San José de Calasanz, maestro y fundador






descargar 358.01 Kb.
títuloSan José de Calasanz, maestro y fundador
página7/13
fecha de publicación13.08.2015
tamaño358.01 Kb.
tipoDocumentos
ley.exam-10.com > Contabilidad > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   ...   13
No tan a menudo como Frascati, pero gozaron también de sus visitas y aun largas permanencias los pueblecitos más o menos cercanos de Roma, como Narni, Magliano, Moricone y el minúsculo Poli, a veintiún kilómetros de Roma, sobre los Montes Prenestinos, donde a ruegos de don Appio Conti y su esposa, Jacinta Santivali, Duques de Poli, fundó otro colegio de Escuelas Pías en 1628. Y no ya a lomos de borriquillo, sino con otros medios, llegó por el norte hasta Cárcare y por el sur hasta Nápoles, como veremos luego.
Los constantes, o mejor anuales, desplazamientos del ya anciano Fundador por todas estas casas nos dan la impresión de que a pesar de sus muchos años se siente aún joven y vigoroso, quizá en contraste con su estimado compañero Dragonetti, que sigue sumando años impertérrito hasta 1628, en que muere a los ciento quince de edad. (171) Sin ser exhaustivos y ateniéndonos sólo a las dataciones de sus cartas, constatamos que en 1617 y 1618 estuvo en Frascati largas temporadas; en 1619 en Narni; en 1620 en Narni y Magliano; en 1621 en Narni y Frascati; en 1622 en Moricone; en 1623 en Cárcare; en 1624 en Moricone; en 1625 en Fráscati; en 1626-1627 en Nápoles; en 1628 en Frascati y Poli; en 1629 en Poli, Frascati y Narni; en 1630 en Poli y Moricone; en 1632, 1634, 1635, 1636 y 1637 en Frascati; en 1639 en Moricone, donde se consagró la nueva iglesia. (172) Y es probable que fuera éste -a sus ochenta y un años- el último de sus viajes.
El cariño y las delicadezas que siente Calasanz por sus compañeros de viaje, los borriquillos, dan una nota más de franciscanismo a las muchas que lo distinguen, y tal vez le hicieran volver instintivamente a sus años y añoranzas de infancia peralteña, cuando las largas y diarias reatas de asnillos pasaban por la herrería de su padre antes de adentrarse en el valle de las salinas.
En 1619 escribía a los de Frascati: «Os mando el borriquillo negro para que lo tengáis ahí diez o doce días y lo tratéis bien para que se reponga un poco, pues aquí se le trata Dios sabe cómo; el blanco quiero mandarlo al noviciado, pues estará mejor que aquí en las escuelas». (173) En 1629 escribía: «No es maravilla que haya muerto el borriquillo, pues no todos saben cuidar a los animales como conviene y ordinariamente se mueren por falta de cuidados y porque se les maltrata sin darles luego el debido pienso y descanso». (174) En 1627 escribía al P. García: «Me gustó mucho el andar del asnillo que alquiló V. R. y si su amo lo quisiera vender por diez escudos al terminar la cosecha yo lo aceptaría a gusto para ir alguna vez a Moricone o ahí a Frascati». (175)
Hablando de borriquillos es obligado recordar la anécdota siguiente que contó el P. Scassellati en los procesos: «He oído decir que se preocupaba, como sucedió una vez ayudando al Hermano que se cuidaba del asnillo y fue observado por el Emo. Card. Torres mientras almohazaba al borriquillo y diciéndole qué estaba haciendo, le respondió que enseñaba al Hermano que se cuidaba de él; y esto me lo dijo el P. Arcángel (Sorbino)… que decía haberlo visto con sus propios ojos». (176) El cardenal Torres vivía en el palacio contiguo y cabe suponer que observara curioso la escena desde alguna ventana, pues la cuadra donde se tenía al asnillo estaba en el sótano, con puerta abierta al ‘Vicolo della Cucagna’, donde debió de ocurrir la escena. Así lo cuenta Armini con detalle. (177)
Por cierto que la ubicación de la cuadra en el sótano dio ocasión a otra anécdota menos conocida, narrada esta vez por Caputi. En diciembre de 1647 hubo unas inundaciones catastróficas del Tíber. Y ante el peligro que corría el borriquillo de morir ahogado en el sótano, mandó Calasanz que se le sacase de la cuadra y «se le subió a la sala de recreo… donde estuvo tres días y tres noches sin que rebuznara nunca, como solía hacer, pues cuando estaba en la cuadra, tanto de día como de noche rebuznaba con frecuencia y molestaba a veces a los Padres y les interrumpía el sueño, y No se movió de allí ni gritó y el Padre lo encomendó al limosnero para que lo atendiese y no lo hiciese sufrir, pues había servido a la casa más de veinte años». (178)
No falta incluso alguno que otro milagro a favor de borriquillos, como el que narra Talenti con pelos y señales: el 24 de octubre de 1639 llegó a Roma desde Campi el P. Francisco Leuci con un borriquillo, acompañando a dos novicios, uno de ellos el futuro P. Caputi, de quien proviene el recuerdo. Los dos novicios hicieron la profesión solemne el día 6 de noviembre en manos del Fundador, el cual les mandó que se volvieran a Campi el día 8 -unos 650 km. de Roma- guiados por el P. Leuci y con el mismo rucio. Pero el pobre animal todavía se resentía de las llagas y rozaduras del viaje anterior. Lo llevaron a un veterinario y les dijo que antes de ocho días no empezaría a mejorar y si partían antes se les moriría en el camino. El Santo Fundador les dijo: «¡Vamos, vamos!, saldréis mañana, pues yo iré a ver al animal». Fue por la tarde y con su pañuelo le enjugó las llagas. A la mañana siguiente el P. Leuci fue a verlo y lo encontró totalmente sano. (179)
Más emotiva, si cabe, nos parece aquella otra declaración procesal del P. Scassellati, a quien se lo contó el P. Sorbino, testigo presencial. Iba una vez de cuestación con el hermano Lorenzo Ferrari, que se impacientó con el asnillo, propinándole una paliza abastonazos. Llegados a casa, el Santo Fundador le dio una reprimenda por lo ocurrido, diciéndole «que Dios no le castigaba a él así», y -aclara el P. Sorbino- «esto no podía saberlo en manera alguna sino por revelación divina, habiendo ocurrido todo en el campo -mientras iban pidiendo y de ello hará más de 25 años». (180)
Muchas horas pasó Calasanz a lomos de borriquillos, mientras remontaba el valle del Tíber camino de Narni o cruzaba la campiña romana bajando o subiendo por las colinas albanas o sabinas. Quizá no le conmoviera demasiado el esplendor grandioso de los atardeceres de octubre, en que quedaban envueltos él y el rucio -como otro «Platero» cargado de gloria-. Más bien, pensaba a veces en cosas más profundas: «EI camino para llegar a ser hombre sabio y prudente en la escuela interior -escribía al P. Cananea- es hacerse a los ojos de los hombres como un necio, dejándose guiar como un asnillo. Esta es doctrina verdadera, pero entendida por pocos por ser contraria al sentido y prudencia huma». (181) Y en las Constituciones de la Orden escribió: los religiosos obedientes «adoptan una actitud gratísima a Dios dejándose llevar y traer por su Providencia a través de los Superiores, como el borriquillo aquel que cabalgaba Cristo el día de Ramos, que se dejaba conducir y guiar a todas partes». (182) Aquel obedecer ‘tamquam cadaver’ de Ignacio de Loyola se transforma en la pluma de José de Calasanz en el manso borriquillo montado por Cristo en un día de hosannas triunfales en boca de los niños de Jerusalén.

