San José de Calasanz, maestro y fundador






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ÍNDICE

San José de Calasanz, maestro y fundador

Severino Giner Guerri, escolapio

BAC, 1992

Tercera parte: Consolidación y expansión
Capítulo 16: LA FUNDACION
Unos veinte años llevaba ya al frente de sus Escuelas Pías. A sus sesenta, casi cumplidos, quizás pensó que su retiro a Frascati era como una jubilación. Su obra había quedado en buenas manos, con perspectivas de perennidad. Y cuando esperaba el breve apostólico definitivo, todo se vino abajo… Mejor dicho, se derrumbó definitivamente el andamio y quedó al descubierto la obra.
En cierto modo estaba ya hecha, con su personalidad inconfundible y sus características, su firmeza y su vitalidad. Y no podía ser menos, pues estaba en la flor de la vida, iba a cumplir veinte años. En ellos había tenido tiempo el P. Prefecto de modelarla a su gusto. Había pensado en todo: en la finalidad concreta de la obra, en las condiciones de los alumnos, en las características y métodos de enseñanza y educación, en las cualidades de los educadores. Aunque había escrito todavía muy poco, era quizá suficiente para trazar las líneas maestras de su pedagogía, de su pastoral educativa y de la vida religiosa que quería para sus colaboradores. Y, sobre todo, lo había experimentado ya todo. Particularmente el último trienio de convivencia con los luquesa había sido trascendental, no sólo por lo que había recibido de ellos, sino también por lo mucho que les había exigido. Demasiado, incluso.
Por todo ello, no era partir de cero, ni comenzar de nuevo, sino sencillamente continuar la misma andadura sin brusquedades ni sobresaltos. Y sin apoyarse ya en fuerzas ajenas. Sólo faltaba una voz que lo dijera con autoridad: «Levántate y anda».

