Padre José María Coudrin (1768 – 1837) Fundador de la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús de María Traducción del francés al español






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títuloPadre José María Coudrin (1768 – 1837) Fundador de la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús de María Traducción del francés al español
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El 21 de mayo de 1805, la diócesis de Sées se entera de que hay un nuevo vicario general. La elección de Mons. de Boischollet sorprende. El feliz promovido es extraño a la diócesis. El obispo no deja de llamarle “mi querido Poitevino” pues se trata del P. Coudrin. Este habría abandonado su fundación parisiense par hacer carrera en la administración diocesana?

Paradógicamente, su responsabilidad de fundador le ha conducido a solicitar al obispo de Sées: “Pues sin esto, explica al P. Isidro David, estaría muy inquieto por aquellos de nuestros amigos que no son sacerdotes. Sin un padre que quiera mirarles como suyos sin perjudicar a la familia, comprenderéis que todo se desvanecería fácilmente”. (11 de mayo de 1805).

Su Congregación no tiene, por largo tiempo, estatuto legal o canónico. Mons. de Chabot, que reside en Picpus, “cubre” solamente este establecimiento con el acuerdo tácito del arzobispo de París.

Es necesario obtener un obispo que integre en su diócesis a los seminaristas y a los sacerdotes de la Congregación, dejándoles a la disposición del P. Coudrin. “Este villano Chouan” de Boischollet, amigo de La Feuvette (M.Soyer) conoce las hazañas de Marche-a-Terre. En esta época, él era capellán del ejército católico y real de la Vendrée.

El P. Coudrin sabía a que puerta golpeaba! La acogida del obispo de Sées va más allá de sus esperanzas. El acogería voluntariamente las dos casas madres de la Congregación.

Prudente, el fundador obtiene ejercer sus funciones continuando en residir en su comunidad parisiense. El obispo le confía la gestión de los asuntos de la diócesis, que debe arreglarse con el cardenal legado Caprara. En contrapartida, dos padres serán enviados a Sées como profesores en el seminario diocesano.

El P. Hilarión, del cual el fundador consciente en separarse es nombrado canónigo. ¡El tiene veinticuatro años! “Los doblados en terciopelo carmesí le han hecho menos feo”... anota con humor el P. Coudrin.

Durante una treintena de años, el fundador de Picpus va a acumular una doble carga de superior general de su Instituto y de vicario general de diversas diócesis. A pesar de todo, él se esfuerza por quedar cercano a cada uno:

He caminado tanto que yo soy con frecuencia como el pájaro sobre la rama, escribe a Sor Gabriel de la Barre que yo tengo motivo de hacer más de una reflexión en mis carreras? Jamas vuestras penas, vuestros pesares, vuestras pérdidas, vuestros fastidios no me sales del corazón: él está muchas veces despedazado por todo esto, yo os lo aseguro. Mi buen Isidro debe estar muy descontento de mí”.

Toda la pena y la sus inquietudes que él tiene, las llevo con él. Que lea en el fondo del Corazón crucificado, y el me verá más de una vez sin saborear demasiado bien las dulzuras de amargura con la que le buen Maestro embriaga a sus hijos”. (8 de junio de 1807).

Esta división entre el cuidado de una iglesia local y su fundación será una de las cruces del P. Coudrin.

Desde hace cuarenta años yo trabajo por la sociedad, escribirá, el 3 de marzo de 1830, yo no vivo sino par ella y si yo no hago más, es que no puedo. El Corazón del Buen Maestro a quien sirvo tendrá piedad de su obra y de su servidor quien, hasta aquí ha contado más sobre su gracia que sobre los talentos o el espíritu de los hombres”. En la primavera de 1806, esta confianza en la fidelidad del Amor de Dios recibe una nueva confirmación.

