San José de Calasanz, maestro y fundador






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I Que el Novicio del Pío Instituto se tenga y desee ser tenido por el más vil y despreciable de todos los hombres e indigno de qualquier favor, que no sea entender en hazer la voluntad de Dios.
II Que conformándose enteramente con Christo crucificado se niegue absolutamente a qualquiera consolación, haziéndose muy familiares las penas y los trabajos, sin buscar alivio en las adversidades.
III Que se aflixa sólo de las culpas cometidas y de las obras buenas que dexó de hazer, y para satisfacción de uno y otros ame mucho los trabajos, penas y aflicciones, que juntamente castigan y avisan.
IV Que renuncie enteramente a todas las ideas de la propia voluntad, entregándose todo a la disposición del Señor y poniéndose enteramente en manos de quien en su nombre lo govierna y rige, conformándose con Jesús obediente hasta la muerte.
V Que se compadezca del que falta o peca, y no por esso lo juzgue, antes se duela más del daño espiritual de su hermano, que del corporal propio suyo por grande que sea.
VI Que se porte con sus hermanos como una amorosa madre con sus queridos hijos, la qual se aflixe íntimamente de su mal estado y tanto más, quanto él es mayor.
VII Que se alegre de ver en sus hermanos progresso, y adelantamiento en las verdaderas virtudes, emulando generosamente su fervor y siguiendo perfectamente sus huellas.
VIII Que sea muy igual en amor a sus hermanos, imitando al Sol igualmente benéfico a buenos y malos, según la Doctrina de Christo en el Evangelio.
IX Que en quanto piense y execute sea su fin la gloria de Dios y con esto serán sus pensamientos y obras dirigidas inmediatamente al servicio del Señor y utilidad de sus próximos.
X Que contemple a menudo en los beneficios divinos y principalmente sea agradecido al Señor por el imponderable beneficio del Augusto Sacramento del Altar». (124)
Es muy significativo que el P. Maestro de novicios -el experimentado religioso Casani- pida orientaciones de formación espiritual al P. Fundador y que estas normas sean consideradas por Jericó como lo más subido de la perfección religiosa», (125)
El maestro de novicios se trasladó al noviciado de San Onofre con un grupo reducido, en el que, al parecer, no había ninguno de los que habían vestido eI25 de marzo, que debieron quedar en San Pantaleón y aun en Frascati para atender a sus tareas escolares o domésticas, evitando trastornos y ausencias innecesarias. El grupo lo formaban los que habían recibido el hábito después de aquella fecha hasta el momento de inaugurar la casa noviciado, aumentando el número a medida que vestían otros nuevos. Así, pues, a finales de 1617 había once novicios, de los cuales dos sacerdotes, seis clérigos y tres operarios. Y entre esos once había unos cuantos cuya fama perduraría a través de los siglos por la santidad de su vida y por su protagonismo en el gobierno de la Orden. Tales fueron: Pablo Ottonelli y Francisco Castelli, ambos sacerdotes y de noble familia, futuros Asistentes Generales; Glicerio Landriani, que ya conocemos; Juan Macari, Hermano operario, venerable entre los venerables varones; (126) Juan Pablo Cananea, clérigo, no menos venerable que el anterior y ambos estimadísimos del Fundador; Esteban Cherubini, de aciaga memoria, antagonista del Santo en el drama final de esta larga historia. (127)
En los casi cinco años que duró la Congregación Paulina, es decir, desde el 6 de marzo de 1617 hasta el I 8 de noviembre de 1621 en que fue elevada a Orden de votos solemnes, vistieron la sotana escolapia 18 sacerdotes, 75 clérigos y 60 hermanos; en total, 153. De ellos murieron o dejaron el hábito antes de sus votos solemnes 10 sacerdotes, 42 clérigos y 24 hermanos, es decir, 76 en total. Perseveraron, por tanto, en su vocación 8 sacerdotes, 33 clérigos y 36 hermanos; en total, 77 religiosos. (128) El índice de perseverancia fue, pues, del cincuenta por ciento. No podemos sacar conclusiones válidas sobre si era elevado o no, pues carecemos de estadísticas al respecto.
