San martíN, la expedición libertadora del sur y la independencia de los pueblos del perú (1819 – 1821) segunda parte






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SAN MARTÍN, LA EXPEDICIÓN LIBERTADORA DEL SUR Y LA INDEPENDENCIA DE LOS PUEBLOS DEL PERÚ (1819 – 1821)

- SEGUNDA PARTE -
Jorge G. Paredes M.

<jgparedesm@yahoo.com>
La primera parte de este trabajo puede consultarse haciendo clic aquí
CRISIS EN LAS FILAS REALISTAS: DEFECCIÓN DEL NUMANCIA Y MOTÍN DE AZNAPUQUIO
CONFERENCIAS DE TORRE-BLANCA Y PUNCHAUCA
MOVIMIENTO DEL EJÉRCITO LIBERTADOR EN EL PRIMER SEMESTRE DE 1821
INGRESO A LIMA Y PROCLAMACIÓN DE LA INDEPENDENCIA





CRISIS EN LAS FILAS REALISTAS: DEFECCIÓN DEL NUMANCIA Y MOTÍN DE AZNAPUQUIO
El Numancia era “el cuerpo más florido que había traído Morillo al Virreinato de Santa Fe. Sus muchas campañas le habían reducido a poco más de un tercio, completándose las bajas con jóvenes, muchos de ellos, decentes, de la provincia de Barinas, Venezuela. Mandado a Nueva Granada, ocupó Popayán, y después de ocho meses de refriegas, entró triunfante y orgullosos en Santa Fe. Movido al Perú por las expediciones de Cochrane, recibió orden de partir a Lima, y del 4 de febrero al 6 de julio, por Popayán, Quito, Loja, Trujillo, recorrió más de 1500 leguas en marchas y contramarchas, dejando en todas partes, mucho dinero por su número y esplendidez, respeto al monarca por su denuedo y gratos recuerdos por su disciplina”. (1)

En la madrugada del 3 de diciembre de 1820 el batallón Numancia se pasó íntegro a las filas patriotas. Los líderes que hicieron posible esta defección fueron los capitanes Tomás Heres y Ramón Herrera y los tenientes Pedro Guash y Pedro Izquierdo, oficiales del citado batallón. Estos y otros jefes habían sido seducidos por la propaganda patriota y con ello se hizo posible tan gran suceso. Se sabe que en esta labor de seducción tuvieron destacada actuación varias damas peruanas, sobre todo Carmen Noriega, Gertrudis Coello, Carmen Guzmán, Hermenegilda y María Simona Guilsa y Rosa Campuzano. Carmen Guzmán era la propietaria de una fonda donde alojábanse y comían los oficiales del Numancia. Este hecho facilitó la labor de ganar a la causa patriota a los oficiales de Numancia, que con frecuencia se encontraban en la mencionada

fonda. (2)

También tiene que destacarse en la labor de persuasión, para la ocurrencia de este celebre acontecimiento, a los sacerdotes del Oratorio San Felipe Neri, D. Joaquín Paredes y Mariano José de Arce. El primero de los mencionados era visitado, en el convento de San Pedro de Lima, con relativa frecuencia por Tomás Heres. Se sabe que fue este sacerdote quien conversó y convenció a Heres para que se decidiese por su pase a las filas patriotas. (3)

Debemos señalar que en este sorpresivo acontecimiento también intervino en algo, y tal vez no poco, el deseo de ganarse unas cuantas onzas de oro, más exactamente un total de ciento cincuenta, que según propias declaraciones de Heres se distribuyeron entre ciento treinta hombres, entre soldados y oficiales del afamado batallón. (4)

Asimismo en algo debió pesar el anhelo de regresar a Venezuela, el suelo natal del cual procedía la mayor parte de los integrantes del Numancia, pues sabemos, por un oficio dirigido por los oficiales del Numancia a Sucre, de fecha 30 de octubre de 1821, que ellos le habían manifestado al General San Martín, cuando se pasaron a sus filas, sus deseos de regresar a la patria, consiguiendo que San Martín les prometiese acceder a ello apenas se tomase la capital del Perú. (5)

No todos, por supuesto, se plegaron a la defección. Entre estos opositores destacaba el Teniente Coronel Ruperto Delgado, jefe del Numancia. Delgado, que era peninsular, fue apresado por los conjurados y gracias a la intersección de su íntimo amigo Tomás Heres, pudo vivir tranquilamente en el pueblito de Supe y luego pasar a Chile y de allí viajar a Europa. (6)

Algunos pocos soldados lograron huir, fieles a la causa realista, en el mismo momento que se produjo la defección, siendo ellos los que informaron a Valdés, quien por Trapiche se replegaba sobre Lima.