13. Las primeras profesiones de votos
El breve fundacional de Pablo V prescribía dos años de noviciado. Pero antes de que hubiera transcurrido el primero, debido sin duda a su dignidad de Fundador de la Congregación y Superior General, el P. José de la Madre de Dios emitió sus votos perpetuos con dispensa pontificia del segundo año de noviciado en manos del cardenal protector Giustiniani en la misma capilla privada donde había recibido un año antes el hábito escolapio. La ceremonia tuvo lugar el día 19 de marzo de 1618, festividad de San José. (183) Todos los demás tuvieron que cumplir los dos años de noviciado, incluso el que había sido primer maestro de novicios, P. Pedro Casani, que era entonces rector de Narni. Por concesión especial del Fundador, el P. Casani hizo su profesión en manos del obispo de Narni, que la recibió en nombre del P. José de la Madre de Dios, el día 1 de abril de 1619. Y ese mismo día el P. Casani, como superior de la casa y representante del P. General, recibió las profesiones de los PP. Viviano Viviani y Francisco Baldi y de los HH. Simón Castiglioncelli y Juan Próspero. (184)
El P. Casani, sin que sepamos exactamente la razón, había hecho antes la profesión en Frascati en manos del propio Calasanz, el día 20 de abril de 1617 , a los veintiséis días de haber vestido el nuevo hábito, sin que mediara dispensa pontificia alguna, como acto privado sin valor canónico. Por ello volvió a repetirla públicamente al haber transcurrido el tiempo legal del noviciado, como los demás, salvo Calasanz. (185) Llama, sin embargo, la atención que en la fórmula de la profesión diga Casani que el P. José es ‘Viceprefecto’ de la Congregación y lo mismo repitan los cuatro que profesan en Narni en sus manos el mismo dia, y así aparece también en otros documentos, sobre todo relacionados con Narni, en 1618. (186) Nadie explica el hecho satisfactoriamente, sobre todo al constatar que en los mismos meses en que aparece el título de ‘Viceprefecto’ en ciertos documentos, aparece simultáneamente el de ‘Prefecto’ en otros. (187)
De su profunda piedad mariana dio una prueba más el P. José de la Madre de Dios acuñando una curiosa medalla, conmemorativa de la profesión perpetua de los primeros escolapios en la Congregación Paulina, añadiendo algunos simbolismos marianos que -como bien comentó el P. Bau- hubieran hecho las delicias de San Luis Mª. Grignon de Monfort «por realizar plenamente su pensamiento sobre la esclavitud mariana». (188) En efecto, en el anverso aparece arrodillado un escolapio ante la Madre de Dios con su Hijo en brazos, que desde una nube le ofrece una especie de argolla o grillos de esclavo, cuya explicación va en una cartela sostenida por un ángel con esta inscripción latina: ‘Foedus perpetuae servitutis’ (compromiso o alianza de perpetua esclavitud). La escena, ya de por sí expresiva, viene reforzada por tres ángeles que la encuadran con tres cadenas, sobre las que hay tres palabras explicativas, ‘vinculo indissolubili votorum’ (con el vínculo indisoluble de los votos), alusivas a los tres votos de pobreza, castidad y obediencia. El cuarto voto de enseñanza aparecerá luego en la fórmula de la profesión solemne de 1622. No obstante, aunque eran votos simples, se dice que son vínculo indisoluble, pues era profesión perpetua.
En el reverso de la medalla aparece el escudo o emblema de la Congregación, compuesto por una gran M entreverada con una A. anagrama del nombre de María, debajo del cual hay otro anagrama del título de «Madre de Dios» en griego. Sobre la gran M va una cruz, símbolo de la Pasión de Cristo, y en el extremo inferior un corazón traspasado por siete espadas, símbolo de los dolores de María. (189) Unos rayos de luz rodean el círculo en que se encierran las letras y símbolos anteriores, y en torno se lee esta inscripción latina: «’Professus Congr. Paulinae Pauper. Matris Dei Schol. Piar.’» (profeso de la Congregación Paulina de los Pobres de la Madre de Dios de las Escuelas Pías). (190)
Podría parecer una sutil eza, pero merece aclararse que el calificativo de Pobres, que forma parte del título oficial de las Escuelas Pías desde que era Congregación Paulina, no sólo evoca la ‘pobreza suma’ que se profesaba, sino también, y sobre todo, está en relación con la Madre de Dios, ante la cual la pobreza implica carencia, necesidad de todo, vacío, y debe excitar a la plena confianza en la Madre de Dios. He aquí cómo se lo explicaba Calasanz a su estimadísimo P. Cananea en una carta del 23 de diciembre de 1620: «Advierta que somos pobres de la Madre de Dios y no de los hombres, así que hemos de ser importunos con nuestra Madre y [no] con los hombres, pues ella no se molesta nunca por nuestras importunidades, pero los hombres sí». (191)

