En busca de un enfoque alternativo 11






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LA RAZÓN POPULISTA

ERNESTO LACLAU

FONDO DE CULTURA ECONOMICA

SEGUNDA EDICION /2006


PREFACIO
1


EN BUSCA DE UN ENFOQUE ALTERNATIVO
11


LE BON: SUGESTIÓN
Y REPRESENTACIONES DISTORSIONADAS
13


HIPNOSIS Y CRIMINOLOGÍA
21


TARDE Y MCDOUGALL
24



CONCLUSIÓN. HACIA UN PUNTO DE PARTIDA
37


EL PUEBLO Y LA PRODUCCIÓN DISCURSIVA DEL VACÍO
ALGUNOS ATISBOS ONTOLÓGICOS
38


Retornemos, por un momento, al final del primer capítulo. Allí sugerimos que una de las posibles formas de abordar el populismo sería tomar en su sentido literal algunos de los calificativos peyorativos que se le han asignado y mostrar que ellos sólo pueden mantenerse si uno acepta como punto de partida del análisis una serie de supuestos altamente cuestionables. Los dos presupuestos peyorativos a los cuales nos referimos son: (1) que el populismo es vago e indeterminado tanto en el público al que se dirige y en su discurso, como en sus postulados políticos; (2) que el populismo es mera retórica. Frente a esto opusimos una posibilidad diferente: (1) que la vaguedad y la indeterminación no constituyen defectos de un discurso sobre la realidad social, sino que, en ciertas circunstancias, están inscriptas en la realidad social como tal; (2) que la retórica no es algo epifenoménico respecto de una estructura conceptual autodefinida, ya que ninguna estructura conceptual encuentra su cohesión interna sin apelar a recursos retóricos. Si esto fuera así, la conclusión sería que el populismo es la vía real para comprender algo relativo a la constitución ontológica de lo político como tal. Esto es lo que trataremos de probar en este
capítulo. Sin embargo, primero es necesario hacer explícitos algunos supuestos ontológicos generales que guiarán el análisis. En otros trabajos hemos explorado estos aspectos de manera preliminar, 38