Los efectivos del Numancia aprovecharon la oscuridad para abandonar las filas realistas y pasarse al bando patriota. Se unieron a la división patriota que se encontraba al mando del General Alvarado. San Martín la había destacado hacia Chancay para apoyar el pase del Numancia. Realizada la acción, desde Chancay se le enviaron partes a San Martín dándole cuenta de la buena nueva. En Chancay se embarcaron los patriotas y enrumbaron hacia Huacho, llegando al cuartel general de Huaura el 11 de diciembre. San Martín en premio a la labor directriz de Heres lo ascendió al grado de Coronel. Al batallón Numancia le encargó la honrosa misión de recibir en custodia la bandera del Ejército Libertador. Por otra parte, mandó que agregase a su nombre el sugestivo título de “Leal a la Patria”. El batallón Numancia conservó este nombre hasta que en 1823 Bolívar lo cambió por el de Voltígeros de la Guardia.

Este acontecimiento tuvo para la causa patriota gran importancia, no tanto por lo que podía significar numéricamente la pérdida de seiscientos cincuenta efectivos para los realistas, sino por el impacto sicológico dentro de dicho ejército. Es el propio San Martín quien se dio cuenta de ello y en carta a Torre Tagle le expresa al respecto lo siguiente: “El batallón Numancia ha dado a la causa de la tiranía un golpe mortal, abandonándola, todo él, la noche del 2 de corriente, para incorporarse a mis filas, y aunque las ventajas físicas que me proporcionan este suceso memorable son ciertamente de mucha magnitud, si embargo pierden mucho de su importancia al lado de las ventajas morales que me resultan de este ejemplo dado a las tropas del virrey...” (7)

.La actitud pasiva que tomara el virrey Pezuela ante la invasión del ejército patriota comandado por San Martín, así como también los continuos fracasos del ejército realista y la cada vez más desesperada situación debido a los progresos de los planes de San Martín, fue creando un ambiente hostil contra el Virrey, sobre todo en el círculo de jefes militares peninsulares. Como bien dice Nemesio Vargas: “En el espacio de cuatro meses, Pezuela había perdido 400 hombres de Quimper, 200 en Izcuchaca, 200 en Jauja, 80 en Tarma, 100 de tropas y 200 mineros armados en el Cerro de Pasco; el batallón Victoria, el escuadrón Carabayllo, 3000 de la división de Ricafort, 600 en Trujillo, 1500 en Guayaquil; la fragata Esmeralda, la goleta Aranzaza; los partidos de Ica, Córdova, Yauyos, Huarochirí, Canta, Chancay; las provincias de Huamanga, Huancavelica, Tarma, Trujillo, Guayaquil; y la estimación de su teniente, La Serna, Canterac, Valdés, Loriga, Ameller, Villalobos, Ferraz, García Camba y otros, resueltos ya a hacerse dueños del país y de la situación”. (8)

El 16 de diciembre de 1820 ocurre un hecho que nuevamente puso en serios aprietos, ante sus gobernados, al virrey don Joaquín de la Pezuela. Aquel día el cabildo de Lima le elevó un informe comunicándole que los vecinos estaban porque el Ayuntamiento gestionase la celebración de un armisticio con el ejército patriota. Los más fervorosos realistas del regimiento Concordia no tardaron en repudiar semejante actitud y solicitaron se expulsase del regimiento a los firmantes de semejante petición. El virrey Pezuela ante tan opuestas actitudes no supo que determinación tomar y ello sería otro de los motivos que impulsó a un grupo de militares la decisión de llevar a cabo su deposición, como una medida necesaria para poder intentar salvar la suerte del virreinato. (9)