14. Las Constituciones
Habían pasado ya tres años y medio desde que Pablo V había puesto en manos del «querido hijo, José Calasanz, la prefectura, el cuidado, el régimen y la administración de la erigida Congregación de las Escuelas Pías», según el breve fundacional. Como consecuencia de esas obligaciones, se concedía «además a José y a dicha Congregación, con el consentimiento del obispo y Cardenal Benito (Giustiniani), mientras fuera Protector, que para el feliz gobierno de la mencionada Congregación y de sus casas y escuelas puedan hacer y publicar cualesquiera Estatutos, Capítulos, Ordenaciones y Decretos necesarios y oportunos… que deberán ser aprobados y confirmados por la Sede Apostólica…». (192) Y llegó el momento de pensar en ello.
«El mismo cardenal Giustiniani -anotaba Calasanz en su Informe de 1623- en 1620 ordenó al mencionado P. José que se retirara fuera de Roma e hiciese las Constituciones que le parecieran necesarias para el buen gobierno de la Congregación. Y se retiró a la casa de las Escuelas Pías de Narni y allí hizo las Constituciones que luego fueron aprobadas con el Breve Apostólico de Gregorio XV, del 31 de enero de 1622». (193)
Un buen día, pues, a finales de octubre de 1620, montó en su borriquillo y con algún compañero de viaje emprendió la marcha hacia Narni por la Via Cassia. Fueron cuatro jornadas de camino. La primera noche la pasaron en Campagnano, acogidos por «el carísimo arcipreste… cuya caridad es muy grande». (194). «Pasado Campagnano -escribe al P. García- me sucedió que, yendo a pie por causa del mal camino, tropecé con el pie en la raíz de un árbol que se veía en el camino y sin poder mantenerme caí y aunque entonces no lo sentí o muy poco, no obstante, a la noche fue necesario, por el dolor que me quedó en las costillas, darme lociones con aceite de manzanilla en Cívita (Castellana), donde fuimos a alojarnos en el hospital de San Sebastián, y la otra noche siguiente en Magliano…» en en -el seminario que llevaban los escolapios. La cuarta noche estaban ya en Narni. Cuando sacó de las alforjas los libros, apuntes y documentos que llevaba para componer las Constituciones, se dio cuenta de que por las prisas se había olvidado de traer papel y pedía al P. García en la citada carta que le proveyese «de media resma de papel bueno» y se lo mandara cuanto antes por el mulero.
Cuatro meses de intenso trabajo le costó al P. Fundador la redacción de las Constituciones. Y no han faltado antiguos y modernos hagiógrafos que afirmaran la particular inspiración de la Sma. Virgen en su composición. Baste por todos Talenti, según el cual «el Beato solía decir que las constituciones no las había ideado y formado él, sino que le habían sido enseñadas por la Madre de Dios, Protectora de la Congregación; que en ellas no había puesto nada suyo, y pudo sinceramente confesar que aquellos estatutos y reglas no los había compuesto él, sino solamente escrito, habiéndoselos sugerido la Reina del cielo». (196) Por otra parte, era una de las mitificaciones comunes en las Órdenes Religiosas, desde la primera Regla monástica de la historia, dictada por un ángel a San Pacomio en el siglo IV. Ni se libró de algo similar San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios. (197)
Más realista fue en este caso Berro, que dejó escrito: «se retiró a la ciudad de Narni y se dio de corazón a todo ejercicio de virtudes religiosas y particularmente a la oración, teniendo también entre manos muchas Reglas y Constituciones de otras Religiones antiguas y modernas para escoger de todas ellas, como de óptimas flores, a fuer de abeja industriosa, la miel, esto es, la doctrina que más se adecuara a su Congregación». (198) Y es lo que hicieron, quizá sin excepción, todos los fundadores o redactores de Reglas y Constituciones.
Estudios recientes nos cercioran de las fuentes directas que sirvieron al Fundador de las Escuelas Pías para componer sus Constituciones, entre las que destacan particularmente las de los jesuitas, las de los Clérigos Regulares Menores o Caracciolini y las de los teatinos y, en menor grado, las de los capuchinos y las de la Cofradía y Congregación de la Doctrina Cristiana. (199) Naturalmente, sirvieron también de inspiración y aun de fuentes literarias todos aquellos escritos propios, como memoriales, relaciones, sumarios, fórmulas y breves pontificios que habían ido configurando hasta entonces la vida y actividades de la recién creada Congregación Paulina desde sus antecedentes de Venerable Congregación secular. Y fueron también codificadas las prácticas, usos y costumbres que se habían ido admitiendo paulatinamente. (200)
Muy crudo fue aquel invierno en Narni, particularmente la primera quincena de febrero, pues en sus cartas se lamenta el Santo con insistencia: «Aquí son tan terribles los vientos y tan fríos -escribe el 31 de enero-, que muchas veces se me hielan los talones, cosa que no me ocurre en Roma»; «Y por estar muy ocupado -dice el 3 de febrero- y también oprimido por el frío, seré breve»; y en dos cartas del día 7: «no puedo intentar volver a Roma hasta que no hayan pasado estos grandes fríos que creo que durarán todo este mes»; «De Narni, con grandísimos fríos de más de un palmo de nieve helada por la tramontana» (201) Y al frío se unía la pobreza y escasez de medios para soportarlo, como se trasluce en esta queja: « … y sabe Dios cómo andamos de ropa para taparnos por la noche». (202)
El día 17 de febrero escribía al P. Castilla: «Por gracia de Dios he terminado las Constituciones y si está aquí el borriquillo blanco con la albarda buena y las alforjas buenas el primero o segundo día de cuaresma partiré dentro de dos o tres días con la ayuda del Señor, si el tiempo es bueno». (203) Montado, pues, en el borriquillo blanco y llevando en el fondo de las alforjas buenas las Constituciones, llegaría a Roma a finales de febrero. Pero antes de presentarlas a la Santa Sede para su aprobación, las dio a leer a los religiosos más ancianos, pidiéndoles su consejo y consentimiento». (204)
No faltará, sin embargo, mucho más tarde, en los años de la gran tribulación, quien le acuse de haber compuesto las Constituciones él solo, contrariamente a lo que «quizás quería el Breve de erección». (205) Y esto era sacar de quicio el sentido obvio del breve, pues aunque decía «a José y a dicha Congregación» se le da la facultad de «hacer y publicar estatutos, capítulos, ordenaciones y decretos para el feliz gobierno de la Congregación, de sus casas y de sus escuelas», no exigía que toda esta variedad de leyes las hicieran José y todos los miembros de la Congregación en colaboración, sino que era un modo de expresar que se daba al Fundador y a su instituto presente y futuro la potestad legislativa autónoma, como la tienen todas las Congregaciones aprobadas. De hecho, a renglón seguido se añade que a su debido tiempo, según las conveniencias, podían «cambiar, alterar, corregir, reformar libremente…» toda esa serie de normas y leyes«. (206)
Ahora bien, lo normal y común en todas las Órdenes religiosas era que la Regla o las Constituciones las redactara el propio Fundador, aunque pudiera tener o admitir colaboradores. De hecho, ni el papa ni la Congregación de obispos y Regulares pusieron dificultad alguna, y es indudable que sabían quién las había redactado. Pero la burda acusación fue recogida por Pietrasanta en su Primera Relación de Visitador, en la que trataba de demostrar que los breves fundacionales eran nulos. Y aun habló de ello con el Sánto Viejo, «y me dijo –declara Pietrasanta- que había recibido anteriormente órdenes del Papa de hacer dichas Constituciones con el consejo y comunicación de los más ancianos, pero el señor Cardenal Giustiniani, entonces Protector, le dijo que las hiciera él solo, y así, retirándose al Convento de Narni por algunos meses, las compuso él mismo…». (207 ¿Por qué se le acusaba, pues, a él, si no hizo más que obedecer? Ni parece que se extralimitara Giustiniani en sus funciones, pues el breve fundacional sometía este asunto no a su mero consejo y asistencia, sino a su consentimiento y decisión, en calidad de cardenal Protector. (208) Nada objetaron, por tanto, ni el papa ni la Congregación mencionada. (209)