1. La gran decisión
Al menos en dos ocasiones había amenazado el Cardenal Giustiniani a los luqueses con quitarles las Escuelas Pías para dárselas a otros si no ponían más interés en ellas. (1) Y lo más probable es que esos «otros» fueran religiosos, pues según el testimonio de Bernardini y de Cioni, ya desde el principio otras congregaciones habían pretendido unirse con las Escuelas Pías y no faltaban algunas que pedían todavía la unión. (2) Además, las extremas exigencias de pobreza de parte del cardenal y del Prefecto a la Congregación de Luca, junto con la pretensión de que el instituto de las Escuelas Pías fuera considerado como principal, si no único, hacían muy difícil encontrar alguna de las congregaciones existentes -y deseosas de unirse- dispuestas a tales condiciones. Al estado a que habían llegado las cosas no parece que Calasanz se resignase a que sus Escuelas fueran asumidas «como un apéndice» de ninguna congregación, como se expresaba en la carta a Glicerio. (3) Ni parece tampoco muy verosímil que tanto Giustiniani como Calasanz pensaran volver atrás, a la situación anterior a la unión, a la «Congregación secular de las Escuelas Pías» con ayuda esporádica de seglares.
¿En quiénes, pues, pensaba Calasanz al escribir al papa, en su memorial de quejas, que «no faltarán sujetos aptos para ejercitar dichas escuelas con toda diligencia y perfección» en caso de que las dejaran los luqueses? No podía referirse a «seglares», pues precisamente una de sus quejas en dicho memorial es que los luqueses han descuidado tanto las escuelas que ha habido necesidad de recurrir a seglares. (4) Y dada la armonía ideológica que manifiestan en todo este conflicto Calasanz y Giustiniani, lo más lógico es suponer que ambos piensen lo mismo, es decir, en recurrir a «otros religiosos», si fallan los luqueses. (5) ¿Pero cuáles?
En el mencionado memorial todavía Calasanz mantiene la débil esperanza de que los luqueses acepten la «fórmula de la Dieta». Pero tal como se está agravando la situación, mientras Bernardini hacía un último sondeo entre los suyos, en el convento de carmelitas del Trastévere debieron tener reuniones asiduas el cardenal Protector, el P. Prefecto y el prior de la Scala. Habia que prevenir los acontecimientos. Lo más probable era que los luqueses dieran una respuesta negativa. Por lo dicho, no era pensable encontrar una congregación existente que aceptara las propuestas condiciones, ni mucho menos volver a la situación anterior a la unión. Por consiguiente, no cabía otra alternativa: había que crear una congregación nueva. Y, naturalmente, ponerla en manos del P. Prefecto, como Superior General. En tales circunstancias no debió ser muy arduo para el cardenal y para el P. Ruzola convencer al P. José a aceptar la voluntad de Dios. Hoy, además, sabemos por las Crónicas de Bernardini que desde mucho tiempo atrás había tenido deseos de formar una nueva Religión. (6) Durante demasiados años había conseguido por humildad evitar dar el paso -decisivo de ser Fundador, buscando y encontrando soluciones transitorias, pero no había podido menos de pensar que quizá un día tendría que doblegarse a su propio destino. (7) Y ese día había llegado.
Todo da la impresión de que las cosas se hicieron con gran rapidez, en pocos días. El día 7 de febrero de 1617 aun escribía Cioni a Bernardini comunicándole su decisión de unirse a los «rebeldes» y confiando en que el General se decidiera definitivamente (8): Y el día 15 del mismo mes daba su placet Pablo V a la minuta del breve de fundación de la Congregación Paulina de las Escuelas Pías. (9) Naturalmente, a la composición de dicha ‘minuta’ precedió la del memorial que pedía el breve y sus relativos trámites. ¿Todo ello en una semana?
Añádase que a la composición de dicho memorial debió preceder la decisión de anular la unión entre luqueses y Escuelas Pías, y erigir una nueva congregación cuyo Superior General sería Calasanz, dando además ciertas líneas maestras constitutivas de dicha Congregación. Y son muchas cosas -y muy graves- para llevarse a cabo en una semana. Por lo que parece más probable que mientras Bernardini hacía sus últimos sondeos en Luca a finales de enero, empezaran las conversaciones decisivas entre Giustiniani, Ruzola y Calasanz, a quienes se sumó también el cardenal Escipión Cobelluzzi, secretario de breves, pues en su mano estaba o debía pasar por ella el esperado breve que sancionara la «fórmula de la Dieta», así como el relativo a la separación de congregaciones y creación de una nueva. Mas su intervención en estos últimos trámites va más allá de lo exigido por sus funciones de secretario de breves, que mantuvo hasta 1623, aun siendo cardenal desde el 19 de septiembre de 1616.
Hubo prisas, sin duda, y tal vez se acortaron caminos burocráticos gracias al interés, benevolencia e innegable poder de influencia de los cardenales Giustiniani y Cobelluzzi y del P. Domingo Ruzola de la Scala, sin olvidar la manifiesta estima que por las Escuelas Pías sentía el papa Borghese. Esto explicarla también una frase significativa del P. Francisco Castelli, contemporáneo de los hechos, quien hablando de estos trámites preliminares a la obtención del breve fundacional dice que «negociando secretamente el P. José General formó de nuevo congregación (y) obtuvo de Pablo V breve de nueva erección de congregación». (10)
La rapidez con que se procede en las dos últimas semanas aproximadamente no es signo de precipitación, irreflexión o improvisación, sino más bien de madurez. No había urgencia alguna de llegar a una fecha determinada, ni de cumplir plazos preestablecidos. Simplemente, puestos ya a decidir la creación de una nueva congregación, todo estaba suficientemente claro. No cabían sorpresas de última hora,, ni respecto a lo que debía ser la congregación de las Escuelas Pías, ni a quién debía encomendarse su gobierno. Dejemos por el momento la primera cuestión y veamos la segunda.
¿Quién más preparado que Calasanz para ponerse al frente de su propia obra? En efecto, era un hombre de una sólida formación universitaria, con estudios completos de Derecho y título de doctor en Teología. Tenía amplia experiencia de trato con las jerarquías eclesiásticas, a cuyo servicio directo había dedicado sus primeros años de sacerdocio en España, y desde que llegó a Roma no había dejado de relacionarse con los más altos cargos y dignidades de la Curia, aun siendo extranjero, empezando por los dos cardenales Colonna y siguiendo con todos los purpurados y curiales que se movían en torno a las cofradías a las