Lo que parece obvio deducir es, por una parte, que existían criterios de selección eficientes; y por otra, que la observancia, la austeridad y las pruebas de espíritu a que se sometía a los novicios no eran soportables por todos. Y de todo ello, quien contribuyó mayormente a crear normas y costumbres fue, sin duda, el primer maestro de novicios, P. Casani, a pesar de que sólo mantuvo el cargo un año largo, pues en octubre de 1618 dejaba Roma para fundar el colegio de Narni. Pero fue un año fecundo, de modo que su dedicación plena a la formación de los novicios, alejado del barullo y tareas escolares de San Pantaleón, le procuró tiempo y ambiente propicio para escribir -al parecer- unas ‘Reglas de Novicios’ (clérigos) e incluso unas ‘Reglas comunes’ para toda la Congregación, ambas revisadas personalmente por el Fundador.
No consta, sin embargo, a ciencia cierta que ambas obras fueran de Casani. De las ‘Reglas de Novicios’ parece subsistir una doble tradición que las atribuye a Calasanz y a Casani. (129) ps las Reglas comunes, si llegaron a practicarse, fue tan sólo hasta enero de 1622, en que fueron aprobadas por el papa las Constituciones de Calasanz. Pero no faltan indicios de que en aquellos años no existían reglas fijas comunes, (130) Más probable parece que fueran de Casani las ‘Reglas de Novicios’, como instrumento y programación de su tarea de formación espiritual - religiosa. Y avala la hipótesis el paralelismo ideológico que se observa respecto a las Constituciones de la Congregación luquesa, en cuya composición intervino. (131)
Sería injusto valorar el ambiente característico del noviciado por las extravagancias caprichosas a que recurrían los maestros con la limpia finalidad de crear en los novicios el sentido de humildad y desprecio de sí mismo , raíz de toda imitación de Cristo «que se humilló a sí mismo». Las «pruebas» de noviciado traspasaban los límites de la racionalidad y del sentido común, apoyadas en un concepto de obediencia absurdo, que en cierto modo acercaban al hombre al abismo insondable del misterio de un Dios humillado, despreciado y hecho obediente hasta la muerte. Y esta especie de «culto del absurdo» hundía sus raíces en las costumbres de los ascetas del desierto, que por obediencia plantaban coles al revés, con las raíces hacia arriba, o recogían agua con cestos de mimbre; costumbres o «pruebas» que se habían ido pasando de siglo en siglo con sus novedades y refinamientos, dentro de unos límites tan indefinidos como la codificada norma de que hay obligación de obedecer en ‘todo lo que no sea pecado’.
Y el P. Casani -y sus sucesores inmediatos- agudizaron el ingenio para mandar a sus novicios cosas tan extrañas como las siguientes, que nos recuerda Berro: «… a otros dos les hizo ir por Roma, uno sobre un asno al revés, teniendo la cola entre las manos en vez del ronzal y el otro tirando del ramal, y fue por la calle de Bancos… Al ex capitán Ottonelli le mandó con una servilleta llena de mendrugos de pan y una perola de garbanzos cocidos, que fuera con un compañero, un viernes de marzo, a las escalinatas de San Pedro del Vaticano e invitando a los pobres, comiera con ellos ante la numerosa gente que solía en aquellos días visitar la basílica. A otros mandó con una garrafa enorme a comprar un poco de vino; que les limpiaran antes Ia garrafa; que les dejaran catar antes todas las cubas que había en la tienda, sin decir qué cantidad querían, hasta haberlas probado todas, como de hecho hicieron. Y cuando dijeron al tabernero que querían sólo medio litro de tal cuba…» ¡imagínese el lector la furia del vinatero! Y sigue: «al pagarle, le pusieron en la mano un doblón de España, diciéndole que les diera la vuelta en determinadas clases de moneda…» ¡Y lo hizo, pero con una segunda sarta de improperios! Continúa: «Llegados a casa con el vino y el cambio de monedas, el P. Maestro Casani probó el vino, pero no sé qué encontró de malo, y les mandó de nuevo a la taberna, diciendo que no le gustaba, que se Io quedara y le devolviera el doblón…» Tercera reacción del tabernero con amenazas de romperles la crisma con la garrafa, echándoles el doblón al suelo y a ellos a la calle. «Estos dos -dice Berro- eran el P. Castelli y el Abad Landriani, novicios». A Berro se lo contó Castelli. La anécdota termina aclarando que el tabernero estaba prevenido por el P. Maestro. (132)

9. La muerte de una esperanza
Quizá nunca fue muy firme la esperanza que puso el viejo Calasanz en el joven Glicerio como continuador de su obra. Desde que llegó a las Escuelas Pías en mayo de 1612, mandado más que recomendado por el P. Domingo Ruzola, se sabía que el carmelita no lo había querido recibir en su Orden por falta de salud. (133) A fin de cuentas, las Escuelas Pías no eran todavía una Congregación con votos y la vida y actividades de Glicerio podrían desarrollarse en un margen de libertad de movimiento y disposición de los propios bienes de que no podría gozar en las estrecheces de la reforma carmelitana. Ni podía descartarse la posibilidad -o el milagro- de que su precaria salud se robusteciera. Pero no ocurrió.