ANTAGONISMO, DIFERENCIA Y REPRESENTACIÓN 48

POPULISMO
68


LA HETEROGENEIDAD ENTRA EN ESCENA
80



DEMOCRACIA E IDENTIDADES POPULARES 96


VARIACIONES POPULISTAS 100

OBSTÁCULOS Y LÍMITES EN LA CONSTRUCCIÓN DEL PUEBLO
115


LAS SEIS FLECHAS DE ATATÜRK
119


EL RETORNO DE PERÓN
El populismo estadounidense encontró sus límites en la imposibilidad de expandir la cadena equivalencial más allá de cierto punto, como resultado de la resistencia que oponían a la convocatoria populista sistemas de diferencias bien arraigados en la tradición política; el de Atatiirk, en su intento de construir al pueblo como una unidad orgánica no mediada por ninguna lógica equivalencial. El caso del peronismo de las décadas de 1960 y 1970 fue diferente: fue su propio éxito en la construcción de una cadena casi ilimitada de equivalencias lo que condujo a la subversión del principio de equivalencia como tal. ¿Cómo fue esto posible?
El gobierno popular peronista fue derrocado en septiembre de 1955. Los últimos años del régimen habían estado dominados por un desarrollo característico: el intento de superar la división dicotómica del espectro político mediante la creación de un espacio diferencial totalmente integrado. Los cambios simbólicos en el discurso del régimen son testigos de esta mutación: la figura del descamisado argentin0 del sans-culotte) tendió a desaparecer para ser reemplaza. por la imagen de la “comunidad organizada”. La necesidad de bilizar el proceso revolucionario se convirtió en el leitmotiv del UÇSO peronista no sólo en el período previo a 1955, sino también los años siguientes. En 1967, Perón envió una carta a una organión de izquierda a la cual yo pertenecía en la que afirmaba que a revolución atraviesa tres etapas: la primera la preparación ideoica —es decir, Lenin—; la segunda la toma del poder —es decir, rotsky—; y la tercera, la institucionalización de la revolución —es ecir, Stalin—. A lo cual añadía que la revolución peronista debía paar de la segunda etapa a la tercera.
El golpe de 1955 cambió, sin embargo, los términos del debate político. A pesar de la agresiva retórica antiperonista de las nuevas ‘utoridades —que en realidad era mucho más que retórica, ya que disolvieron al Partido Peronista, intervinieron los sindicatos y conirirtieron en crimen la sola mención del nombre de Perón—, muy pronto comenzaron las conversaciones con grupos de políticos peronistas para discutir la manera de integrarlos al nuevo sistema político. Esta integración por supuesto excluía al propio Perón, quien debía ser permanentemente proscripto y cuyo exilio era considerado sine die. La idea de un “peronismo sin Perón’ estaba a la orden del día. Perón, desde su exilio, se resistía firmemente a estos intentos de marginado ue tenían lugar tanto desde dentro como desde fuera del peron , y cuanto más represivo se volvió el nuevo régimen y más se percibió su programa económico como una entrega al capital financiero internacional, tanto más se identificó a la figura de Perón con la
emergente identidad nacional y popular antisistema. Estaba comen
zando un duelo entre Perón (desde el exilio) y los sucesivos gobiernos
antiperonistas que duró 18 años y cuyo desenlace fue el triunfal retorno de Perón a la Argentina y al gobierno en 1973
En torno de este duelo comenzó a tomar forma el nuevo populismo argentino. Para entender su modelo deben tomarse en cuenta algunas circunstancias. En primer lugar, la Argentina es un país étnicamente homogéneo y cuya población urbana dominante se concentra en el triángulo constituido por tres grandes ciudades industriales:
Buenos Aires, Rosario y Córdoba. Por lo tanto, todo evento ide0l gico importante tiene una irradiación equivalencial inmediata sobre toda esta área y sus efectos se expanden rápidamente al resto del país. Sin este tipo de rápida irradiación, los movimientos de Perón durante la década de 1960 hubieran fracasado y el nuevo régimen podría haber logrado entenderse de un modo gradual con una oposición peronista fragmentada. Pero, en segundo lugar, las condiciones mismas de enunciación del discurso de Perón desde el exilio determinaron la naturaleza peculiar de su éxito. La condición que los países anfitriones impusieron a Perón como exiliado político fue que debía abstenerse de hacer declaraciones políticas, y en la Argentina, la circulación pública de cualquier tipo de declaración de Perón estaba, por supuesto, estrictamente prohibida. Por lo tanto, se vio limitado a enviar correspondencia privada, casetes e instrucciones verbales, todo lo cual era, sin embargo, de suma importancia para la resistencia peronista que se estaba organizando lentamente en las fábricas y los barrios obreros de las ciudades industriales. Así, como ha sido demostrado en estudios recientes, existió un abismo permanente entre los actos de enunciación de Perón (que eran invisibles) y el con tenido de dichas enunciaciones. El resultado de este abismo fue que a esos contenidos —por la ausencia de un intérprete autorizado— se les podía dar una multiplicidad de sentidos. Al mismo tiempo, también estaban circulando muchos mensajes apócrifos, así como otros cuya autenticidad era dudosa o al menos era cuestionada por aquellos que se oponían a sus contenidos. Sin embargo, esta complicada situación tuvo un efecto paradójico: la naturaleza ambigua de los mensajes —que resultaba del abismo entre el acto y el contenido de la enunciación— podía ser conscientemente cultivada por Perón, de manera tal que los Sobre la enunciación peronista y mensajes se volvieran deliberadamente imprecisos. Como escribió Perón a su primer representante personal en la Argentina, John William Cooke: “Siempre sigo la regla de saludar a todos porque, y no debes olvidarlo, ahora soy algo así como un Papa [...]. Tomando en cuenta este concepto, no puedo negar nada [a causa de mi] infalibilidad [...] que, como ocurre en el caso de toda infalibilidad, se basa precisamente en no decir o hacer nada, [que es la] única manera de asegurar tal infalibilidad”.’/