que él había dado su nombre. Desde que empezó con su obra de las Escuelas Pías, su fama y su estima habían cautivado a muchos otros cardenales y hasta a los papas Clemente VIII y Pablo V. Era, en realidad, un personaje famoso. Y no era menor su experiencia personal con ambientes y personas religiosas: desde su infancia estuvo en contacto con religiosos, como fueron los trinitarios en Estadilla, los jesuitas en Lérida, Valencia y Alcalá; convivió con dominicos en el palacio episcopal de Barbastro y con cartujos en el de Urgel; intervino en la reforma de los agustinos en Monzón y de los benedictinos en Montserrat; mantuvo un trato familiar con los franciscanos conventuales de la basílica de los Doce Apóstoles, cuyo espíritu captó también profundamente en la Cofradía de las Llagas de San Francisco; influencia decisiva ejercieron en su alma los carmelitas descalzos de ‘la Scala’, amigos, protectores, consejeros y confesores suyos; se relacionó con dos fundadores, cuales fueron los Santos Juan Leonardi y Camilo de Lellis, y con toda probabilidad trató con San Felipe Neri y con San Juan Bautista de la Concepción, el reformador de los trinitarios; llevaba tres años de convivencia con los luqueses y unos quince años de vida común con sus compañeros de la Venerable Congregación de las Escuelas Pías, con un régimen de vida similar al de la vida religiosa. Se le llama ya entonces «gran siervo de Dios» y «santo hombre», y consta que había tenido visiones y experiencias místicas relacionadas particularmente con ‘Madonna’ Pobrezay San Francisco, que le habría desposado con tres doncellas, símbolo de los tres votos de la vida religiosa. Y si todo ello fuera poco, bastaba un solo título: é1 era el padre de la criatura, sus Escuelas Pías. Un solo defecto tenía, y huy grave: rondaba ya los sesenta años. ¡Demasiado viejo para aquella nueva andadura…! Pero Dios se encargaría de corregírselo, dándole otros treinta.