Esta mañana de mayo, al final del oficio, el P. Coudrin se levanta y recita la oración que cierra este tiempo de oración:

Dios que ha querido que tu Hijo único, viviendo contigo desde toda la eternidad, viva y reine en el Corazón de la Virgen María, concédenos celebrar sin cesar esta vida de Jesús y de María en un sólo Corazón entre nosotros... para cumplir tu voluntad”.17

En su labor de fundador el P. Coudrin tiene a María presente a su lado. Las comunicaciones carismáticas de la Madre Enriqueta, le han confortado en esta convicción. Dios les ha dado todo por manos de María para dar forma al rostro de esta “Obra de Dios”. Siguiendo a Grignion de Montfort, no vacila en enseñar: “Cuando se ha encontrado a María y, por María a Jesús... se ha encontrado todo”.

Es casi medio día. En el patio, un carro se detiene. El P. Coudrin se adelanta en medio de los hermanos y de las hermanas cantando el Ave Maris Stella.18 De rodillas recibe de la Madre Enriqueta, la estatua de Nuestra Señora de la Paz19 y se dirige hacia la capilla.

Hoy día, como Juan el Apóstol bien amado, el fundador toma a María en su casa.20 Por este gesto filial, escribe una nueva página de la historia de esta estatua pasada de mano en mano desde hacía tres siglos desgranando prodigios y gracias sobre su camino. No se dice que esta “Santa Virgen de los milagros” era la más célebre y la más venerada en París antes de la Revolución? En el castillo de Versailles, un cuadro de Mignard evoca la curación, por su intercesión, de Luis XIV en 1658. En esta época, Nuestra Señora de la Paz era venerada en la capilla del Convento de los Capuchinos, calle Saint – honoré.

En adelante, su historia va a confundirse con la de la Congregación de Picpus. Ella presidirá a su desarrollo y acompañará hacia las “islas lejanas” sus primeros misioneros.

La protección de la Madre de Dios se verifica de las más necesarias en la “Obra del Corazón de su Hijo”. La hora está en la discreción y en la espera de tiempos mejores como lo sugiere Sor Gabriel de la Barre en sus Memorias:

Bonaparte había llevado sus conquistas a casi todas las partes de Europa. El perseguía al Soberano Pontífice. Trababa la marcha de todos los asuntos eclesiásticos. Los obispos, temblando bajo su dominación, trataban de conservar la fe en Francia y creían poco en la posibilidad de ver florecer las órdenes religiosas. Algunos miembros dispersos de antiguas órdenes se atrevían apenas a reunirse: orar, sufrir, esperar pacientemente los momentos que Dios había señalado par manifestar su poder, era todo lo que teníamos que hacer. Nadie creía en el retorno de los Borbones, pero lo esperábamos firmemente. La Buena Madre sabría que Bonaparte no siendo aún sino primer Cónsul, nuestros príncipes legítimos devolverían a Francia la religión y la paz, y que los negocios de la Congregación no crecerían sino en esta época”.

Nosotros estamos en los tiempos más desgraciados, suspira el P. Coudrin. Pero es verdad, añade él, que las empresas que de la divina Providencia me ha puesto incluso a hacer son muy considerables: ocho casas en Francia, donde se encuentran más de doscientas personas, son una gran carga. Pero Dios es tan bueno que, hasta aquí no se carece de nada. (3 de diciembre de 1806).

Es preciso esperar la Restauración para reanudar las fundaciones. Desde 1806, las casas existentes han dejado ya características muy remarcadas... el obispo de Cahors estima necesario hacerle sentir al fundador:

Vuestras damas, escribe él, “no pueden ser más edificantes. Se admira su virtud, pero se desaprueba la austeridad de su régimen”.

El alcalde de Sées añade un toque suplementario al cuadro adelantando que las hermanas “pertenecen a una sociedad de fanáticas que pasan las noches en las iglesias”.

A excepción de estas apreciaciones muy orientadas, no sabemos sino pocas cosas sobre la vida interna de las comunidades y del instituto en estos años.