15. Pablo V y Gregorio XV, dos buenos amigos de Calasanz
El 28 de enero de 1621 murió en Roma Pablo V. Calasanz en Narni debió de sentirlo profundamente. Había sido un gran bienhechor de las Escuelas Pías durante todo su pontificado, dando muchas muestras de afecto y admiración al P. Prefecto. Seguramente, en aquellas noches frías en que no podía conciliar el sueño recordaría las audiencias en la Villa veraniega de Mondragone o en los palacios papales de Roma. Y también aquella otra, tan original, en la plaza del Panteón. Cuenta Berro que «encontrándolo una vez en la Rotonda [el Panteón], mientras acompañaba a los niños [a sus casas], hizo parar la litera el papa y se entretuvo hablando largo rato con nuestro P. José. Y yo lo sé de quien estuvo presente». (210) Y no menos simpático fue aquel otro encuentro en Frascati, en mayo de 1617, con los alumnos de las Escuelas Pías, tan semejante a las actuales audiencias con gente joven. De ello escribió Calasanz, como testigo presencial: «resultó muy gracioso el encuentro tenido con el papa con banderitas de varios colores y con mucho gusto de todos en general». (211)
Recordaría también -si hay que creer en esto a Berro- que «al final de su pontificado lo puso en el número de cardenales que quería crear y se lo dijo y aun se lo dio por escrito al Sr. Cardenal Escipión Borghese, su nepote. Pero habiéndose corrido la voz por la ciudad, mientras otros hubieran sentido gran alegría, nuestro Padre sintió mucha congoja… y los mismos alumnos lo decían públicamente… y se debe creer que mucho se encomendaría a Dios y haría otras diligencias para librarse de esta dignidad, como lo consiguió mediante dicho Cardenal Escipión». (212) ¡El fracasado pretendiente de canonjías renunciaba al capelo cardenalicio! Y seguiría recordando con emoción ciertas ceremonias solemnes, no por su fastuosidad barroca, sino por lo que le habían hecho vibrar las fibras del alma. Pablo V había canonizado, entre otros, a Carlos Borromeo, tan querido y venerado por Calasanz, y al español Tomás de Villanueva, y había beatificado al también entrañable Felipe Neri y a los españoles Isidro labrador, Pascual Baylón, Ignacio de Loyola, Francisco Javier y Teresa de Jesús. (213)
Un cronista de la época escribió en su diario al morir Pablo V: «Fue… magnánimo, espléndido, cumplidor de la justicia, amante de la paz, protector de los pobres, mantenedor y acrecentador de la abundancia… Solía decir que dos cosas le gustaba hacer al pueblo: una era darles de trabajar para que se ganaran la vida y la otra, mantener la abundancia, lo cual hizo siempre maravillosamente». (214) Y a propósito de su preocupación por los pobres y el pueblo, comenta Ausenda: «Creo no estar lejos de la verdad diciendo que Pablo V fue el papa que mejor comprendió a Calasanz, pues tenían en común el amor a los pobres y, como é1, se propuso ayudarles a salir de la indigencia mediante un trabajo digno para ganarse la vida. De hecho, la escuela de Calasanz… estaba destinada a enseñar a los muchachos aquellas nociones que les capacitaran para trabajar con competencia para conseguir lo necesario para la vida». (215)
Es también digno de mención este espléndido elogio de Pastor en que une en un solo acorde los nombres de Calasanz y Borghese: «En Roma trabajaba José de Calasanz. Como Clemente VIII, también el Papa Borghese protegió la escuela fundada por este ‘amigo del pueblo’, la cual, siendo gratuita, era una verdadera bendición para Roma». (216)
Durante la sede vacante, Calasanz y los suyos de Narni rezan por la elección del papa futuro: «Aquí -escribe a Roma- haremos oración siempre por la elección del nuevo Papa, y quiera el Señor que sea como nosotros lo deseamos». (217) Y acertó. Aunque hubiera sido más exacto decir «el que», en vez de «como», pues lo más probable es que pensara en el cardenal Alejandro Ludovisi, sin excluir a Giustiniani. (218) Y la razón se remontaba al mes de octubre de 1619. El día 27 escribía Calasanz desde Narni que tenía alojado en casa al cardenal Giustiniani. (219) Y el 30 volvía a escribir a Roma:
«Aquí ha estado alojado en casa al volver de Loreto el Sr. Cardenal Giustiniani con dos Prelados y se ha ido muy satisfecho, no sólo del provecho que han hecho en tan poco tiempo nuestros Maestros -habiéndole recitado tres alumnos todo lo bien que se puede desear-, sino también del trato recibido, de modo que habiendo encontrado al Card. Ludovisi cerca de Otrícoli le dijo que viniera a hospedarse en nuestra casa, como lo hizo, pues no encontraría en Narni un alojamiento mejor, porque hice abrir dos puertas y tenía una salita y dos habitaciones muy bien preparadas, y fuera, en lugar de salón donde estaba la gente para la audiencia, un corredor o dormitorio largo 90 pies de los míos y ancho 16… Me temo que tendremos que hacer este servicio de alojar a muchos cardenales cuando pasen por aquí, pues sería algo molesto». (220)
La ocasión fue la siguiente: Alejandro Ludovisi, arzobispo de Bolonia, fue creado cardenal el 19 de septiembre de 1616. A finales de 1618 fue a Roma y recibió el capelo en el consistorio del 20 de noviembre. Quedó allí hasta fines de octubre de 1619, y al regresar hacia su sede fue a hospedarse en Narni. (221) Tanto Caputi como Berro hablan en sus memorias de este encuentro en Narni entre Calasanz y Ludovisi, pero equivocan las fechas, creyendo que ocurrió en 1621, durante la sede vacante, cuando el arzobispo de Bolonia iba al conclave, en que sería elegido papa con el nombre de Gregorio XV. Naturalmente, dadas las circunstancias, no podía faltar alusión a la posible elección y consiguiente promesa del cardenal, el cual -dice Berro-, «poniéndole la mano en la espalda, le dijo: Padre, si Dios me da la gracia de poderlo hacer, os prometo que os ayudaré». (222) Más lejos llega otro hagiógrafo primitivo, el P. Bianchi, quien añade por su cuenta que Calasanz predijo el pontificado a Ludovisi y éste le hizo la promesa de que habla Berro. (223) Pero la claridad de la carta de Calasanz, del 30 de octubre de 1619, hace imposibles estas suposicienes. (224)
Más consistente es el hecho de que Ludovisi conocía las Escuelas Pías de Bolonia, fundadas en 1616 por Juan Francisco Fiammelli «con el consentimiento y autoridad de Mons. Ilmo. y Rvmo. Arzobispo», cuyas Reglas aprobó también. (225) Indudablemente, Fiammelli hablaría con Ludovisi de las Escuelas Pías de Roma, de las que había sido «Hermano» y maestro, y de su fundador, el P. Prefecto José de Calasanz. Y en Narni, Calasanz y Ludovisi hablarían de Fiammelli. Era, pues, lógico que Calasanz pensara en Ludovisi como futuro papa, tanto más cuanto que no podía ignorar que en todo el año que estuvo en Roma el cardenal de Bolonia «se había extendido la opinión de que sería el sucesor de Pablo V», como dice Pastor. (226) Esta fama y la amistad surgida en Narni, junto con las conversaciones sobre el futuro de la recién nacida Congregación Paulina, hicieron concebir a Calasanz fundadas esperanzas en la protección de Ludovisi, previsible papa. Quizá fuera ése el sentido de una frase sibilina que escribió al P. García unos diez días después del encuentro con el cardenal de Bolonia: «Yo espero que por los medios que no imaginamos nos ha de socorrer mucho el Señor». (227)
El 7 de febrero volvía a hablar de la futura elección, diciendo: «aquí haremos hacer aún oraciones por la buena elección del Pastor Universal que tanto importa. Espero que poco después de estar en Conclave se pondrán de acuerdo los Sres. Cardenales. Al menos así lo deseo». (228) No faltan quienes hayan visto en esta última frase una profecía más o menos clara. (229) Quiso dejarla en mero deseo, pero los hechos le dieron razón, pues el conclave de 1621 fue extraordinariamente corto, comparado con los otros cinco que se celebraron durante los cincuenta y seis años de vida romana de Calasanz. (230)