El 29 de enero de 1821, en Aznapuquio, los realistas se reunieron en Junta General. Canterac y Valdés presentaron los cargos contra el virrey y se manifestaron por su inmediata deposición, deportación y reemplazo. El escogido para sustituirlo fue José de La Serna. Fueron diecinueve los jefes que suscribieron este acto, entre ellos José de Canterac, Jerónimo Valdés, el Marqués de Valleumbroso, Matero Ramírez, Andrés García Camba, José Ramón Rodil, Antonio Seoane, Valentín Ferraz, etc. El capitán Plasencia fue el encargado de llevar dicha nota al palacio virreinal y hacer que llegara a manos de Pezuela. En Palacio la nota fue recibida por Juan Loriga, Secretario de la Junta de Guerra, quien fue el encargado de entregársela personalmente al virrey. Pezuela después de leer la nota consultó con sus jefes militares allí presentes, sin imaginarse siquiera que ellos también estaban comprometidos en el complot. Pezuela creyó conveniente que La Serna (Pezuela no sabía ni sospechaba que era uno de los principales líderes de los complotados) pasase a Aznapuquio para entrevistarse con los rebeldes y tratar de convencerlos para que depusieran su desestabilizadora actitud. La Serna, sagazmente, se disculpó pretextando que en caso de fracasar en su misión se le consideraría cómplice. Ante esto, Pezuela se decidió por contestar a los rebeldes que nombraría a don José de La Serna General en Jefe del Ejército, pero que su dimisión solo la haría en otras circunstancias menos dañosas para su cargo y para su persona.

La respuesta y actitud mesurada y conciliadora del Virrey fue rechazada de plano por los amotinados, quienes contestaron a esta nota dándole a Pezuela un plazo perentorio de cuatro horas para renunciar. Pezuela al recibir e informarse de esta nueva nota, reunió a la Junta de Generales, integrada por La Serna, La Mar, Llanos, Deliu y Vacaro. La Sena le aconsejó renunciar, precisándole que al darle este consejo no le movía interés alguno, pues él pasaría en breve a España. Pezuela ante tan crítica situación se veía en un callejón sin salida y sin otra alternativa que la de renunciar. Al producirse la acefalía del gobierno virreinal, la Junta de Generales acordó que La Serna debía hacerse cargo del mando. La Serna “con harto bien planeado disimulo, varias veces se negó a hacerse cargo del virreinato”, según expresa Nemesio Vargas. Incluso el propio Pezuela tuvo que insistirle para que aceptase el encargado que se les estaba confiriendo. Solo así, habiendo llevado la simulación al extremo de pasar como que dicho encargo lo recibía en contra de sus deseos, La Serna terminó por aceptar el reemplazar a Pezuela como un gran sacrificio en la difícil misión de tratar de salvar el virreinato. Lo cierto es que don José de La Serna se convirtió en el cuadragésimo y último virrey del Perú no en contra de sus deseos y esperanzas, sino habiendo tomado parte en su propio nombramiento.

Pezuela, por su parte, el 1de febrero dictó a Bartolomé de Bedoya -Auditor General del Virreinato- su protesta formal, con carácter de secreta, por el motín. (10) Él había tomado con mucha serenidad lo acontecido, según testigos de la época, no así su esposa, la cual, por ejemplo, reprochó a Juan Loriga su innoble actitud, teniendo en consideración a que él había solicitado casarse con la hija de Pezuela.