Por supuesto, puede hacerse una lectura cínica de este párrafo, entender que Perón estuvo tratando de ser todo para todos, pero tal
lectura es limitada. Perón, desde el exilio, no podía haber dado direc tiva precisas para la acción de una proliferación de grupos locales
comprometidos en actos de resistencia, y menos aún intervenir en las
¿isputas que surgían entre esos grupos. Por otro lado, su palabra era
indispensable para dar unidad simbólica a todas esas luchas dispersas, 1 y debía funcionar como un significante con vínculos débiles con significados particulares. Esto no nos ofrece mayores sorpresas: es
tamente lo que hemos denominado significantes vacíos. Perón ganó d duelo con los sucesivos regímenes antiperonistas porque éstos per] dieron la lucha por integrar a los grupos neoperonistas —aquellos que postulaban un “peronismo sin Perón”— a un sistema político ampliaIo, en tanto que la demanda del regreso de Perón a la Argentina se convirtió en el significante unificador de un campo popular en expansión.
En este punto, es necesario introducir algunas distinciones. El rol de papa que Perón se había atribuido (que evoca tan claramente la noción de “significante amo” en Lacan) puede ser concebido de diversas maneras. Puede ser entendido, en primer lugar, como un centro de irradiación equivalencia1 que, sin embargo, no pierde completamente la particularidad de su contenido original. Para volver a un tjemplo previo: las demandas de Solidaridad se convirtieron en el punto de encuentro de asociaciones equivalenciales más vastas que ellas mismas, pero aun así estaban vinculadas a un cierto contenido programático; fue precisamente este vínculo el que hizo posible que se mantuviera cierta coherencia entre las particularidades que integraban la cadena (los semicírculos inferiores en nuestro primer diagra ma). Pero existe otra posibilidad, a saber, que el signiÑcan tendencialmente vacío se vuelva completamente vacío; en ese caso, los eslabones de la cadena equivalencia1 no necesitan para nada coincidir entre sí: los contenidos más contradictorios pueden ser reunidos en tanto se mantenga la subordinación de todos ellos al significante vacío. De acuerdo con Freud: ésta sería la situación extrema en la cual el amor por el padre es el único lazo entre los hermanos. La consecuencia política es que la unidad de un “pueblo” constituido de esta manera es extremadamente frágil. Por un lado, el potencial antagonismo entre demandas contradictorias puede estallar en cualquier momento; por otro lado, un amor por el líder que no cristaliza en ninguna forma de regularidad institucional —en términos psicoanalíticos:
un yo ideal que no es internalízado parcialmente por los yoes corrientes— sólo puede resultar en identidades POPULARES efímeras. Cuanto más avanzamos en la década de 1960, más percibimos que el peronismo estaba lindando peligrosamente con esta posibilidad. La reflexión de Perón mencionada antes sobre la necesidad de que la revolución peronista pasara a la tercera etapa, muestra que él no era completamente ignorante de esa amenaza potencial.
Pero a comienzos de la década de 1960, ese peligro se vislumbraba como algo posible tan sólo en un futuro distante; la tarea inmediata era luchar contra las fuerzas políticas dentro del peronismo que estaban presionando en la dirección de un peronismo sin Perón. La amenaza principal provenía de las condiciones en las cuales el movimiento sindical fue normalizado después de la conformación de un gobierno constitucional en 1958 con el ascenso de Arturo Frondizi a la presidencia. (Su elección había sido asegurada por la decisión de Perón de pedir a sus seguidores —cuyo partido había sido proscripto— que votaran por él yen contra de Ricado Balbín, el candidato cuasi oficialista). En 1959, la actividad sindical se volvió legal bajo la ley 14.455. la nueva ley laboral otorgaba al Estado poderes excepcionales sobre el movimito sindical. La propia capacidad de un sindicato de negociar colectivamente con los empleadores dependía de su personería (un reconocimiento exclusivamente concedido por el gobierno). Por lo tanto, el futuro institucional de todo sindicato (la futura satisfacción de las necesidades de sus afiliados) estaba intrínsecamente ligado a sus rdaciones con el Estado. En consecuencia, las disposiciones de la ley 14.455 creaban un poderoso estímulo a la adopción de un realismo pragmático por parte de los líderes sindicales, más allá de su propio perfil ideológico y de las visiones individuales y ventalas personales que tomaban de sus puestos.la realidad, el movimiento sindical estaba en una situación comjcada. Por un lado, debía actuar con cautela frente al gobierno ya
su estatus legal era una precondición para defender los interees y demandas de los trabajadores quienes retirarían su apoyo en
de que la conducción sindical no tuviera éxito; por otro lado, tanto su base social era sólidamente peronista no podía permitirse una ruptura abierta con Perón. Fue en estas circunstancias que n la primera mitad de la década de 1960 tuvo lugar un conflicto el creciente entre los dirigentes sindicales liderados por el secretario
general de los obreros metalúrgicos, Augusto Vandor, y del lado Ópuesto, Perón y los sectores más radicalizados dentro del peronismo. El proyecto sindical —nunca formulado explícitameHte ya que nadie dentro del peronismo podría haber entrado en una confrontación abierta con Perón— era obtener una progresiva integración del peronismo al sistema político existente, con Perón como una figura puramente ceremonial, y la transferencia del poder real dentro del movimiento a la conducción sindical. El conflicto conoció varias alternativas y culminó en las elecciones provinciales de Mendoza en abril de 1966, donde compitieron dos listas peronistaS una apoyada por Perón y la otra por Vandor. La victoria correspondió a la lista peronista ortodoxa. 124