16. Aprobación de las Constituciones
Apenas llegado a Roma a fines de febrero, lo más probable es que el P. José fuera a visitar al cardenal Protector y le presentara las Constituciones, pues las había escrito por su mandato. Ambos determinarían los pasos que había que dar para conseguir su aprobación. Y el primero era obligado: el Fundador debía ir a felicitar al papa por su elección, acompañado quizá de Giustiniani. Y si la primera audiencia fue a mediados de marzo, en ella seguramente le presentó un memorial en que le suplicaba la aprobación de las Constituciones y -veladamente- la elevación de la Congregación Paulina a Orden Religiosa de votos solemnes. Aunque iba encabezado por su nombre, no parece que lo redactara él, pues el estilo es demasiado alambicado. Para ganarse su benevolencia se recurre a dos razones: la primera es recordar las oraciones con que suplicaron a Dios su propia elección, considerándola como un inmenso beneficio divino; la segunda es una coincidencia histórica realmente providencial. He aquí sus palabras:
«… nuestra mínima y aún naciente Congregación ha recibido de Dios Nuestro Señor con suma liberalidad y divina munificencia cuanto podía desear y que había pedido con gran insistencia a Su Divina Majestad durante la pasada sede vacante con oraciones de los alumnos y sacrificios de los suyos y continuas oraciones día y noche ante el Smo. Sacramento, con ayunos rigurosos y otras penitencias. Pues nos ha concedido a Su Santidad en la que, además de las dotes manifiestas gratísimas y admiradas por todo el mundo, esta mínima Congregación reconoce para sí misma en particular un santo y felicísimo augurio, y es que si Pablo III, romano, de feliz memoria, hizo nacer en la Iglesia de Dios a la Compañía de Jesús, y luego Gregorio XIII, boloñés, de felicísima e inmortal memoria, la confirmó y la llevó a la perfección en la que se encuentra hoy… así nos parece poder y deber esperar con firmeza, pues Dios N. Señor quiso que Pablo V, romano, de venerable memoria, la erigiese y le diese principio, y así ha elegido a Gregorio XV, boloñés y heredero del nombre, altos destinos y gran espíritu de Gregorio XIII, para dar a esta obra la solidez y perfección que sea necesaria para satisfacer al mundo, que casi todo la desea y la solicita…» Y viene la petición: «Por tanto, el sobredicho orador [P. José de la Madre de Dios], humilde y afectuosamente, suplica a V. Santidad se digne inclinar su ánimo piísimo y generosísimo a esta empresa, confirmando cuanto en favor de dicha obra hizo su antecesor y aprobando además sus Constituciones, promoviéndola con su favor y protegiéndola con su autoridad…». (231)
El papa acogió la súplica y la hizo llegar a la Congregación de Regulares con fecha del 16 de marzo. Y aquí leyeron el memorial y, ante la barroca ambigüedad del contenido, entendieron que sólo se pedía la aprobación de las Constituciones, y así lo hicieron constar debajo de la fecha, añadiendo que presentaran dichas Constituciones. (232)
Nos consta que Calasanz, al volver de Narni, no va a la comunidad de San Pantaleón, que era la suya, sino directamente al noviciado, en San Onofre, donde reside al menos el mes de marzo, si no más. (233) En el noviciado estaba de maestro, otra vez, el P. Casani. El ejemplar de las Constituciones que se presentó a la Congregación de obispos y Regulares fue cuidadosamente escrito por Casani, así como la copia definitiva con la incorporación de todas las correcciones. (234) Pero además el archivo de la Orden conserva otros tres ejemplares, dos de ellos autógrafos del Fundador. (235) Todas estas copias llevan correcciones, tachaduras y notas marginales, muchas de ellas debidas a la mano del Fundador, quien en último término es quien decide el texto definitivo. Probablemente hubo otras copias que han desaparecido.
Todo esto nos sugiere que en el mes de marzo hubo en el noviciado una intensa tarea no sólo de copia del texto original, sino también de revisión y corrección del mismo, antes de presentarlo a la Santa Sede; corrección y revisión que llevaron a cabo verosímilmente tanto Calasanz como Casani y algunos de los más ancianos y destacados compañeros de primera hora, como ya dijimos antes. (236) En realidad, esta primera revisión o corrección ‘doméstica’ o interna tuvo de mira sobre todo -aunque no exclusivamente- la forma externa o estilo, más que el contenido. (237)
Pulido, pues, y retocado el texto original, fue copiado por el P. Casani con su clara y elegante caligrafía y presentado a la Congregación de Regulares. En ella, según norma común, se buscaron algunos censores teólogos, juristas y entendidos en vida religiosa para que examinaran el texto presentado y aportaran sus juicios y correcciones. Berro no da nombres, pero distingue claramente los dos momentos de examen: antes de presentarlas a la Santa Sede dice que el P. José «las hizo ver a muchos doctos y perfectos Religiosos», y luego, la Sda. Congregación «también las hizo ver a otros hombres peritísimos de más Religiones y particularmente a los RR. PP. Jesuitas». (238) Caputi, exagerando como siempre, da dos listas distintas con siete nombres, de los que sólo se puede retener seguro el P. Bagnacavallo, gran amigo de Calasanz y entonces Superior General de los Franciscanos Conventuales. (239) Calasanz, en su Informe de 1623, nombra al cardenal Tonti y al P. Bagnacavallo y añade que fueron revisadas (por muchos otros religiosos graves y doctos». (240) En un memorial de 1624, firmado por Calasanz y sus Asistentes, se dice al papa que «las Constituciones fueron aprobadas y confirmadas previo un riguroso examen de tres teólogos, esto es, el P. Pedro Alagona, jesuita, el P. Bagnacavallo, entonces Vicario General de los PP. Conventuales, y el P. Artemio, sacerdote secular de Siena». (241) De estos tres, sin embargo, sólo los dos últimos y quizá algún otro de los nombrados por Caputi hicieron sus correcciones sobre el texto copiado por Casani. (242)
A estos censores teólogos hay que añadir los juristas, que lo fueron el cardenal Miguel Angel Tonti, a quien la Congregación de Regulares nombró ponente de la causa, y su auditor don Alejandro Luciani. (243)
La primera copia de Casani, enriquecida y emborronada con todas las correcciones, tachaduras, advertencias e interrogantes de los censores teólogos y juristas, fue devuelta a Calasanz para que la examinara y decidiera en cada caso y se compusiera luego otra copia. Así se hizo. Y Casani volvió a escribir el texto corregido, que se entregó a la Congregación. Y examinado y aprobado en sesión plenaria, se redactó un decreto oficial en que se decía en síntesis:
«Nos, Miguel Angel… Cardenal Nazareno, por orden de la Sda. Congregación… vimos y examinamos cuidadosamente dichas Constituciones… en las que no encontrando nada que no convenga a un instituto regular y a la vida y costumbres de los religiosos y habiendo hecho relación de todo ello a los Ilmos. Cardenales, ellos mismos… juzgaron por unanimidad que dichas Constituciones deben ser confirmadas y aprobadas, como de hecho las confirman y aprueban… salvo el beneplácito de la Sede Apostólica. Hoy, 14 de septiembre de 1621». (244)
Este decreto fue presentado al papa, para que diera su aprobación. Pero cuatro días después, viendo que entre los censores oficiales no había ningún clérigo regular, mandó que se consultara alguno para mayor garantía. (245) Y fue nombrado censor último el P. Pedro Alagona (1549-1624), jesuita siracusano, consultor de las Congregaciones Romanas, profesor de moral y cánones en el Colegio Romano, examinador de obispos, etc. Un mes escaso empleó el P. Alagona para el examen de las Constituciones y en un papel aparte anotó solamente nueve observaciones brevísimas. (246) Calasanz las leyó y de ellas sólo aceptó tres. Eran sólo cinco palabras, por lo que el cardenal Tonti no creyó oportuno repetir la copia, sino que las introdujo en la copia limpia, añadiendo las iniciales de su firma en cada corrección.
Por propia iniciativa o por sugerencia del cardenal Tonti, los escolapios volvieron a pedir en fórmula brevísima la aprobación de las Constituciones a la Congregación de Regulares, la cual, brevemente también, contestó, con fecha del 16 de octubre, que el papa había mandado expedir un breve aprobándolas. (247) Breve que salió al fin con fecha del 31 de enero de 1622. (248)

