hautes-Treilles, una ocasión se presenta. El ciudadano Chabril de Moriere pone en venta una casa espaciosa, retirada de la calle y rodeada de un vasto jardín. Se puede imaginar mejor “cuna” para la nueva comunidad?

Pero dónde encontrar el dinero? El P. Coudrin no tiene un sou (cinco céntimos). Enriqueta Aymer decide vender las propiedades que ella ha heredado. Es preciso aún encontrar un comprador.

La Srta. Irene de Viart, la hija de la castellana de “Usseau”, en poco contacto con la asociación, es solicitada. Ella vacila largamente hasta el 23 de junio de 1797, fiesta del Sagrado Corazón. Este día, al terminar su adoración, insinúa al oído de Enriqueta Aymer, que ha venido a reemplazarle; “Aceptado”. Desde el siguiente día, la compra de lo que va a llegar a ser la “Gran Misión” es un hecho consumado. De pronto, Enriqueta, no teniendo renta se ve clasificada entre los pobres a fin de ser dispensada de la cuota debida a la asociación. Ella se junta, en la “orden de los pobres”, es el P. Coudrin quien le ha precedido desde los Incurables.

Sus cooperadores, siendo reducidos a la precariedad, la acción de Dios puede desplegarse. En adelante la razón de ser de Pedro Coudrin y de Enriqueta Aymer será la de servir a los proyectos de Dios con la sola riqueza de su corazón.

El 25 de agosto de 1797, las Solitarias toman el hábito: una túnica de lana blanca bajo sus vestidos seculares. En el curso de la celebración presidida por el P. Coudrin, cada una pronuncia sus resoluciones escritas por ellas.

En septiembre, la Solitarias toman posesión del hotel Morière. La traslación del Santísimo Sacramento se hace de noche; cinco o seis personas acompañan al P. Coudrin que lleva la Santa Reserva del plan San Pedro a la calle de la Hautes-Treilles. En una pieza del primer piso que va a ser el oratorio de la nueva comunidad, el tabernáculo es disimulado detrás de un tablero de madera entre las dos ventanas. Un sistema mecánico oculto en el maderamen permite llegar allá. La adoración comienza inmediatamente.

Cinco personas comprendían entonces el pequeño rebaño de nuestra Madre, relata Sor Gabriel de la Barre. Todo lo que ella había prometido se ejecutó. La adoración no fue interrumpida ni de día ni de noche. Ella se encargó casi sola de todos los trabajos pesados de la casa. Transportar piedras para hacer un escondite que pudiese esconder al P. Coudrin de la búsqueda de los perseguidores, cocinar, llevar agua, procurarse las cosas de absoluta necesidad en una casa donde se le había obligado a transportarse tan precipitadamente donde apenas se encontraba paja para acostarse y un banco para sentarse, fueron ocupaciones que alimentaban su celo en vez de descorazonar.

La Madre Enriqueta no desdeñaba los oficios los más bajos. Servía a las hermanas, lavaba la vajilla, iba a buscar el heno en el prado adyacente a la casa para llevarlo al granero, limpiaba las legumbres, extirpaba las raíces, cuidaba los animales domésticos y les llevaba el alimento. Se sentía bien que ella no era muy diestra en esta clase de empleos a los cuales estaba tan poco acostumbrada. A propósito, se relata un rasgo bastante divertido. Se tenía un puerco en la casa. La Madre Enriqueta era la encargada de darle de comer, le dio demasiado caliente. El animal fue encontrado muerto al siguiente día.

Todo respiraba la pobreza en este primer establecimiento. Algunas veces se carecía de los más estrictamente necesario. La Madre Enriqueta animaba a las hermanas por valor y les disponía por su ejemplo a soportar las más rudas privaciones. No debo omitir que durante largo tiempo se temía las visitas nocturnas de los impíos y se aprendía a ser sorprendidos. Para evitar este peligro, sobre todo se tenía más fuertes razones para temer (y esto sucedía frecuentemente), la Madre Enriqueta, después de haber quedado tres o cuatro horas delante del Santísimo Sacramento, pasaba el resto de la noche en un granero, cuyo tragaluz daba sobre la calle, mirando si veía llegar a los agentes de la policía. Allí, como centinela mientras la pequeña comunidad dormía u oraba, velaba con gran cuidado para ver si los gendarmes no rondaban alrededor de la casa para tratar de sorprenderla.

La comunidad teniendo ya una casa puede esperar organizarse como ella lo desee. Significa liberarse de la terca Susana Geoffroy que, algún tiempo después, decide juntar en la calle de las Hautes-Treilles con la asociación entera. Será arrendataria de la comunidad. La cohabitación no será del todo tranquila, teniendo en cuenta los objetivos diversos de las unas y de las otras.

Muy pronto un brote de persecución, consecutivo con el golpe de estado del 4 de septiembre de 1797, pone a todo el mundo de acuerdo. La calle de las Haudes-Treilles cuenta con algunos ribereños malévolos. Una denuncia lleva a una visita domiciliaria que sorprende a la colmena en plena actividad. Los escondites arreglados en la casa salvan al P. Coudrin. Enriqueta y algunas asociadas se escapan escalando el muro del jardín mientras que las adoratrices quedan en su puesto. La Srta. Lussa de la Garélie, oficialmente dueña de casa, es arrestada por haber organizado en su casa un lugar de culto ilegal. Ella será puesta en libertad poco después.

El porvenir es sombrío. El Sr. de Bruneval encarcelado no puede ejercer sus funciones de Decano del Consejo de sacerdotes de la Inmensidad. Escoge al P. Coudrin para sustituirle. Sus cohermanos no aprecian mucho a aquel que ha suscitado la separación de las Solitarias con el resto de la asociación. Se ingenian por contrarrestar las iniciativas de este “joven exaltado”.

Entre tanto, el 6 de enero de 1798, el “general” (de Bruneval) es conducido a Rochefort para ser deportado a Guyana. Su edad le perdonará esta prueba. Quince días más tarde, el 17 de enero, Mons. de Saint Aulaire muere en Fribourg (Suiza). La diócesis de Poitiers está en adelante sin cabeza. Quedan, sin embargo, algunos miembros del capítulo catedral en libertad: ellos eligen a los sacerdotes Dominique de Mondion y Vincent Messay administradores de la diócesis. Simultáneamente, el arzobispo de Bordeaux, usando su derecho y sin duda, ignorando la elección capitular, designa a los sacerdotes Pruel y Perrin para la misma función. El P. Coudrin se guarda de tomar partido y solicita la jurisdicción de ambas autoridades. Felíz precaución! el consejo de sacerdotes de la asociación del Sagrado Corazón elige al P. Perrín Decano. El monfortiano de 44 años va a apoyar a su manera la realización de los proyectos del P. Coudrin.
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