Lo cierto es que el propio Glicerio no tuvo miramiento alguno por sí mismo, entregándose a una vida de mortificaciones extrañas que fueron minando poco a poco los recursos de su ya debilitada juventud. Y cuando no había remedio, (en su última enfermedad… -escribe Berro- viendo que con sus excesivas mortificaciones había llegado a la muerte, al fin de su juventud -tenía 30 años-, dudando de que con ello había impedido la mayor gloria del Señor, pidió perdón a Dios de la aspereza con que había tratado su cuerpo, aunque por deseo de virtud y de agradar más a su Divina Majestad. (134)
Aun en el toque final de sobrenaturalismo, no deja de percibirse una sensación muy humana al ver desmoronarse la salud a los treinta años por la tisis galopante. Este recuerdo triste de Berro tiene otra expresión similar én la pluma del P. Baldi, que conoció personalmente a Glicerio y cuenta en su Vida con un mafiz de profunda melancolía que, estando ya enfermo, un buen día le mandó el P. Maestro Casani que saliera a tomar el aire hacia Montecavallo y se llegara hasta la iglesia derruida de San Cayo, en cuyos muros había una imagen de la Virgen, bien conservada, y le rogara que le hiciera saber si curaría de aquella enfermedad, pues parecía entonces que iba mejorando. «Se fue él, por obedecer a su padre espiritual, y vuelto a casa le dijo en secreto que se le había revelado interiormente que moriría de aquella enfermedad y muy pronto». Durante el recreo se mantuvo Glicerio en silencio, mirando una cruz. Y el maestro de novicios, viéndole tan mudo, le preguntó si necesitaba algo. Respondió que no. Y comenta Baldi: «bien sabía él lo que iba a suceder pronto y que había llegado al final de sus días, pero por no entristecer a la reunión, calló, y con su silencio puso mejor de manifiesto las gracias ocultas que Dios le había concedida». (135)
Fue un catequista extraordinario dentro y fuera del ámbito de las Escuelas Pías, sumamente admirado et aquélla Roma que apenas si superaba los cien mil habitantes. (136) Y esa auténtica pasión por la labor catequética le hizo ser apreciado sobremanera por Calasanz, como utilísimo colaborador en sus Escuelas Pías. Pero su profunda estima y admiración por el «P. Abate», como le llamaba, debía proceder sobre todo de esa especie de intuición sobrenatural o compenetración misteriosa que surge entre los santos. Y Calasanz no tuvo reparo alguno en proclamar que el abate Glicerio murió «en opinión de santidad», y recordaba exactamente hasta la hora de su muerte: «el día 15 de febrero de 1618 a las 6 de la noche.» (137)
En 1620, por voluntad del Fundador, se empezó el proceso de beatificación, en el que declaró él mismo como testigo, llenando sus declaraciones veinticuatro páginas del sumario. He aquí dos juicios sintéticos: su vida «fue tan ejemplar que mientras vivió y después de morir todos los que le conocieron lo han tenido y estimado como un extraordinario Siervo de Dios por haber hecho en servicio de Dios y desprecio de sí mismo cosas extraordinarias y por tal lo he tenido siempre y lo tengo yo». «En resumen, se puede decir que en dicho P. Abate, como en un gran Siervo de Dios, se juntaban en grado heroico todas aquellas virtudes que hacen al hombre perfecto a los ojos del Señor, no perdiendo nunca ni tiempo ni ocasión en que pudiera acrecentarse la gloria de Dios y la utilidad del prójimo.» (138)
Ya se recordará que Calasanz se lo llevó a Frascati a fundar el colegio de Escuelas Pías, y allí dejó también fama de su santidad y milagros. Entre ellos refiere Calasanz en su deposición procesal el siguiente, tan bello y emotivo como la página evangélica que evoca espontáneamente:
«Había otra mujer -acaba de contar lo que le ocurrió a una-, también en Frascati, que por su larga y apestosa enfermedad la había abandonado el marido hacía ya tres o cuatro años, y sintiéndose sumamente afligida y necesitada, deseaba hablar con dicho P. Abate por la gran devoción que le tenía, siendo estimado por todos en Frascati como un Santo; y no sabiendo cómo hacerlo, le avisó su madre diciendo: “Ahora viene aquel santo varón y pasará ante nuestra puerta”. Entonces, como mejor pudo, apenas había pasado el P. Abate, la enferma salió de casa y le tocó el manteo por detrás y se volvió con tal consuelo y alegría a su casa, que en seguida se sintió mucho mejor y muy luego totalmente curada sin usar otras medicinas» (139)