En vida del fundador, los establecimientos “picpucianos” corresponden, sin duda, a la descripción de aquel de Troyes redactado por el prefecto de l’Aube a petición del ministro del interior:

Las damas de la Adoración del Sagrado Corazón (sic) son numerosas, y cuentan con algunas alumnas. La comunidad les sostiene con sus propios recursos que deben ser considerables, puesto que ellas han comprado y han hecho reparar una casa bastante grande. Ningún obrero de la ciudad ha sido empleado en las reparaciones, y todos los trabajos son ejecutados por tres hermanos sirvientes, muy discretos y enviados de París, de donde se les hace venir otros obreros cuando los trabajos lo exigen. Estos hermanos, que tienen libertad de salir, son los encargados del conjunto de las obras y son alimentados en el interior de la casa. Se asegura también que muchas de estas damas salen con vestidos de civiles.

Cuatro misioneros son directores de las religiosas, y los tres hermanos participan sus servicios entre la comunidad y estos eclesiásticos. (23 de septiembre de 1830).

El Sr. Prefecto es buen observador. La rama femenina, más numerosa es la pieza maestra de cada implantación. Una pequeña comunidad de padres y de hermanos vive en la proximidad, para asegurar la dirección espiritual y los trabajos. En cada casa, la variedad de los estatutos de sus habitantes sorprende, y más de una vez turba a los encuestadores de la policía imperial. Así la rama masculina, da la precedencia a la “clase de misioneros” que participan de la vida regular de los “profesores” de los hermanos conversos y de los hermanos de coro encargados de la celebración del oficio canónico y de la adoración.

Entre las hermanas como entre los hermanos, los laicos participan en la vida de las actividades de la comunidad en calidad de “donados” Parientes y amigos pagan allí su pensión. Esta agrupación, al principio extraña, es vivida en el registro del “espíritu de la familia” que esfuma las fisuras sociales, culturales u otras:

Nos amamos todos con el amor más tierno, escribe el P. Armand Abraham al fundador. Cuando alguien tiene alguna pena, los otros le consuelas, y después el buen Dios nos consuela a todos”. (16 de junio de 1806)

Esta diversidad que no irá siempre sin problema y se reducirá al pasar de los años, es vivida como una complementariedad al servicio de un mismo objetivo: “ser útil a la Iglesia”.

Las religiosas, sin ser de claustro, casi no salen: la escuela gratuita, el pensionado y la adoración perpetua ocupan su día. Las religiosas, cuando no tienen clases para los pobres y los colegios, participan, de múltiples maneras, en la pastoral de la Iglesia local: predicación, confesiones, limosnas, cursos en el seminario. La actividad apostólica del P. Isidro David en Poitiers, tal como nos la relata Sor Gabriel de la Barre, da una idea del celo habitual desplegado por los hermanos a partir de sus comunidades:

él estaba siempre pronto, asegura la memorialista, a ejercer el santo ministerio... Confesó durante el jubileo caso a toda una parroquia de la ciudad, la más numerosa en ignorantes y pobres. Las prisiones, los depósitos de mendicidad, los criminales condenados al suplicio, los desgraciados en todos los géneros, eran también objeto de su celo, pero no bastaban”.

Forzados desde más de veinte años de esconder a un policía astuta y pérfido el conocimiento de nuestro Instituto y sobre todo las relaciones de nuestros diversos establecimientos, escribe, Hilarión, estábamos obligados a tomar diferentes formas para hacer el bien. Nuestras diferentes casas no podían tener una sola y misma marcha. Unidas entre ellas por las mismas obligaciones y la sumisión a los mismos superiores, varían en las prácticas según las circunstancias. Si se me permite puedo servirme de una comparación: nos asemejábamos barcos que, colocados en un mar tempestuosos y fecundos en naufragios, tienden todos al mismo fin, pero cuya maniobra es diferente cuando, dispersados por la tempestad, están en un peligro más o menos inminente”. (24 de mayo de 1816)

Picpus es el corazón de esta flotilla bamboleada por los acontecimientos. Tal como un vigía, el P. Coudrin vigila al grano de donde quiera que él venga. Con la Madre Enriqueta, son el alma de esta red de comunidades “reunidas para extender el Evangelio por todas partes”.