No queremos dejar de mencionar, aunque muy sucintamente, lo que pasó Pezuela desde su deposición hasta que abandonó el Perú. Sacado del poder, Pezuela, su esposa y demás familiares, acuerdan emprender el regreso a Europa y para ello deciden hacer el viaje a bordo del buque de guerra inglés “Andrómaca”, el 9 de abril. Si embargo, Pezuela se vería imposibilitado de ir con ellos. Esto debido a que el comandante del citado navío tenía instrucciones de su gobierno de no recibir a ningún militar. En vista de ello Pezuela permaneció en Magdalena, en casa de su yerno, el coronel Rafael De Cevallos. Recién en mayo pudo Pezuela embarcarse en la corbeta mercante estadounidense “General Brown”. El 7 de junio pasó de este navío al buque de guerra norteamericano “Constellation”. Aquel mismo 7 de junio de 1821, a eso de las 10 de la noche, se presentó a bordo del citado navío norteamericano el General don José de San Martín, para mantener una entrevista con el ex virrey. La plática se prolongó hasta las dos de la madrugada y ella está confirmada por el propio Pezuela, quien así lo consigna en su Diario. El caudillo patriota le prometió a Pezuela permitirle abandonar las aguas del Perú apenas Lima cayese en su poder. Pero Pezuela no esperó que esto ocurriese y planeó su salida furtiva. Pagó bien al capitán del navío General Brown para que le permitiese embarcarse y abandonar el Perú. El 29 de junio Pezuela, se embarcaba en dicho navío, en Chorrillos. Cuando el capitán Charles Ridgeley, comándate de la Constellation se informó de este suceso se enfadó por la flagrante violación de las instrucciones dadas sobre el particular. Pezuela a bordo de la Brown pasó a Río de Janeiro y de allí a Europa. (11)

¿Qué fue lo que realmente produjo la caída del virrey don Joaquín de la Pezuela? Citaremos un tanto extensamente al gran historiador canadiense Timothy Anna quien, brillantemente, hace un esclarecedor análisis de la desintegración en el gobierno de Pezuela y nos permite comprender el por qué termina por ser depuesto. Señala que fueron dos elementos fundamentales los que destruyeron el gobierno de Pezuela entre 1816 y 1820: “el colapso financiero del régimen causado por el cese total de los envíos marítimos de España, y la brillante estrategia de José de San Martín de cruzar los Andes para atacar no el Alto Perú, como los rebeldes de Buenos Aires habían estado haciendo durante seis años, sino Chile, el flanco sur del Perú. Pezuela se negaba a creer que San Martín intentaría lo imposible y tratase de cruzar las montañas para atacar Chile. En lugar de ello, creía que el objetivo del comandante rebelde era simplemente utilizar la seguridad de Mendoza para preparar un ejército y utilizarlo para atacar el Alto Perú. En consecuencia, Pezuela se concentró en enviar fuerzas de refresco -3,300 hombres- al Alto Perú, aunque sus asesores militares le advirtieron que el real objetivo de San Martín podía ser Chile. Solo cinco meses después de tomar el poder, sin embargo, Pezuela recibió cartas interceptadas a San Martín, que hacían claro que los rebeldes planeaban cruzar la cordillera para atacar Santiago. Ciertamente, Pezuela no puede ser culpado por no haber previsto un evento que nunca antes se pensó que era posible, sin embargo es cierto que no haber reforzado Chile a tiempo permitió las victorias de San Martín en Chacabuco y Maipú. Su error táctico al ignorar esta posibilidad le costó la confianza de sus principales comandantes, que en enero de 1821, luego que el Perú sufriera otros desastres, lo destituyeron de su cargo. La caída del Perú comenzó con la caída de Chile en 1817”. Como nos lo recuerda el propio Anna, se cumplía “la profecía de Goyeneche en 1808, de que Chile probaría ser la vena yugular del Perú”. Y resumiendo nos dice: “¿Cómo podemos evaluar entonces el impacto de la destitución de Pezuela? Es claro que los oficiales del ejército no actuaron de manera inmediata. El Estado Mayor se volvió contra Pezuela por unanimidad, incluyendo al joven Loriga, su futuro yerno. Todos estaban convencidos de que la situación militar no tenía esperanza bajo el gobierno de Pezuela y que su insistencia en mantener el control sobre Lima a todo costo amenazaba todo. Sin embargo tanto civiles como eclesiásticos reaccionaron con grave preocupación al golpe militar. Este marcó un importante agravamiento de la tensión. De repente se hizo claro que Lima estaba en peligro, y desde ese momento en adelante cada cual luchó por su vida” (Anna, T. Lima 2003, pp. 179-180, 182 y 230)
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