Hubo otro hecho misterioso del que Calasanz no habló en su larga declaración, quizá porque no podía jurar que se tratara en realidad de Glicerio y podían reprocharle que era fruto de su imaginación o de sus sueños. Sin embargo, no cabe duda de que lo reveló a otros, pues él era el único testigo. Berro nos lo dejó escrito por partida doble: la primera vez en su ‘Vida de Glicerio’, que tenía ya concluida en febrero de 1644, pues el 15 de ese mes, aniversario de la muerte del Venerable, se leyó en público comedor en los dos Colegios de Nápoles. El desagradable incidente ocurrido después llegó a conocimiento de Calasanz. (140) Y lo más probable es que sintiera deseos de leer la obrita de Berro, sobre todo por tratarse de su carísimo P. Abate. Y esto es lo que pudo leer:
«En la hor4 precisa en que murió (Glicerio), estando el P. General en las Escuelas Pías de San Pantaleón, en cama, aunque muy despierto, oyó llamar a la puerta dos o tres veces; respondió él cada vez ‘Deo gratias, abrid’, pero. viendo que llamaban y no abrían, le pasó por la cabeza que podía ser el Abate que se iba al cielo, y como en vida había sido siempre muy obediente, no quería partir de este mundo sin su bendición. Y pensando esto dijo: Dios os bendiga, id y rogad por mí. y ya no tocaron más a la puerta. Al poco rato vinieron dos-del-noviciado y trajeron la noticia de la feliz muerte del Siervo de Dios.» (141)
No consta en parte alguna que pusiera reparos a esta «revelación» suya después de leerla, pues el mismo Berro volvió a recordar la escena en sus ‘Annotazioni’ veinte años más tarde, y no sólo no corrigió nada, sino que aclaró expresamente que se la había contado el Fundador, hablándole una vez de la obediencia de Glicerio, poniendo además el relato en boca del Santo. (142) La puerta donde llamó sigue intacta en su sitio. ¡Si hablara…!

10. Fundación en Narni
Nadie ha logrado explicar satisfactoriamente -ni yo lo voy a intentar- por qué Pablo V prohibió que la Congregación Paulina no se extendiera más allá de las veinte millas de Roma. Y esto, en el mismo breve fundacional. Pero no le dio excesiva importancia a la cláusula, pues la primera vez que se ofreció una fundación después de salido el breve fue a cuarenta y dos millas de Roma y no tuvo el papa dificultad alguna en aprobarla. Era en Narni, un pintoresco pueblecito de Umbría de unos dos mil habitantes, asentado sobre un montículo a 140 metros sobre la llanura del río Nera, que pasa a sus pies. Pueblo con muchos siglos de historia y muchos edificios monumentales que todavía hoy le dan un aspecto medieval. Era en aquel tiempo posesión señorial del cardenal Benito Giustiniani. Y él fue el promotor y protector de esta fundación.
Curiosamente, las circunstancias coincidían con las que se dieron en Frascati. En marzo de 1618, al quedarse sin maestro la escuela municipal de Narni, el Consejo de gobierno, después de múltiples intentos por encontrar sustituto, decide acudir a los padres «Paulinos», como se empezaron a llamar los escolapios durante el período de la Congregación Paulina. (143) Una comisión se encargó de los trámites, y a mediados de marzo su representante romano habló con «su Padre Prefecto Fundador de dicha Religión y con el P. Rector (Casani)», quienes aceptaron la oferta, prometiendo que mandarían a tres o cuatro para que personalmente se, informaran de las necesidades y detalles de la fundación. Estaban dispuestos a enseñar no sólo hasta Humanidades y Filología, sino incluso Teología, pensando probablemente en mantener allí un grupo de clérigos estudiantes propios bajo el magisterio del P. Casani. Dijeron también que vivirían de limosna «a razón de 30 escudos por cabeza, sin poseer nada. Y, además, confesar, predicar y hacer otros ejercicios espirituales a beneficio público de las almas». (144)
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