Su cuidado constante es que no se pierda de vista este objetivo recibido como una gracia en Usseau. Las comunidades picpucianas no pueden vivir encerradas sobre sí mismas.

Los hermanos, escribirá, el P. Coudrin, no deben entrar en el silencio del claustro sino para tomar allí nuevas fuerzas para “la misión” las mismas observaciones se aplican a nuestras hermanas y con más fuerza aún”.21

El dúo funciona a maravilla, cada uno sobre su registro.

Es verdad que la pequeña paz (la Madre Enriqueta) lleva la luz precisa al fundador, y yo no hago sino tener el candelero. Pero no es menos un miedo extremo que yo tengo de derribar la lámpara y dejar todo en las tinieblas por mi grande pusilanimidad.” (20 de octubre de 1803)

Del “Buen Padre” vienen el impulso primero y las grandes orientaciones. La Madre Enriqueta administra lo cotidiano, sugiere, discierne en la oración, remite para la decisión final al P. Coudrin.

A pesar de una salud frágil despliega una actividad intensa. Se la cree en la agonía, ella se levanta y emprende largo viajes para fundar tal casa o visitar las comunidades. Nada le detiene, ni las sacudidas del camino, ni la longitud de la ruta –quince días para ir de París a Mende- desde que el objeto del desplazamiento ha sido “visto en Dios” y que el P. Coudrin permite.

La dirección del seminario y la enseñanza le retienen en Picpus, el no sale de allí sino para sus predicaciones en las iglesias parisienses o para el ejercicio de su cargo de vicario general de Sées.

El correo es el único instrumento de animación a su disposición. Sus cartas, cortas pues no dispone nunca de mucho tiempo, son escritas en un estilo directo y familiar. Sus comunicaciones miran a mantener la comunión fraterna entre todos. Al leerlas se creería oír a un amigo, un padre que se dirige a los miembros de su familia con toda sencillez.

La Madre Enriqueta es más prolija. “Su estilo original, alerta, incisiva según la manera de Mme de Sevgné”,22 cuenta a maravilla lo que pasa en Picpus o en las otras comunidades que ella ha visitado. La comunicación de las noticias alimenta la comunión. El P. Coudrin añade con frecuencia una posdata o termina la misiva. No hay secretos entre ellos.

Tierno, asequible a pesar de sus numerosos cuidados, el fundador se interesa por cada religioso y por su familia. Sabe encontrar las palabras para confortar, estimular, y reprender con dulzura.

Mi felicidad depende de su éxito” afirma. Y no tiene trabajo en comprender que “San Pablo habría sido anatema por sus hermanos”. Sin cesar interviene par que se “cuide”. Las saludes son frágiles y el régimen estricto.

y vos, mi buen amigo no os matéis, escribe al P. Hippolyte Launay, superior de la casa de Cahors. Que el celo sea moderado para vivir lago tiempo” (26 de abril de 1806).

Algunos años después, vuelve a la carga:

Lo que os recomiendo, es no agotaros... Más que nadie, yo siento que uno se agota sin hacer demasiado la voluntad de Dios... No descuidemos lo que es tan esencial a nosotros mismos para ocuparnos demasiado de los otros”. La Madre Enriqueta añade a esta carta esta posdata elocuente: “Atended las saludes durante esta Cuaresma a fin de poder cantar un buen Aleluya.” (28 de febrero de 1809)

A los Superiores, no cesa de recomendar cuidar a aquellos que le están confiados y de la comunión fraterna.

Yo deseo que le (a una hermana) ordenéis lo que puede serle útil en la ocasión, recomienda al P. Isidoro David. Se bien que no valéis gran cosa, pero sois padre y es preciso que tengáis no solamente las entrañas de padre, sino también la conducta y la firmeza” (26 de noviembre de 1802).