17. El último peldaño: Orden religiosa
Sin duda alguna, el cardenal Giustiniani estaba ansioso por llegar al final de esta magnífica aventura: ver las Escuelas Pías elevadas a Orden de votos solemnes y aprobadas sus Constituciones. Su última intervención Cuizá fue la presentación al papa del memorial de Calasanz, pidiendo ambas cosas, si no es Cue el mismo Calasanz lo presentara en la primera audiencia Cue se le concedió. De todos modos, el 16 de marzo de 1621 el mencionado memorial fue mandado por orden del papa a la Congregación de Regulares. Y Giustiniani ya no pudo saber más, pues murió el 27 del mismo mes de marzo a sus sesenta y siete años de edad, como se lee en su lápida sepulcral de la basílica de Santa María sopra Minerva. (249)
Desaparecía un gran protector de las Escuelas Pías y buen amigo y admirador de su Fundador, Cuien pidió Cue se le hicieran muchos sufragios. (250) Y en los próximos meses iba a aparecer su sucesor, no en título oficial, sino en munificencia y en interés, protección y estima profunda por Calasanz y su obra. Sería el cardenal Nazareno, Miguel Ángel Tonti. Las cosas ocurrieron así. Al llegar el memorial de Calasanz a la Congregación de Obispos y Regulares, entendieron Cue se pedía solamente la aprobación de las Constituciones. (251) Y empezó el examen de las mismas. Calasanz y los suyos, viendo Cue no se había tenido en cuenta la más o menos ambigua petición de elevación e Orden de votos solemnes, optaron por pedirlo de nuevo expresamente en estos términos:
«Los Padres de la Congregación de la Madre de Dios de las Escuelas Pías, deseando estabilizar dicha Congregación y ponerla en estado de perfección, suplican humildemente a VV. Señorías Ilmas. -dado Cue dicha Congregación tiene los tres votos simples de Pobreza, Castidad y Obediencia- Cue se declaren solemnes dichos votos por ser esenciales en una Religión, y se ponga dicha Congregación en estado de perfección como los demás Religiosos, etc.». (252)
En la Congregación, sin embargo, no eran partidarios de crear nuevas Ordenes religiosas, apoyándose jurídicamente en una interpretación literal y rigurosa del viejo canon 13 del IV Concilio ecuménico de Letrán, como ya vimos antes, cuando los luCueses intentaron conseguir este rango para su Congregación. Y de modo particular parecía irreductible el cardenal Tonti, ponente de la causa, «Cue -según Berro- era totalmente contrario a erigir nuevas Religiones, y por ser de tanta doctrina y estimación en la Corte y ante el mismo Papa, mucho lo impedían.» (253) Calasanz tuvo, sin duda, largas conversaciones con el cardenal en las Cue captó cuáles eran las razones de su acérrima oposición a nuevas Ordenes. Y decididamente acometió la tarea de probar al purpurado Cue ninguna de sus supuestas razones era válida ante la novedad absoluta de las Escuelas Pías en la Iglesia de Dios.
Ha Cuedado en la historia este famoso escrito con el nombre de ‘Memorial al Cardenal Tonti’. Es un alegato larguísimo, vigoroso, sólidamente razonado en defensa de la licitud y aun casi necesidad de elevar las Escuelas Pías a Orden de votos solemnes; una obra maestra, un canto original, espléndido, a la labor educadora de la escuela, Cue es presentada como novedad en el campo de la evangelización y reforma de la Iglesia; un escrito excepcional en el Cue Calasanz se manifiesta como un hombre profundamente convencido de la eficacia transformadora de la escuela y enamorado de su propia vocación de educador.
La interpretación Cue han hecho los papas a través de los siglos del famoso canon 13 del Concilio IV de Letrán -dice Calasanz- ha sido, en realidad,
«declarar tácitamente Cue el Concilio aludía sólo a las Ordenes superfluas y similares por el hecho de haber aprobado ellos mismos otras muchas, principalmente de ministerio diferente, necesario y específico en la Iglesia de Dios. Y entre estas últimas se cuenta la obra de los Pobres de ta Madre de Dios de las Escuelas Pías, con un ministerio insustituible en opinión común de todos, eclesiásticos y seglares, príncipes y ciudadanos, y acaso el primero para la reforma de las corrompidas costumbres del mundo; ministerio que consiste en la buena educación de los muchachos, en cuanto que de ella depende todo el resto del bien o el mal vivir de los hombres… Por tanto, no se puede dudar de que será favorecida y agraciada con el nombre -como es de hecho- de verdadera y observante Orden religiosa, nombre que han recibido hasta ahora tantas otras, quizá no tan útiles y necesarias, quizá no tan aplaudidas por todos, quizá no tan deseadas y, sin quizá, menos solicitadas en mucho tiempo, de lo que en tan poco viene pedido este instituto realmente dignísimo, nobilísimo, meritísimo, beneficiosísimo, utilísimo, necesarísimo, naturalisimo, razonabilísimo, dignísimo de agradecer, agradabilísimo y gloriosísimo.» (254)
Respetamos los superlativos tal como constan en el original italiano tanto por fidelidad a su genuino sentido (259) como por su expresividad y eufonía, pues su rítmica sonoridad, como inmensa catarata de elogios, nos da la medida de la admiración y entusiasmo, de la estima y el enamoramiento Que sentía Calasanz por la misión educadora de la escuela.
El cardenal Tonti debió de quedar atónito y plenamente convencido al leer el memorial, y de adversario se convirtió en protector entusiasta de la causa de Calasanz. En efecto, con fecha del 31 de agosto de 1621 la Congregación de Regulares, gracias al informe favorable del cardenal Nazareno, (256) decretaba que la Congregación de las Esquelas Pías podía ser elevada a Orden de votos solemnes. (259) El decreto de la Congregación fue presentado al papa, junto con una súplica de Calasanz, en que pedía el beneplácito del pontífice, aduciendo en síntesis las razones que avalaban la petición. Decía:
«La Congregación de los Pobres de la Madre de Dios de las Escuelas Pías, erigida por Clemente VIII y confirmada por Pablo V de feliz memoria, desea perfeccionarse más en la vocación del Instituto que profesa para la buena educación de los muchachos, tan importante, por no decir necesaria en la República [sociedad] cristiana, como lo demuestran su escasez, la razón natural, la experiencia, las continuas instancias, los aplausos universales y los libros tanto de paganos como de católicos, reconociendo que para el cumplimiento, solidez y propagación de tal obra en la Iglesia de Dios le es necesario por muchos aspectos el fuerte vínculo de los votos solemnes». (258)
Todo parece indicar que fue el cardenal Nazareno quien personalmente presentó al papa el decreto aprobatorio de su propia Congregación y la súplica del Fundador, añadiendo además las debidas recomendaciones para conseguir el breve, pues en la misma fecha del 31 de agosto mandó Gregorio XV que se expidiera debidamente. (259) Más todavía, una semana antes de que se firmara el decreto de la Congregación, se enteró ya Calasanz de que los cardenales lo habían decidido, informado seguramente por el mismo cardenal Nazareno. Por lo que inmediatamente empezó a comunicarlo y a pedir a todos que dieran gracias a Dios por el inmenso beneficio recibido. He aquí una carta, fechada el 25 de agosto de 1621, mandada a Nursia:
«Apenas recibida la presente reúnanse todos y vayan a la iglesia a decir eI ‘Te Deum laudamus’ y manifestar actos de agradecimiento al Señor, que por su mera misericordia sin mérito alguno nuestro ha hecho que los Sres. Cardenales de la Congregación de Regulares hayan dado firmísima y perpetua estabilidad a nuestra Congregación declarándola Religión, dándole los votos solemnes». (260)
Se tuvo que esperar, no obstante, unos meses hasta el 18 de noviembre, en que el papa firmó el breve ‘In supremo Apostolatu’. (261) Con él se creaba en la Iglesia la última Orden religiosa de votos solemnes de todas las hoy existentes, la de las Escuelas Pías, que desde entonces dejó de llamarse Congregación Paulina.