2. Antecedentes inmediatos del breve fundacional
Si no cabía duda sobre quién debía regir -como Padre y Fundador- los destinos de la nueva Congregación, tampoco la había ya sobre sus líneas institucionales. El trienio de unión con los luqueses no había sido un simple paréntesis, sino un eslabón necesario, un tiempo privilegiado en que Calasanz -apoyado y aconsejado por Giustiniani y los dos carmelitas de la Scala, Juan y Domingo- había trazado o perfilado definitivamente la imagen de «su» futura Congregación de las Escuelas Pías. Esa imagen podía verse casi perfecta en la famosa «fórmula de concordia», aprobada por la Dieta y llamada a ser La carta magna de la reformada Congregación luquesa. Y siendo fórmula concordada entre Dieta y Calasanz-Giustiniani, tenía matices que no habían satisfecho ni a una parte ni a otra. Los luqueses habían decidido, al fin, rechazar la fórmula entera; Calasanz-Giustiniani podían, simplemente, corregir los pocos detalles que no les habían complacido y aprovechar la «fórmula» como base del breve que iban a solicitar para la nueva Congregación. Y así lo hicieron.
Se compuso entonces una especie de memorial, relación o informe en el que, sucintamente, en la primera parte, introductoria o narrativa, se resumía la historia de las Escuelas Pías, desde sus orígenes hasta el momento presente; en la segunda parte, se daban, en seis puntos numerados, las líneas generales de la nueva institución que se pedía, sacados todos ellos, junto con algún otro de la parte introductoria, de la tantas veces mencionada «fórmula de concordia», con las matizaciones pertinentes. Pero veamos el escrito con más detención.
La introducción histórica recuerda que el P. José Calasanz instituyó en Roma las Escuelas Pías con algunos compañeros y las regentó por muchos años como Prefecto, pero temiendo que con su muerte muriera también su institución, habiéndolo consultado con el cardenal Giustiniani y con el P. Domingo de la Scala, se unió a los Padres de Luca, consiguiendo al efecto un breve apostólico de Pablo V. (11) Estos Padres, sin embargo, se niegan ahora a considerar como instituto principal el de las Escuelas Pías y a renunciar a la posesión de bienes estables. (12) Además, han aceptado compromisos en Roma y en Luca y consideran como principal el ministerio de predicar y confesar, todo ello en perjuicio del «santo ministerio de las escuelas pías». (13) Por tanto el cardenal Giustiniani, el P. Prefecto y el P. Domingo Ruzola, temiendo que desaparezca «tan piadosa obra», han pensado en solucionar el asunto.
Así pues, el cardenal Giustiniani y el cardenal Cobelluzzi tratado la cuestión con el papa, quien ha decidido lo siguiente ‘motu proprio’: (14) quita a los padres luqueses el cuidado de las Escuelas Pías y las devuelve «libres y expeditas» al P. José y a sus compañeros, dado que dicha Congregación luquesa nada ha gastado en ellas, sino que el mismo Prefecto las ha provehído siempre de todo lo necesario»; (15) «erige y funda de nuevo con este instituto (o ministerio) de escuelas pías una congregación que manda se llame Congregación Paulina de los Pobres de la Madre de Dios de las Escuelas pías, queriendo que nadie, excepto los hombres de esta Congregación, pueda enseñar nunca a los niños con este título de Escuelas Pías». (16) y se añadía esta concesión: «todos los de la Congregación luquesa que, movidos por el ardor de caridad, quieran abrazar este instituto, pueden hacerlo dentro de veinte días». (17)
El documento da la impresión de que hasta aquí es narrativo, pues no sólo ha evocado la historia de la institución de las Escuelas Pías, sino también de las decisiones tomadas por Pablo V en su audiencia con los cardenales Giustiniani y Cobelluzzi. La segunda parte de este informe añade las líneas generales de la nueva congregación, resumidas en seis puntos, sacados de la famosa «fórmula». Y son:
1. Habrá dos años de noviciado y se emitirán tres votos simples y perpetuos de pobreza, castidad y obediencia, sólo dispensables por el papa. (18) A título de pobreza podrán ordenarse doce clérigos de la nueva congregación, (19) que quedarán suspensos ‘a divinis’ si dejan la congregación, hasta que consigan otro título de subsistencia. (20) El voto es de ‘suma pobreza’, con todas sus consecuencias, siendo este punto uno de los fundamentales de las discrepancias entre luqueses y Calasanz-Giustiniani, como vimos. Ambas partes tuvieron que ceder algo al imponerse la «fórmula», pero ahora ya no había razón para mantener lo pactado y se vuelve a proponer la «suma pobreza», tanto individual como corporativa. (21)
2. Se declara inhábiles a todos para presentarse ante cualquier tribunal, coincidiendo exactamente con lo dicho en la «fórmula». (22)
3. Deben dedicarse totalmente gratis a enseñar a los niños a leer, escribir, contar, a todo lo que se entiende por Filología, y a instruirlos en gramática, así como a educarles píamente, sobre todo enseñándoles a rezar mediante la pía práctica de la oración continua y acompañándoles a sus casas al terminar las clases. (23)
4. No tengan casas sin escuelas, excepto en los noviciados y casas de ejercicios. (24)
5. Los príncipes o localidades que pidan fundaciones encomendarán a algunos laicos que se preocupen del sustento y necesidades de los religiosos y de sus casas. (25)
6. De acuerdo con todo lo dicho, el Rector General, con aquellos a quienes competa, puede, por facultad de la Santa Sede, formar nuevas constituciones, órdenes, reglas y estatutos para el bien de las Escuelas Pías. (26)
A todas estas coincidencias y discrepancias hay que añadir la lógica omisión del primer párrafo de la «fórmula», en el que se daba la síntesis de la historia de la congregación luquesa -como hace también paralelamente el memorial respecto a las Escuelas Pías- y la definición de su carisma o propio ministerio, que ya no interesa recordar ni matizar, como hace la «fórmula». (27)
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