Al P. Hippolyte Launay, entonces en Poitiers, aconseja:

Dad a vuestros hermanos un cierto aire de confianza que les atraiga. Pues en verdad, mi amigo, tenéis la manera de tratar todo como maestro absoluto, y esto, os aseguro, es malo. Un poco de conciliación sienta tan bien cuando se tiene la autoridad”. (7 de octubre de 1822)

Sus cartas testimonian su proximidad y su tormento permanente: la comunión fraterna que él quiere modelar sobre la de las primeras comunidades cristianas de los Hechos (2,12).

Mis tiernos amigos, dice a Sor Gabriel de la Barre, yo no tengo otro gozo que el que vosotros podáis tener; pues si sufrís, no me siento bien, y nuestros corazones están tan estrechamente unidos que me parece que todos somos unos. Sed pues todos uno en la caridad del buen Maestro que nos une.” (16 de diciembre de 1802)

Yo quiero, al menos, que vosotros sepáis bien que yo sufro con vosotros, que lloro con vosotros, que estoy donde estáis, en la intención de participar de todo y de adorar”. (4 de agosto de 1804)

El se queja de no tener el don de San Juan para decir a sus Hermanos y Hermanas “Amaos los unos a los otros”. Sin embargo en toda circunstancia, la invitación del discípulo amado abunda en su correspondencia. Su más grande pena es saber que ya no hay unión en una comunidad. Su deseo el más vivo, su oración la más fervorosa; “que la unión la paz y la concordia reinen en la comunidad” a fin de que vosotros “no tengáis sino un corazón y un alma y que seáis tan felices como se puede serlo cuando se está al servicio de los Divinos Corazones de Jesús y de María”. (4 de febrero de 1824)

Esta preocupación recurrente de la comunión fraterna es, según él el primer testimonio que se le debe a la fe. La misión comienza allí. La Buena Nueva debe ser vivida para ser proclamada útilmente. Así no vacila en recomendar a los primeros misioneros que partían para la Oceanía:

Amaos bien los unos a los otros. Soportad las pequeñas penas que serán indispensables a causa de los diferentes caracteres. No tengáis sino un solo corazón y una sola alma. Sed dulces y obedientes los unos hacia los otros. Que dada uno no se mantenga en su parecer; es más conforme a la voluntad de Dios ceder algo por el bien de todos, que quiere lo mejor cuando hay obstáculos que no son malos por sí mismos”. (octubre 1826)

Cuando todo el mundo duerme, se desliza a la capilla.

Como yo oro un poco cuando los otros duermen, confía a una hermana, os doy a todos la bendición dándole a la adoratriz después de media noche”. (13 de enero de 1824)

Que nuestros hermanos piensen con frecuencia, en su adoración, sugiere él, que yo me uno a ellos, y que no pasa medias noches que yo no me transporte hacia vosotros todos y a todas las casas para que el divino Corazón de nuestro Maestro os guarde”. (26 de diciembre de 1823)

La Eucaristía celebrada y adorada está en el corazón de la vida de las primeras comunidades. Ella es el lugar y el instrumento de la comunión fraterna.

No temáis, pues, aconseja en sus avisos sobre la adoración”, en estas conversaciones solitarias, entretenerle... de vuestros fastidios, de aquellos que os son queridos, de vuestros proyectos, y de vuestras esperanzas. Hacedlo confidentemente y a corazón abierto”.

Tal es su práctica. Su oración es como habitada por sus hermanos a quienes no cesa de escribir: “Yo os llevo y no os olvido delante del Señor”.

En la Eucaristía, toma cotidianamente este Amor que hace el alma de su familia religiosa. El fundador vive intensamente lo que él recomienda al P. Isidoro David.

Para vos, mi buen amigo, yo no sabría recomendaros demasiado el Amor de la Cruz, la asiduidad al pie del Santísimo Sacramento y una vigilancia actual sobre vos mismo para vigilar con fruto sobre las almas que os están confiadas”. (1º de octubre de 1806)

¡Es la mejor receta para este fermento de comunión que hará leudar la pasta!


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