18. Mayoría de edad: los votos solemnes
El cardenal Nazareno estaba llamado a ser un nuevo Giustiniani. Pero duró demasiado poco. El 31 de enero de 1622 se aprobaron las constituciones con el breve papal, pero aún tardaron un mes en llegar a manos del Fundador, quien las estaba esperando para hacer las copias adecuadas según el número de casas, tarea ésta que todavía le ocupo otras tres semanas. (262) Con ello, pues, estuvo preocupado casi hasta finales de marzo. Pero no perdía contacto con el cardenal, quien le habló de dotar a las Escuelas Pías con sus bienes, erigiendo al menos una casa de estudios y noviciado para la Orden. El Fundador no quería aceptar tal donación por juzgarla contraria a la pobreza profesada en las Constituciones, y propuso fundar un colegio que llevara su nombre para niños pobres y de talento. Y la sugerencia agradó al cardenal, de modo que decidió en su testamento nombrar su heredero universal –con ciertas salvedades exigidas por sus parientes- al que se llamaría Colegio Nazareno. (263)
Con miras a esta futura fundación compró a los Caetani el grandioso palacio de Via del Buffalo, que sería su sede -y sigue siéndolo hasta hoy-, al que se trasladó. (264) No había pasado todavía un mes en su nueva mansión señorial, cuando se sintió gravemente enfermo, y temiendo lo peor, dispuso su testamento en favor efectivamente de su heredero universal, el futuro Colegio Nazareno, el día 19 de abril de 1622. Disponía que su administración estuviera confiada a los Auditores de la Rota Romana y la dirección y funcionamiento en manos de las Escuelas Pías. Serían admitidos doce muchachos becarios, pobres pero de esclarecido talento -hoy diríamos superdotados-, que luego llegarían a veinte. (265)
Al día siguiente, 20 de abril, por deseo expreso del Cardenal, se presentaba en su palacio el P. José con cuatro compañeros. He aquí cómo lo cuenta Calasanz:
«A 20 de abril de 1622 José de la Madre de Dios, Ministro General, hizo su profesión de votos solemnes en manos del Ilmo. Sr. Cardenal Miguel Ángel, llamado Nazareno, en su propia habitación estando enfermo, en presencia de los Rdos. PP. Pedro de la Natividad de la Virgen. Viviano de la Asunción, Francisco de la Purificación y Pablo de la Asunción y muchos otros familiares de dicho Ilmo. Cardenal. Después de lo cual el predicho José de la Madre de Dios, junto con los mencionados Padres, fue al templo de Santa María Mayor y, celebrada por él la misa en el altar de la misma B. Virgen, dichos Padres emitieron los votos solemnes en manos del referido José en presencia de los ministros de dicha capilla y de muchas otras personas». (266)
Esta es la versión tradicional que ha prevalecido hasta nuestros días. Sin embargo, ya el P. Bartlik en sus ‘Annales’. junto al atestado del Fundador, citó un párrafo de una carta del P. Casani al P. Juan Bta. Costantini, escrita el mismo día de los hechos, en que dice: «Esta mañana hemos hecho los votos solemnes en manos del Ilmo. Tonti moribundo, y desde su casa hemos ido a Sta. María Mayor y los hemos renovado después de la misa dicha por Nuestro Padre en el altar de la Sma. Virgen públicamente, con roquete y estola en el mismo altar». (267) Bartlik no hizo ningún comentario acerca de la diferencia de versiones, pues sólo le interesaba hacer notar que Calasanz hizo, efectivamente, su profesión solemne en manos de Tonti moribundo. (268) Es de suponer que cada uno leyó la fórmula de la profesión. Pero todas ellas han desaparecido, por lo que diremos luego. Y en ellas debía constar expresamente ante quién se hacía, si ante el cardenal o sólo ante el P. José.
De todos modos, es innegable que hubo un acto de especial deferencia y reconocimiento al cardenal Nazareno, a quien se debía la elevación a Orden de votos solemnes y la aprobación de las Constituciones. Y es indudable igualmente que hubo otro acto de devoción en la ‘Capilla Paolina o Borghese’ de Santa María Mayor, ante la veneranda imagen de la ‘Virgen Salus Populi Romani’. Esa capilla había sido edificada por voluntad de Pablo V, desde 1605 a 1613, en que fue colocado solemnemente el venerando icono, atribuido a San Lucas. Y tanto al P. José como a sus compañeros la capilla paulina debía causarles una emoción especial, no sólo por su carácter mariano, sino también porque en ella se habían colocado los sepulcros de Clemente VIII y Pablo V, los dos papas que tanto habían estimado y favorecido a las Escuelas Pías. Y aunque los dos sepulcros y sus mediocres estatuas estaban ya terminadas desde hacía años, los restos de Pablo V habían sido colocados en su monumento hacía muy poco: exactamente el día 30 de enero del año en curso I622. (269)
Al día siguiente de la profesión solemne, 2I de abril, moría el Card. Nazareno en brazos de Calasanz. (270) Había dispuesto que le enterraran en la iglesia del ‘Gesú’, y así fue. Sus parientes debían encargarse de erigirle un monumento en el presbiterio, mas no lo hicieron, exigiendo luego al Colegio Nazareno que pagara la mitad de la simple lápida sepulcral que se puso en 1637 frente al altar de San Ignacio, hacia la izquierda, con un largo epitafio latino que compuso el mismo Calasanz. (271)
Aquella profesión solemne había sido precipitada, quizá por complacer al moribundo cardenal. Luego vino la reflexión y la duda fundada de que podía ser inválida, pues el cardenal no tenía ninguna autorización para recibir los votos, ni tampoco Calasanz estrictamente hablando para recibir los de sus compañeros, pues nadie le había nombrado Superior General de la nueva Orden, aunque implícitamente lo seguía siendo. Para acallar conciencias, se decidió pedir al papa la solución. Y con fecha del 28 de abril de 1622 expidió Gregorio XV el breve ‘Apostolici muneris’, nombrando al P. José (Calasanz) de la Madre de Dios Ministro General para nueve años, y no vitalicio, como decían las Constituciones; y a los PP. Casani, Viviani, Castelli y Ottonelli, para que con él -dice el breve- «representen el cuerpo de la Religión», es decir, les nombraba Asistentes Generales. Respecto a la profesión solemne les concedía a los cinco que pudieran hacerla nuevo en manos de cualquier Prelado, elegido a su gusto. (272)
El prelado elegido fue Mons. Pedro Lombardo, arzobispo de Armagh, Primado de Irlanda, amigo y vecino de casa, y que se presta complacido a ordenar a los clérigos escolapios cuando se lo rogaban. (273) Para mayor garantía -quizá excesiva- llamaron a don Félix de Totis, notario de la Cámara Apostólica, y a dos testigos para que certificaran el acto, y el 7 de mayo de 1622, en la capilla del noviciado, en la de San Onofre, hicieron su nueva profesión solemne tanto el P. General como sus cuatro Asistentes en manos del mencionado arzobispo. (274) En la fórmula añadieron a los tres votos comunes el cuarto de enseñanza, específico de la Orden, con la expresión que ya constaba en las Constituciones, (275) y que se mantendrá intacta para siempre.
La profesión solemne del General y sus Asistentes fue una concesión de privilegio, porque -como decía el breve- tenían que «representar el cuerpo de la Religión». Todos los demás, tanto clérigos como Hermanos o sacerdotes, aun los que ya habían terminado los dos años prescritos de noviciado y habían hecho votos simples, tuvieron que esperar al menos otros dos años a partir de 1622, pues la elevación a Orden de votos solemnes era como un nuevo estado de vida religiosa, que exigía otros dos años de prueba o segundo noviciado. (276) Y fue realmente una prueba provechosa para la naciente Orden, como dice el Fundador: «en el trascurso de los dos años de noviciado, algunos que ya habían hecho votos simples no quisieron hacer los solemnes, y obtuvieron la dispensa de la Sda. Penitenciaría, y otros que no fueron juzgados idóneos para hacer votos solemnes fueron despedidos con la misma dispensa, quedando solamente los que parecían aptos para el Instituto». (277)
La criba debió de ser notable, pues dice Berro que el Fundador, «no mirando sino la gloria de Dios y bien de la Religión despidió a muchos, sin atender al sacerdocio, ni a las letras más que ordinarias, ni a otras dotes, como al P. Valmarana, que… aunque doctísimo le quitó el hábito y a otro que había sido Superior mucho tiempo… y a muchos otros les hizo lo mismo y fueron unos 30» (278)
Pasados, pues, dos años, la primera promoción de profesos solemnes tuvo lugar el día de la Anunciación 1624, simultáneamente en Roma, Narni, Génova, Nursia, Fanano, etc. (279) y luego, a través del año, fueron profesando otros. Con ello puede decirse que la nueva Orden entraba en la normalidad. Había terminado el período extraordinario de prueba o de rodaje.
Como complemento y reconocimiento oficial de esa especie de mayoría de edad, Gregorio XV, con fecha del 15 de octubre de 1622, concedía a las Escuelas Pías con el breve ‘Ad uberes fructus’ la comunicación de los privilegios, inmunidades, libertades, facultades, exenciones y todas las demás-gracias e indultos espirituales y temporales concedidos hasta ahora por los papas a las Ordenes mendicantes y los que en adelante les fuero concedidos. Y todo ello -decía el papa- porque «viendo los abundantes frutos que están produciendo las Escuelas Pías en la Iglesia Militante, y confiando en que sean en adelante más abundantes todavía, queremos colmarlos de gracias y favores para que con mayor fervor perseveren en su laudable Instituto». (280)
Todavía tuvo este munífico Pontífice otro detalle de su benevolencia por las Escuelas Pías al librar la iglesia de San Pantaleón de toda obligación parroquial de cura de almas y ponerla para siempre a la libre y absoluta disposición de la Orden, tanto la iglesia misma como los locales adjuntos, que estaban destinados hasta entonces al vicario parroquial. (281) Ni hay que dejar en olvido que Gregorio XV continuó durante todo su pontificado concediendo a las Escuelas pías la limosna anual de 200 escudos, como habían hecho sus predecesores Clemente VIII y Pablo V. (282)
El papa Ludovisi se fue también demasiado pronto de este mundo, como el cardenal Nazareno. De ambos pudo esperar grandes cosas el P. José, pero sus esperanzas se desvanecieron. La amistad y protección del cardenal Tonti no llego a un año; la de Gregorio XV, dos años largos. Murió el 8 de junio de 1623. La era de los Barberini sería otra cosa.