COMENTARIOS FINALES Extraigamos las principales conclusiones de nuestro análisis. Pensar al pueblo como categoría social requiere una serie de decisiones teóricas que hemos tomado en el curso de nuestra exploración. La más ;‘importante de ellas se vincula, quizás, al rol constitutivo que hemos atribuido a la heterogeneidad social. Sin este rol, lo heterogéneo, en su opacidad, podría ser concebido como la forma apariencia de un núcleo último que, en sí mismo, sería enteramente homogéneo y transparente, es decir, que sería el terreno en el cual pueden florecer las filosofías de la historia. Si, por el contrario, la heterogeneidad es primordial e irreductible, se mostrará a sí misma, en primer lugar, como exceso. Este exceso, como hemos visto, no puede ser controlado con ninguna manipulación, ya se trate de una inversión dialéctica o de algo semejante. Sin embargo, heterogeneidad no significa pura pluralidad o multiplicidad, ya que esta última es compatible con la completa positividad de sus elementos constitutivos. Uno de los rasgos definitorios de la heterogeneidad, en el sentido en que la concebimos, es una dimensión de ser deficiente o unicidad fallida. Por tanto, si la heterogeneidad es, por un lado, irreductible en última instancia a toda homogeneidad más profunda, por otro lado no está simplemente ausente, sino presente como aquello que está ausente. La unicidad se muestra a sí misma a través de su propia ausencia. La forma fenoménica de esta presencia/ausencia radica en que, como hemos visto, los diversos elementos dci conjunto heterogéneo van a estar sobredeterminados o investidos diferencialmente. Tendremos objetos parciales que, a través de su propia parcialidad, encarnan, sin embargo, una totalidad que siempre se retrae. Esta última, como no resulta de la naturaleza positiva, óntica de los mismos objetos, requiere una construcción social contingente. Esto es lo que hemos
denominado articulación y hegemonía. En esta construcción —que está lejos de ser una mera operación intelectual— encontramos el punto de partida para el surgimiento del “pueblo”. Recapitulemos las principales condiciones para este surgimiento. Nos referiremos primero al conjunto de decisiones teóricas que deben tomarse para que algo tal como un “pueblo” resulte inteligible, y luego a las condiciones históricas que hacen posible su surgimiento.
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