19. Admirable como un milagro
Nos lo cuenta Berro. Apenas ocupa media página. Pero merece leerse. No hay barroquismos ni sobrenaturalismos; es la sencilla sublimidad de los hombres de Dios.
Entre los treinta más o menos a quienes denegó la profesión solemne el P. Fundador
«hubo uno -escribe-, el más desaforado y obstinado, que no quería dejar el hábito y, tentado por el diablo, se apostó una tarde detrás de la puerta de la escalera que baja al oratorio de San Pantaleón con un grueso bastón, esperando qué pasara nuestro P. General y Fundador para ir a la oración, para descargarle el golpe. Y hubiera ocurrido como deseaba, si el otrora Capitán Ottonelli, digo el P. Pablo de la Asunción, (283) no se hubiera encontrado precisamente detrás de nuestro Padre al pasar por allí, y hubiera detenido el grueso bastón, levantado ya en el aire y amenazante. Hubo que recurrir a la guardia del cardenal vicario para despojarle del hábito, por orden de dicho P. Pablo. Mas el P. Fundador no permitió que se le castigara tal como merecía su osadía. Despojado al fin, se dedicó a lañar –
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   ...   13

similar:

San José de Calasanz, maestro y fundador iconPadre José María Coudrin (1768 – 1837) Fundador de la Congregación...

San José de Calasanz, maestro y fundador iconJosé Francisco de San Martin nació el 25 de febrero de 1778 en Yapeyú...

San José de Calasanz, maestro y fundador iconColegio San José

San José de Calasanz, maestro y fundador icon“san josé” de ica

San José de Calasanz, maestro y fundador iconHistoria Clínica San José II

San José de Calasanz, maestro y fundador iconIed san josé de castilla

San José de Calasanz, maestro y fundador iconInstitucion educativa san jose

San José de Calasanz, maestro y fundador iconSede Académica, San José, Hatillo

San José de Calasanz, maestro y fundador iconSede Académica, San José Hatillo

San José de Calasanz, maestro y fundador iconSede Académica, San José Hatillo






© 2015
contactos
ley.exam-10.com